Mujeres de Chanel y Pachulí
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Odio a las brujas que detestan a los hombres buenos, en Salem quemaron a unas cuantas, pero no a todas, porque soy el admirador más feminista de las mujeres que con Pachulí o Chanel 5 saben que amar es el sacrificio que vale la pena. Ahora que llego, que he llegado, que estoy dentro de la edad en la que la vida no tiene más razón que un milagro, me doy cuenta de que he sido un privilegiado, que he amado y he sido amado por mujeres de película, de las que jaleábamos en el gallinero de los cines de mi infancia. Esas mujeres que cuando los delirios de los delitos carnales no existían, ahí tienen a Adán y Eva, les llamabas guapa con un guiño y un suspiro lleno de respeto y el talento de Chopin cuando se volvía loco con las teclas de su piano. Ellas me ayudaron como madres, como hermanas, como amantes, como esposas y más que eso, al borde del incesto, cuando llegué a París con una maleta de cartón y unos mocasines cuyas suelas estaban ya agujereadas por el frotar de tiempos largos y bonitos en el paraíso, de Tánger, ciudad Internacional, donde en uno de mis reportajes me echaron en busca de Lucky Luciano, el mafioso pluscuamperfecto al que envenenaron finamente en un aeropuerto de la Sicilia italiana, su tierra. Ellas, aquellas mujeres maravillosas de las que todavía oigo los tarantos de sus voces, me salvaron de hacer otra carrera en los grandes bulevares de París. Una de ellas, Monique, me “secuestró” como la bruja de Ulises que le encerró en su caverna de las mil y doscientas noches hasta que le diese un hijo. Aquella chiquilla, que era como un sueño hecho cariño y belleza, me enseñó a caminar en el París de los últimos años de los cincuenta, del otro siglo, y me enseñó que el amor se escribe con mayúsculas.

Lo primero que aprendí gracias a esta introductora mía de embajadores, es que París había que morderlo delicadamente. Conocí al director de una firma musical, un español de Zaragoza que se había ganado fama cantando tangos como un Gardel de ocasión, quien me enseñó que a las mujeres había que olerlas. Me pareció una extravagancia la de aquel hombre que había inventado la Viagra o casi pero él me lo explicó con su cachorra digna de otros lares. Había que olerlas. Estaban las que olían a Chanel 5 y las otras, las del Pachulí, más barato pero tan sabrosón y que en general era el perfume de las más jóvenes, casi niñas.

Las artistas del Chanel tenían una particularidad bastante particular. Vivían en los barrios que solo visitan los turistas, para tomar fotos, sobre todas esas avenidas grandiosas que rodean el Arco de Triunfo como una corona de mariposas. Andaban por encima de los treinta años, eran esposas de reyes de la industria u ocupaban cargos de alta responsabilidad en administraciones del Estado o en lo privado. Tenían dinero, aquellos francos grandes que crujían agradecidos cuando los sacabas del bolsillo del pantalón como quien busca un tique de Metro. Eran de la talla del Rastignac de Balzac y del Rastignac tangerino que durante algún tiempo tuvo que reparar sus bellos mocasines con cartón.

Uno era el Rastignac aquel llegado a Marsella unos días antes en un carguero mixto porque sabía que quería ser periodista en París, donde se curtían los grandes, donde se han curtido algunos de los mejores de ese oficio que consiste en ver y contar… y callar. Sabía que por allí había andado su ídolo, Ernest Hemingway y hasta se buscó un hotelito de película en blanco y negro en la Rue Moufetard, en pleno barrio Latino, donde había vivido su escritor preferido, quien pasó unos años con mujer, una de ellas, e hijo, por encima de una carnicería, cerca de un restaurante español, propiedad de un viejo refugiado de la guerra civil española (1936-1939) que tenía precios asequibles.

Claro que no se percató de que el hotel donde aterrizó podía haber servido de decorado a “Pepe le Moko” o a cualquiera otra película en las que Jean Gabin, el rey de los chulos, jugaba de protagonista, con una voz ronca que le hizo célebre y amado de todas las damas que buscaban chulo de alquiler.

El hotel era el primer piso de un bistrot que tenía por lo menos dos mil años y que regentaba un argelino de Argelia. Cada vez que me veía llegar ya de noche ponía la mano y si no le entregaba la moneda de cinco francos me decía con voz de las Mil y una Noches que hacía una noche muy bonita para dormir en la calle, sobre todo en aquel noviembre en el que hasta las piedras de Notre Dame estaban heladas.Una noche más fría todavía, donde los liberadores cinco francos brillaban por su ausencia, el Rastignac de mentirijilla aceptó el refugio que le brindaba con esa sonrisa de la parisiense que ya no sé si sigue en vigor una maniquí tan joven como él a la que le daba pena verlo dormir en un portal, a condición de que la portera, la mayoría españolas, no hubiese cerrado a cal y canto sencillamente para fastidiar.

Brigitte, sí, como la Bardot, que ya andaba siendo la celebridad que el adusto general Charles de Gaulle, el mejor Presidente que tuvo Francia, la coronó como el monumento más importante de Francia, era una ricura por dentro y por fuera. Seis meses después, el jovencito tangerino de adopción ya pateaba París con su cámara, libreta y estilográfica, los bic le parecían demasiado vulgares, en busca de reportajes ligeros como su dieta a base de huevos cocidos, el alimento más barato y delicioso de aquel París de los sesenta.

El Rastignac tangerino tuvo una vida feliz y un día de 1962, que todavía no ha sido proclamado fiesta nacional como el 14 de julio, ya con mocasines nuevos comprados en una esquina del Boulevard des Italiens, y adquiridos gracias a la voluntad caprichosa de una usuaria de Chanel 5, ingresó en la Agencia France Presse, que para un periodista, sobre todo joven y prácticamente analfabeto, era como para una novicia ser admitida en el convento de las Ursulinas, donde los uniformes eran de seda cosida por Dior. Había cola para ser uno de los elegidos en el servicio Español de France Presse, tanto que hasta dejaron entrar a un peruano con bigotito a lo Errol Flynn que una porrada de años después llegó a ser Premio Nobel de Literatura, un peruano sin mayor relieve llamado Mario Vargas Llosa. Ninguna agencia de prensa del mundo ha tenido nunca un redactor tan ilustre.

Cuando he llegado a los años que mi carné de identidad asegura que tengo, pero todo y todos mentimos, es curioso cómo se despiertan esos recuerdos que ya no son más que eso, recuerdos adobados con la imaginación del periodista y con el llanto del desterrado. Todo lo demás pertenece a la historia, a la mía, claro. El periodismo me paseó por el mundo, por la gente y por la sabiduría de saber que nunca sabes la mitad de lo que tendrías que haber sabido antes de acostarte. Creo que ya es tarde para todo. Incluso para decir como aquel personaje de Manhattan Transfert de John Dos Passos: “Escapémonos a París o a La Habana o empecemos una nueva vida”.Ya me escapé muchas veces a París, buscando cada vez algo que había olvidado la vez anterior. Y en La Habana soy considerado lo que podríamos llamar un enamorado equivocado de la Revolución, aquella de Fidel Castro. Que tampoco volverá nunca jamás.