Coronavirus: ¿la redención?
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Quien haya leído la Biblia o cualquier otro libro más o menos sagrado a trompicones puede pensar que el desastre mundial que está provocando el coronavirux tendrá la ventaja de que una vez pasado seremos diferentes.Como si el bicho chino, para el que aparentemente no se ha encontrado una vacuna, a menos fuera de China, hubiese sido enviado por una guapa y gentil hada madrina para enseñarnos todo lo que nos falta a los humanos, sensatez, piedad, cultura. Como si los soldados del Kaiser que asfixiaban con gases mortales a los soldados durante la primera guerra mundial (1914-1918) hubiesen operado una conversión en los que pillaban en las trincheras. Como si los campos de concentración nazi, con sus variantes de campos de reeducación chinos o los gulag soviéticos, hubiesen tenido por efecto no un castigo arbitrario y criminal sino una educación para que a la salida los elegidos fueran mejores. Nadie ha probado nunca que se salga de una desgracia universal o personal, gigantesca o pequeñita de llevar por casa, con un mejor carácter, un amor por el prójimo exacerbado. De todas las experiencias negativas y no buscadas se sale rabioso, con ganas de venganza salvaje, sin misericordia, porque el sujeto no ha entendido, no puede entender, por qué diablos le ha ocurrido a él todo eso. ¿Alguien puede pensar que un motorista que tiene un accidente que le deja sin el uso de sus piernas, transformado en un medio pelele, aunque la conmiseración y las técnicas de reeducación le permitan ser campeón olímpico de parapléjico, es otra persona una vez recuperado, pero no el uso de las piernas? ¿Puede pensarse seriamente que agradecerá al dios que sea que le haya pasado por esa espeluznante experiencia para convertirlo en un santo que predicará la buena palabra por carreteras inhóspitas y desiertos áridos? Nadie comprende una desgracia, ni los más religiosos ni los más imbuidos de filosofía, sobre si todo si el sujeto doliente es él y si toda la vida va a acarrear algo que no deseó en ningún momento. A menos que nos metamos en los vericuetos más sórdidos del masoquismo.

Relatos recogidos desde el fin de la II Guerra Mundial (1939-1945) dan cuenta de 860.000 mujeres alemanas violadas al terminar la guerra por las tropas liberadoras. La mayor parte de esas atrocidades, que incluye a niños, fueron cometidos según las fuentes por los rusos, a los que Stalin dio carta blanca para vengar lo mal que se lo habían hecho pasar las tropas de Adolfo Hitler.¿Alguien puede seriamente afirmar que todas esas mujeres que sufrieron la barbarie de esos guerreros sedientos de venganza se consideraron mejores después de la experiencia? ¿Acaso hubo manifestaciones de las violadas proclamando por todas partes que la bestialidad les había convertido en seres superiores, con una mentalidad más abierta de mujeres liberadas, en santas?La II Guerra mundial fue una de las grandes bestialidades cometidas por el hombre desde las cuevas de los más primitivos. Una gran parte de Europa quedó derruida pero sobre todo Alemania y cuando acabó la guerra llegaron los negocios. Un país no podía vivir entre ruinas que ni las películas neorrealistas más cuidadosas de preservar el ejemplo del “castigo divino” o los documentales más realistas eran capaz de explicar y menos de justificar. Entonces surgieron los negociantes que siempre están al acecho de ocasiones y nació el Plan Marchall de ayuda de Estados Unidos. Ayuda interesada y pagada, claro. Porque para los norteamericanos era una forma de asegurarse que la Unión soviética, entonces todopoderosa, no aprovecharía la oportunidad para “convertir” a los países que no podían tener más que odio por los vencedores que les habían convertidos en miserables entre ruinas. Otro tanto ocurrió muchos años después y de forma diferente cuando Estados Unidos destruyó países como Irak, en nombre de la libertad, puesto que se trataba, según el presiente Busch y sus compinches de “liberar” a un pueblo que había vivido perfectamente con el dictador Sadam Hussein, al que los norteamericanos se apresuraron a ahorcar de la manera más atroz, para dar el ejemplo de lo que es capaz de hacer un país civilizado para civilizar a los que no les han solicitado nada.

¿Hay alguien capaz de creer seriamente que desde la destrucción de Irak Oriente Medio “sea mejor”, “más bueno”? No he oído ni siquiera leído en un tebeo que los japoneses, sobre todo los de Hiroshima y Nagasaki, hayan conocido una generación más feliz desde que, para acabar de una vez para siempre la II Guerra Mundial, el presidente Truman de los Estados Unidos mandara como advertencia amistoso sendas bombas atónicas a los habitantes de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, el 6 y el 9 de agosto de 1945. Una atrocidad que condenó la historia pero no los hombres y que a los norteamericanos supo a gloria. Pero estoy seguro de que si los japoneses han guardado alguna lección es los deseos de venganza. Cuando nos cayó el coronavirus encima, llegado no se sabe cómo de China, se creyó que quizá sería una gripe mala, aunque nadie tuvo la desfachatez de tratarlo de gripezinha como hizo el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. Cuando nos dimos cuenta de que aquello no era ninguna de esas gripes que conocemos los europeos, la alarma cundió, aunque algunos gobiernos no se lo tomaron muy en serio y otros esperaron más de la cuenta para tomar medidas, según los expertos. Cientos de miles de personas se encontraron enterrados, los que tuvieron suerte, y la debacle continúa sin que nadie sepa hasta cuando, porque se da la circunstancia de que estábamos tan poco preparados que hasta hace poco han faltado guantes y mascarillas, esenciales para protegerse aunque no sea más que un poco. Los gobiernos han lanzado los coros que podrían haber sido del Ejército Rojo para sacar y cantar “No nos vencerán” y poner de moda una canción muy conocida, “Resistiré”. En esta segunda semana del mes de abril de 2020 nadie puede dar cifras de cuándo la gente podrá salir de sus casas, donde están encerrados y algunos trabajando por ordenador. Tiendas cerradas, comercio paralizado. No creo que hayamos conocido en Occidente una catástrofe como ésta. ¿Y ahora qué? Seremos mejores, más sabios, más prudentes, más todo, una vez que se haya terminado la pandemia? Creo que no hay ni un solo sacerdote de la religión que sea que se atreva a decir que sí, que esta catástrofe estará llena de enseñanzas. A menos que sea un imbécil a sueldo de cualquier gobierno todavía peor.