El penúltimo vino
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Estaba tomándose una copa de vino, rico, sabroso, desesperadamente necesario, en la estrecha terraza desde donde tenía la mejor vista hacia la eternidad. Bastaba saltar y podías aterrizar en el cielo o en el infierno. Aunque él estaba más seguro de que llegaría al infierno.Suntuoso vino, se dijo, recordando que los adjetivos más ditirámbicos son los mejores, aunque no pretendía conseguir más que un poquito de oxígeno en un cerebro aplastado por el miedo.De pronto decidió irse a la playa. Hacía un tiempo magnífico. Todo estaba tranquilo. Los noruegos jugaba a su huego favorito de ponerse como salmonetes asados y las malas noticias estaban por llegar. Todavía no había estallado la guerra y se arrimó a una mesa en la que dos finlandesas, o eso dijeron, intercambiaban grandes carcajadas. Aceptaron que se sentara con ellas y le pidieron al camarero unos espetos y algunas cosillas más. Las dos chiquillas eran preciosas y ninguno de los tres habría podido ni siquiera imaginar que aquella copa de vino sería la última antes de que el mundo empezara a vivir el terror más espantoso, que ni el mejor de los filmes de Georges A. Romero les hubiera inspirado.Ellas eran muy bonitas, muy jóvenes, 22 o 23 años y con unas ganas enormes de vivir, de gozar de la vida, quizá aquella playa quemada por el sol era para ellas lo más cerca del paraíso que habían estado. Hablaban muy bien español y él aprovechó para contarles su vida. Daba gusto porque a cada capítulo, un poco retocado, ellas abrían la boca y entonces descubrían dientes largos para hincar detrás de un beso, o durante o para siempre.

Elke, se llamaba la morenaza con vestido azul como los de las niñas que en la infancia jugaban a la comba, le contó su vida. Tenía una niña de dos años que vivía con su madre en Helsinki. Ella había decidido repentinamente tomarse unas vacaciones sin fecha, sin saber que se acercaba el momento en que se romperían las estructuras del mundo. Le pidió que fuera a recogerla a su hotel, muy cerquita, porque, al saber que él era escritor, quiso enseñarle unas ilustraciones que podrían servir para un libro. Vio las litografías pero hasta las once y media de la noche estuvieron muy juntos, muy juntos, haciendo lo que hacen un hombre y una mujer desde que Adan y Eva fueron tentados por un dios malicioso.

Fueron horas deliciosas y de pronto él tuvo un presentimiento y entonces se quedaron hasta que amaneció. Cuando puso la radio, viejo reflejo de profesional, escucho las primeras noticias sobre la posible, tal vez inminente llegada de una especie de pandemia que había cubierto el mundo en unas horas y que mataba y mataba sin pensarlo. Ya hasta tenía nombre, el coronavirus, un bicho invisible que por donde había pasado no había dejado más que muerte. Pero eso había sido en Oriente. Estaban muy lejos para tener que preocuparse aunque él, el periodismo enseña el miedo, intuyó desde el primer momento que se avecinaba una terrible catástrofe.

No le dijo nada a ella y se quedaron todo el día en la habitación. Un camarero hindú, que parecía estar en la inopia porque no refirió nada de la tremenda embestida de la bestia china, les sirvió el almuerzo. Volvieron a hacer el amor con rabia. Ella no entendía que él no quisiese que se protegiese con su aquelarre contra el embarazo. La convenció y quedó como Anais Nim, llena de esperanza.

Hizo unas llamadas y de pronto comprendió que la amenaza se acercaba, que no eran cuentos de la prensa sensacionalista. Todavía le quedaban un par de amigos, y le dijo a Elke que hiciera rápidamente la maleta. Ella lloraba. Pensaba, como todas las nórdicas románticas, que la quería apartar de su vida.

–Mira, mi amor, he conseguido un billete de avión que esta misma tarde te llevará a Estocolmo. De allí estás a cuatro o mil pasos de tu casa. Pero no te olvides nunca. Probablemente llevas dentro de ti, Dios lo quiera, un hijo o una hija, yo la preferiría. Si me has amado un poco críalo. Si yo puedo iré pronto a verte. Tengo tu dirección y he reservado para dentro de un mes en un hotel de Estocolmo. Allí nos veremos a las doce del día que tienes en la tarjeta de embarque. Iré a verte y si has mantenido tu promesa de dejar que te crezca lo que hoy hemos quizá engendrado, me quedaré contigo para siempre.

Pasaron los días, las semanas. Una semana antes de que se cumpliera la validez del billete que debía de llevarle junto a Elke, la plaga del coronavirus le pegó de lleno en la playa donde tomaba una última copa antes de coger el taxi para el aeropuerto y de ahí a Estocolmo. Tosía mucho, sabía que tenía fiebre. En el espacio de unos días, la bestia había causado estragos. Los muertos se contaban por cientos.

El taxi le llevó rápidamente al aeropuerto porque no había nadie en la carretera. España era afortunadamente uno de los raros países que no habían cerrado el espacio aéreo. Ya estaba mejor cuando pasó los controles –todo el mundo parecía muy angustiado para fijarse en nada—y subió al aparato. Cuando el avión llegó al aeropuerto de Estocolmo-Arlanda, le encontraron muerto en su sillón de clase business. Entre la poca gente que esperaba a los pasajeros de aquel vuelo, Elke sonreía mientras agitaba una banderita rosa chillón en la mano.

“Crisis cardíaca”, diagnosticó el médico del aeropuerto que tenía prisa por llegar a un almuerzo, aunque no sabía que la coronavirus iría pisándole los talones y quizá no le dejaría ni llegar al postre. Porque había empezado la guerra. Y él acababa de asistir a un hombre de 54 años, eso decía su pasaporte, que había creído estar viviendo un amor, aunque fuese en tiempos de la peste.