Miedos
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Pasas la vida, que son días amontonados en semanas, en meses, en años, escribiendo, leyendo, tratando de entender, intentando explicar por qué no eres capaz de contar una vida a tu capricho, que te evite el malestar de la infelicidad, que aleje el espectro de lo que los médicos llaman depresión.Pero cuanto más escribes, lees a otros autores o tratas de formular alguna teoría para huir de lo malo que tiene la incertidumbre, del miedo a todo y a nada, del miedo que como el cartero llama por lo menos dos veces, pero al día, y sin previo aviso, más te hundes en la incertidumbre de no saber por dónde tirar. Hay gente que consigue agradables rentas diciendo a los demás lo que hay que hacer para huir de todo lo que hace de una vida normal una vida infeliz, insegura, al borde de la desesperación. Pero no estoy seguro de que ellos sean moderadamente felices, capaces de torear al miedo, esa indefinible sensación que te roe el estómago, esófago y todas las tripas olvidadas para quitarte las ganas de vivir. Uno o una de ellos o de ellas aseguran que la fórmula consiste en hacerse amigo del miedo y entonces lo has vencido. Por supuesto, no te destapan las soluciones, te dejan la caja de Pandora medio abierta para que tú domines a esos bichitos microscópicos del alma de los que depende un buen día o un día fatal, una noche con sueño angelical o una larga madrugada que no termina hasta que amanece. Y en cuanto anochece vuelve a empezar. ¿De qué tenemos miedo? Tenemos miedo del miedo, de tener miedo, es así de sencillo. Lo difícil es apartarlo de nuestros pensamientos. Ahora que me están mordiendo con fuerza voy a tomar un remedio de psiquiatra, una minúscula pastillita blanca que se deshace en la boca para que la crisis pase más rápidamente.

Pero si quemo este cartucho, una vez que la pastilla haya cumplido su función de unas cuantas horas de tranquilidad, a veces ni eso, volverá el miedo, la inquietud, la preocupación por nada o por todo. Porque el cartero no te ha traído la carta que esperabas, ahora que todo se dice por otros medios, sin sello, sin sobre. Porque el cartero, al contrario, te mira mientras abres el sobre que acaba de entregarte después de muchas verificaciones de identidad. Él sabe que tiene el poder de traerte el miedo y que para entregártelo se recrea en pedirte número de documentos, y luego saca la carta.

Ningún científico del mundo puede luchar contra el miedo-pánico que puede encerrar un sobre lacrado, escrito a máquina, totalmente anónimo. Dentro hay una hoja de papel, tan impersonal, pero tu nombre está en él y entonces es cuando los bichos saltan. Tengo un amigo que es medio brujo, nunca me dijo dónde adquirió esa ciencia y que dice poder hacer casi milagros. Pero yo le veo a él siempre extremadamente preocupado, cabizbajo, como si llevara sobre sus hombros todos los miedos del mundo. Un día le dije que me ayudara. Lo hizo, quiero decir que realizó una serie de gestos mientras sus labios se movían no sé si invocando a un santo o al demonio. Luego se fue. Cuando cerré la puerta de la calle una vez se marchó, los miedos estaban más activos que nunca.

No sé si la Iglesia Católica sigue practicando exorcismos, que finalmente consistían en echar al diablo del cuerpo de la persona que supuestamente lo llevaba en sus entrañas, en su hígado. He estado tentado de preguntarle a un cura pero seguramente me hubiese aconsejado que fuera a ver a un marabut, que se anuncian en tarjetas de visitas como los cerrajeros, disponibles las 24 horas y hasta por teléfono.Sigo escribiendo porque tal vez así mis miedos verán que quiero combatirlos y si son inteligentes se marcharán, huirán y se buscarán otro lugar donde poner sus huevos.Hace muchos años viví un tiempo en un horrendo hotel de París, mi presupuesto no daba para más, donde las chinches me esperaban cuando llegaba de noche para dormir. Entonces yo era muy joven y se me ocurrió decir en voz alta que si no me molestaban durante la noche yo me comprometía a dejarlas la cama libre todo el resto del día.

Aquella argucia infantil funcionó. No volvieron a molestarme. Quizá si hiciera igual con el miedo. Pero ya soy mayor y no me atrevo a pedirle a los miedos que hagamos la paz; ellos también deben de estar cansados de no dejar vivir a la gente.

Esta tarde, cuando tome el té, voy a probar.