Cuba, el bicho y los audaces
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

Fue un momento inolvidable. Vivian y yo regresábamos de la costa atlántica luego de registrar por primera vez en imágenes, sonido y notas al vuelo lo que era una guerra de guerrillas en el desierto. Habíamos sobrevivido a un ataque sorpresivo de la aviación marroquí, acabábamos de atravesar la frontera entre la República Árabe Saharaui Democrática y Argelia, y si no recuerdo mal comenzaba a imponerse la noche cuando internados ya en Tinduf avanzó hacía nosotros, desplazándose de esa forma tan peculiar con la que se camina sobre la arena, un grupo de desconocidos tensos, desconfiados, expectantes. Era la primera brigada médica que Cuba enviaba a los campamentos de refugiados saharauis y al identificamos el abrazo fue vibrante. Volvimos a vernos después; jugamos dominó muchas veces con otros de sus colegas en Argel, por donde comenzó este tipo de asistencia después del triunfo de la revolución cubana; me los encontré luego en Angola, uno de ellos hasta me acompañó en caravana por el sur con un destacamento de las FAPLA; me calmaron la fiebre cuando aterricé en Maputo procedente de Lusaka; y siempre al alcance de mi mano donde vivo aquí en la capital cubana tengo a Belkis, la médico del barrio, quien atesora experiencias similares en Brasil y Venezuela.

Los he observado hacer la magia de salvar vidas sin instrumental, he sentido la añoranza por la familia que dejaron atrás, los he visto sacar muelas en campaña, los he conocido alegres y taciturnos a veces, pero nuca rehuyendo su entrega a los demás. Y quizá por ello me duele, me jode, ME ENCABRONA, ME EMPINGA que el Emperador del Norte, ese que dice 200 estupideces cada 24 horas hable “de esclavos” al referirse a ellos o que uno de esos personajes que en la isla se dicen “periodista independientes” sin saber ni lo que implica de ética y riesgo este oficio, se sume al coro del monarca a fin de denigrar las aspiraciones, las motivaciones de estos médicos cubanos que hoy, en medio de esta pandemia pavorosa se han ido a 16 países a hacer simplemente lo que saben hacer: auxiliar a los demás. El primer grupo de estos cubanos especiales fue al norte de Italia cuando el bicho había anidado allí incontenible y le siguieron otros ahora regados por América Latina y el Caribe; presentes también en el Principado de Andorra; en preparación 200 más para ir a Angola.

He tratado y conocido a otros médicos y a otras enfermeras en el Jackson Memorial de la Florida y en el hospital Hialeah de Miami y sí , aquellos son otros médicos. No es que sean mejores o peores que los de aquí, en las dos partes los hay de todas las categorías, es que son distintos; ellos cobran y cobran lo suficiente como para hacer de esa profesión un trampolín a las alturas; son médicos habituados a tratar con mercancías, son médicos que siempre sacan cuentas y cuidan de la fama. En Argel constaté ese fenómeno, los argelinos subestimaron la profesionalidad de los primeros médicos cubanos que regalaron sus servicios, no entendían cómo podían ser buenos galenos si además no usaban corbata como los doctores franceses de antes de la liberación; les sorprendía que no los miraran como seres superiores, que compartieran con ellos, que llegaran en grupos al hospital y se fueran en grupos tarde en la noche. Pero los argelinos aprendieron, los cubanos salvan sin cobrar.

Narro lo vivido, no lo que me han contado o he leído, rechazo las apologías, y tampoco sé qué me sorprenderá mañana, pero por ahora cada noche a las 9 Vivian y yo salimos al portal, nos apartamos del encierro al que nos obliga el bicho y nos sumamos a esos aplausos que retumban por buena parte del planeta en agradecimiento a ellos, los audaces consagrados en salvar.