Perdedor, oficio de moda
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cada vez más siento un inconmensurable amor por los perdedores que hasta hace relativamente poco eran principalmente figuras literarias y cinematográficas pero que en este siglo XXI toman el color real de millones de miserables a través de la Tierra. Perdedores como los millones que están muriendo con la epidemia china. Y otros que ni siquiera necesitan un coronavirus. El perdedor literario por antonomasia lo llevó en sus maletas hasta París Ernesto Hemingway, aunque él siempre tenía la cartera bien rellena de dólares, suficientes para escaparse a las montañas suizas cuando la angustia le apretaba la garganta y se consideraba a su vez y literariamente un perdedor. Aunque hubo otros clarividentes escritores norteamericanos como John Dos Passos que previeron el protagonismo supremo del perdedor en esos Estados Unidos que parecían no poder parir más que inacabables ristras de ganadores según la doctrina capitalista. Ahora, los USA, por los que el mundo, exceptuando algunos islotes de rebelión sana y valiente, se han dejado dominar, pueden presumir de unos treinta millones de pobres, la población de un país europeo. Son perdedores de perdedores sin derechos a remisión. En Europa, donde los escándalos política o de pura ansia de dinero se han convertido en el espectáculo más plebiscitado por la gente, que reemplaza así a los gladiadores de aquellas arenas sangrientas de los circos romanos, los perdedores sociales también forman legiones que pasean sus reivindicaciones no a ganar más, a ser más ricos, sino sencillamente a que no les echen de los trabajos que les permiten vivir a ellos y a sus familias. Impertérritas, cada día son más las empresas que ponen a la gente de patitas en la calle porque es una manera como otra de que los accionistas ganen más y con menos quebraderos de cabeza. Los sindicatos, tan combativos en otros tiempos a la hora de reclamar los derechos a sus dirigentes, callan y otorgan o gritan con voz de falsetes. La mayoría de esos defensores del pueblo son ahora funcionarios a los que las empresas callan la boca con sobresueldos y una vida que nada tiene que ver con la de los obreros.

No es casualidad, que no existen por lo demás, si ya hace unos años una de las grandes películas se titulaba Los lunes al sol, la amistad desesperada de unos desempleados que esperan sin esperar el fin de las vacas flacas. Claro que para consolarse bastaría que esos desgraciados leyeran lo que sufrieron aquellos otros miserables de Victor Hugo y su “líder” Jean Valjean, al que la sociedad, y todavía quedaba mucho para la del siglo XXI, convirtió en desgraciado y bandido oficial del reino. A playas como la que estoy contemplando por encima de mi café con leche descafeinado llegan todas las semanas cientos de super desgraciados que se juegan la vida – ¿pero lo suyo es realmente vida? – en busca de un lugarcito en el sol, un empleo aunque sea de lo peor que exista, para que unas cuantas rupias les permitan sobrevivir. Son gobiernos de Africa, de Marruecos a lo más profundo del continente negro y los más corruptos gracias a la complicidad y a los bancos de Occidente, los que les obligan a atravesar los mares en unas embarcaciones que hubiesen asustado a Robinsón Crusoe. Se llaman pateras. Son las pateras “de la libertad” de esos países a los que los grandes del mundo, encabezados por los Estados Unidos, dan patente de democracias.

En ese Africa que diviso casi desde mi mesa asistimos, cuando los informativos de televisión no tienen nada mejor que llevarse a la pantalla, a matanzas guerreras y a matanzas por hambruna en las que millones de perdedores mueren sin entender nada. La verdad es que sería terrible que además comprendiesen por qué absurdos principios macroeconómicos mueren. Pero también se produce por tierra no solo por mar. Miles de sirios, niños a patadas, esperan que les dejen entrar en Europa en busca de un cacho de pan. Los gangsters de los bancos occidentales están ahí para impedirlo. Que se vuelvan a la guerra y que mueran como mueren los palestinos. Claro, que estos tienen a los soldados maravillosos soldados hebreros que los tiroteas, encarcelan o los bombardean. Es cuestión de medios y de técnica. Aquellos perdedores de mis películas y de mis libros eran finalmente personajes románticos con los que a mí me gustaba identificarme. Perdedor con güisqui y elegante agua Perrier es una cosa y lo demás son tonterías para masoquistas. ¿Quién le hubiese hecho asquitos a Humphrey Bogart convertido en el heroico Rick cuando en una Casablanca de delirio hollywoodense decía un sacrificado adiós a los bellos ojos de Ingrid Bergman?

¡Para de tocar, Sam, que los perdedores ya no fuman cigarrillos norteamericanos ni visten lujosas gabardinas! Ni siquiera se les confunde con la imagen del bueno. Ahora tienen que ser malos porque no les queda más remedio, porque si no no tienen cabida en esta sociedad consumista nuestra donde perder está muy mal visto. ¡Para de una puñetera vez, Sam con tu piano de teclas románticas y esa lancinante “As the Time Goes by”! No les voy a negar que hay perdedores que no salen del proletariado de Jean Valjean ni de la gabardina inglesa de Humphrey Bogart. Pero tampoco viven en libros ni en películas.

Me han contado la historia de un hombre que estaba convencido de que nunca sería un perdedor. Hasta que le llegó la hora. Por razones que aunque vengan a cuento no les voy a contar un malísimo día se dio cuenta de que todos o casi todos somos perdedores. Se despertó del letargo de bienestar y empezó a pensar que su vida no tenía sentido. Sin acordarse de los morenos de las pateras o de los pobres de los ricos Estados Unidos se compró una cajita de unas pildoritas que pueden servir para dormir unas horas o para siempre. Se encerró en el hotel más lujoso y después de pedir una botella de whisky se sentó en la cama con sus pastillitas y su rico caldo de malta. En unas cuantas bocanadas acabó con su angustia y empezó a sentirse como los ángeles deben de sentirse, aunque en verdad yo no lo sé. Se durmió. El creía que sería para siempre pero una indiscreta camarera pasó para cambiar las toallas y lo vio caído y derrotado, un verdadero tango. La mujer llamó al botones y éste dio parte a su superior. Sin pedirle nada a nadie mi amigo se encontró en un hospital. Cuando todas esas cosas que se han inventado para no dejar morir a nadie en paz hicieron efecto, se despertó y entonces tuvo ganas de llorar porque aquella “resurrección” le parecía injusta y recordó: Cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte un deber. La frase no era suya sino de Voltaire pero le daba igual A mí, que soy un perdedor más inculto, sólo se me ocurrió canturrearle un trozo de un estribillo de una canción popular y populachera: Siempre hay por qué vivir/ por qué luchar.

En el fondo, muy en el fondo del mar, no tengo más remedio que reconocer que soy un optimista, casi tanto como aquel maravilloso amigo mío que crucificaron en territorio palestino hace dos mil tres años. Le visito casi todos los días pero todavía no he conseguido arrancarle una sonrisa. Como si siguiese pensando que los humanos no merecíamos semejante sacrificio suyo.