Muñecas de trapo
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Amo el periodismo porque es la única profesión donde nunca serás millonario pero donde siempre serás rico en experiencias que muchas veces son casi mágicas.El uruguayo Mario Benedetti, que no tenía más título que el de poeta, decía que creía en Dios cuando miraba las piernas de su esposa.Yo creo en Jesús profundamente desde que una niña me reconcilió de la pérdida de otra. Pero no soy poeta. Solo periodista de los que cuenta lo que hacen los poetas. Ni tengo una ristra de títulos. Me consuelo porque hace ya muchos años, estábamos haciendo pasar pruebas de acceso a redactor en la Agencia France Presse de París cuando se nos presentó un candidato cuyo curriculum decía que había estado por lo menos en cuatro universidades de un prestigio luminoso, todas norteamericanas, que era arquitecto y no sé cuántas cosas más. Entre los periodistas que íbamos a examinarlo jamás habíamos estado más allá de la UPC. Y era bastante.Con un poco de bochorno y pesadilla de inferioridad, pensando en la que nos haría pasar él cuando terminara el dossier de la prueba de redacción, lo dejamos delante de una máquina de escribir, todavía no había ordenadores.El hombre se sentó frente a la máquina Japy, preparó sus papeles y vaciló. Empezó a darle vuelta al dossier pero desde donde fumábamos un cigarrillo no oíamos el divino teclear de la máquina.

Apenas cuatro minutos después se levantó muy digno y nos devolvió el dossier.

-Lo siento, esto no es para mí. Yo necesito una atmósfera recogida y aquí hay mucho ruido. Además… Sin darnos la mano cogió su gabardina y el titulado que nos había apabullado salió como un mal actor de un malísimo vodevil.Jesús andaba por allí muerto de risa. Mis compañeros no lo vieron, pero yo sí. Por cierto que me dijo que apagara el cigarrillo, que no era bueno para mí.Pese a mis pocas luces universitarias, un buen día de 1987 llegué a la oficina de la AFP en Madrid como director adjunto para España. Me dije que no estaba mal para alguien que no tenía ni el primero de los títulos de aquel latinoamericano que se había ido con el rabo entre las piernas.España andaba muy revuelta. La organización terrorista vasca ETA mataba a destajo y la AFP, fue la primera advertencia que me hizo la policía, figuraba en una lista de objetivos del llamado Comando Madrid. Todavía no he soltado el miedo de aquellos días y ya hace un montón de años.Llevaba unos pocos días y me tocaba la guardia de la noche, junto a un muchacho fuertote que estaba encargado de la seguridad. Era una imposición de la Policía.Teníamos un teléfono verde con teclas negras por donde ETA tenía la mala costumbre de avisarnos cuando cometía una fechoría. Supongo que llamarían a otros teléfonos verdes o rojos de las otras agencias para que sus crímenes se supieran rápidamente.Sonó el teléfono y me temblaban los dedos de una mano. Me esperaba a oír una voz dura, los criminales son así, se hacen los machitos, pero en lugar de eso oí una vocecilla deliciosa.Al otro lado del hilo apareció una voz angelical, la de una niña de muy pocos años:

— Oiga, ¿Es ahí el cielo?

— Bueno, hija, pues…

— Es que me ha dicho mi mamá que ese es el número del cielo.

— Ya, ya, ¿y para qué llamas al cielo?

— Mire, usted, señor, es que mi papá ha muerto…

— Lo siento, hija mía, pero ya sabes que todos…

— Y cuando pregunto por él mi mamá me dice que está en el cielo.

— Eso es seguro, tu mamá tiene razón…Las mamás nunca mienten.

—…y entonces le he dicho que quería hablar con él y mamá me ha dado este número de teléfono.

–Bueno, verás, en el cielo hay muchos departamentos y tu papá está hablando precisamente ahora con un tal Jesús que es muy amigo suyo. Pero te prometo que en cuanto le vea le diré que le has llamado. Y seguro que rápidamente te devuelve la llamada… Aunque, bueno, quizá hoy no pueda hacerlo, pero ya verás cómo pronto hablas con él.

Me pareció que la niña se había tranquilizado y me dedicó una sonrisa cuando se despidió.Aquella noche, cuando salí de la agencia me acerqué a una iglesia que estaba cerca de la Agencia y recé con todo el fervor que sabía. Recé porque, aunque fuese absurdo, el papá muerto telefonease a la niña que tanto le echaba de menos. Es uno de esos momentos que muy poca gente vive y yo lo disfruto desde entonces porque cada de vez en cuando me vuelvo en la calle al paso de una mujer que va charlando un poco alto pienso que es mi niña ya crecidita. Más de una vez he creído reconocer su voz.Hace unos días, mi hijo Tony, que dirige nuestra revista Newsonmagazzine eligió una foto de archivo preciosa para ilustrar un artículo mío. Nada más verlo, una íntima amiga cubana me escribió y supe que aquella niña preciosa que tenía en sus manos algo que parecía una muñeca pero que no era más que un trozo de palo encontrado en el campo había sido célebre en Cuba.

Mi compañera de tantas batallitas me explicaba:

“Esa foto de tu artículo es la de Paulita, una preciosa niña que vivía en la Ciénaga de Zapata y antes del triunfo de la Revolución,en medio de una pobreza extrema, solo podía acunar en sus brazos un madero al que vistió con un retazo de tela encontrada al azar y lo convirtió en su muñeca.” La foto la había tomada nada menos que Korda, el fotógrafo que inmortalizó en el mundo entero el rostro del Che Guevara. La niña de la Ciénaga se hizo célebre y a su casa llegaron juguetes de toda Cuba, “pero ella siempre conservó aquella muñeca imaginaria”. Dos milagros en una vida es suficiente para un periodista como yo. Primero aquella chiquilla que desde Madrid me había tomado por un telefonista del cielo y luego el descubrimiento azaroso de esa chiquilla cubana maravillosa de la que no teníamos la menor idea. ¿No les parece que es bonito para toda una vida?