Ángeles callejeros
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Es madrugada fría. El teléfono del centro ambulatorio ha sonado. La ambulancia de guardia ha puesto el motor en marcha. A bordo un pequeño hospital, cajeteros con todos los medicamentos que pueden hacer falta y una tripulación de ángeles callejeros; un o una médica, un o una enfermera, y un conductor o una conductora sanitario. La ambulancia sale volando, con esas luces de alerta y esos chillidos infames que a veces te quitan el sueño cuando los oyes acurrucados en tu cama. Ya sabes que no van de paseo. Algo ha pasado. Ellos van a la pesca. Esta madrugada ha sido algo especial. Me lo cuenta la Doctora M.P., muchos años de correr por los caminos del pueblo de este lugar del sur de España. Un pueblo más bien de lo que vergonzosamente llamamos clase media, pobres sin remedio. –Vaya guardia que hemos tenido. Nos llamaron de madrugada. Era una niña de 12 años que estaba borracha en un jardincillo, sola, ida. Luego supimos que bebía para olvidar a su padre, que violaba a su hermana y a ella. Y se había hartado de vino que probablemente encontró en la cocina. Se me vienen a la cabeza las historias del escritor francés Emile Zola. Cosas sacada de la realidad, porque escribía como un periodista. El horror de la miseria en el siglo XIX, pongamos por caso. Pero pronto veremos que podía haber sido el siglo XX o el XXI. Su Nana, sus borrachos, sus muertos de hambre, sus mujeres que se echan a la calle en busca de un hombre para que les den de que vivir. Parece que no ha cambiado nada. La niña de esta madrugada tenía unos doce años, era chiquita, 1m50, morena y estaba vomitando y gritando. Doce años y ya una vida hecha polvo por su propio padre. Su hermana, de 14 o 16 años, habituada a aquellas violaciones, acaba de llegar al jardincillo donde la niña se ha refugiado sin saber qué hacer. Al padre ya lo han detenido. Pero qué importa el infame y sus infamias. Los sanitarios tienen que cuidar de las niñas. ¿Y cómo se le explica a una niña de doce años que se calme, que una violación es cosa de la vida miserable de una gran parte de la humanidad? ¿Y cómo se la convence de que un día podrá tener una vida normal, quizá un marido normal, una hija normal que no tenga que emborracharse para olvidar?

Sigue el relato espeluznante y asqueroso:

–La llevamos al hospital porque lo que necesitaba era dormir. Vivía en una casa pobre, en un tercer piso sin ascensor y no había forma humana de subirla.

Luego, una guardia más de liquidada y a dormir, porque al día siguiente los sanitarios tienen que estar dispuestos para otras atrocidades. Es la vida que han elegido. Y ni siquiera se dan cuenta de que aunque cobren un sueldo, bastante apretado, ajustado, porque después de todo no hacen “más” que salvar vidas, evitar dramas, acudir después de otro drama o lo que sea, hay que volver al curro.

Y uno, que no tiene la menor vocación de estos ángeles callejeros, se pregunta. ¿Cómo puñetas te puedes dormir después de haber vivido este horror de la niña que se había emborrachado para escapar a la violación de su propio padre? ¿Cómo diablos pueden volver al día siguiente, y al tras siguiente, y al de más allá, así durante semanas, meses, lo que dura una vida de trabajo, intentando contener una hemorragia, hacerle un lavado de estómago a un desesperado que se ha hartado de pastillas, dar vida a un corazón que se ha parado. Y muchas veces hay que hacerlo donde te pilla, en el suelo de la ambulancia, en la cocina de una casa. Y si todo va bien, si el enfermo llega con vida al hospital, quizá se permitan una media sonrisa de triunfo, de satisfacción. Y ni se miran las alas. Porque les parece que es normal, que “es nuestro trabajo”.

Supongo que muchos de los componentes de estas tripulaciones de la desesperación se pararán en camino y pedirán otro destino, algo donde no tengas que jugar al ángel bajado por magia divina de un cielo que nadie ve para sacar del infierno a una personita de 12 años o a un viejo rechoncho que pese a todo tiene ganas de seguir viviendo.

Claro, es el trabajo que han elegido. Un trabajo “como otro cualquiera”, por el que les pagan un sueldo. Pero, ¿cuánto vale una vida? ¿Cuánto cuesta tratar de calmar a una chiquilla recién violada y que no comprende lo que le está ocurriendo? Ya sé que esto que les estoy contando ocurre todos los días, todas las noches, todos los mediodías en todas las partes del mundo. Pero no es más que la manifestación de un mundo loco, horrendo, donde a lo normal, una herida, una caída, se agrega el penoso horror de los más vil. Lo que ahora les cuento desde el extremo sur de España más cercano a Africa ocurre seguramente en Salt Lake City, en Kuala Lumpur, en Lisboa y en cien puntos más del globo.Es la vida. Es el cuento cotidiano de un mundo embrutecido por el horror.Ya está gritando otra sirena, que para mí entraña más angustia y tristeza que un mambo bien tocado.