Érase una vez en La Habana ParteIII
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

En una entrevista concedida a la periodista Ann Louise Bardach, Fidel Castro contestó con su habitual socarronería sobre lo que sucederá una vez que él desaparezca: “Le puede hader esta pregunta a la CIA. Honestamente no creo que ocurra nada. El Gobierno se adaptará a la situación. Tenemos preparados todos los mecanismos políticos y legales para que así suceda. La vida del país no se verá alterada ni un minuto. No hay un solo hombre que sea indispensable. Y yo merezco el descanso”. Pero ni que decir tiene que esa preocupación existe entre los cubanos, agudizada por una situación internacional donde el enemigo número uno de Cuba, los Estados Unidos, juegan cada vez más el papel de decididores de la política mundial.Por mi parte, esta historia entre Cuba y yo no tiene fin ni termina, por supuesto, con estas páginas que sólo quieren reflejar mis amores y desamores con una tierra que en mí ha despertado tanta pasión como una de esas mujeres ardientes enamoradas hasta el sacrificio del desamor. Nadie, pese a lo antes reseñado, sabe cuáles serán los brazos que arrullarán a Cuba el día que desaparezca su amante de más de cuarenta años, que creo la habrá amado con ese amor que lleva a la locura de la perversión. Puede imaginarse un día de Dios sabe qué mes y que y de quién sabe qué año La Habana recibirá la pintura y el cemento que tanta falta le hacen. Pero temo que esos pintores y esos albañiles nunca la querrán tanto como esos desesperados que en el Vedado o en Miramar, mis dos barrios preferidos, procuran darle algunos coloretes cuando pueden, que no es muy a menudo.

No sé si amaré tanto La Habana cuando los nuevos amos restablezcan sus pinturas y asfalten las calles que adornarán, imagino, con farolas que tal vez tengan acento yanqui. Se ama mejor y con más fuerza en la desgracia y no en la felicidad facilona del bienestar absoluto.En otra versión, el personaje de ese cuento mío que figura líneas arriba, Luis, termina suicidándose de la forma más espantosa que a mí se me ocurre: arrojándose al vacío. A Cuba hay que amarla como es, sin condiciones, sin restricciones y sin esperanza de recibir algo a cambio. María, la cubana que Luis ama, le dice en un momento que nunca podrán estar juntos porque poertenecen a mundos muy distintos.

En más de cuarenta años del silencio de los corderos decretado por el Amo del Mundo, los Estados Unidos de América, el pueblo cubano ha aprendido a sobrevivir en una especie de resignación que implica no solamente pasar algo más que estrecheces, no tener un café, a veces ni un medicamento básico, aún a cambio de granes realizaciones –el amor de esos niños que estudian y no botellean y otras cosas—pero la renuncia a esos bienes corrientes para un europeo y que ellos no pueden comprar más que con dólares, el que los tiene, claro, les ha conducido a esa otra desesperación que se apellida frustración.

Estoy convencido de que ni siquiera un gran amigo mío que lleva en Cuba lo que lleva la Revolución, y que pasa por ser uno de los mayores “cubanólogos” del mundo, se atrevería a predecir el futuro.Ese amigo es periodista y argentino o por lo menos lo fue. Hoy vive su cubanía en una casa encantada escondido en un barrio de La Habana. Cuba tuvo otro ilustre argentino, el más ilustre de todos, el hombre que a la gente de mi edad tanto hizo soñar, Ernesto Che Guevara. Tantos años después, como el mosquetero de Alejandro Dumas, si enigmático rostro de esa foto suya que no cesa de dar la vuelta al mundo, sigue enalteciendo a las multitudes cansadas de luchar y que en los más variopintos lugares del universo persiguen el mito de una cierta felicidad a través de un poco de humanidad, igualdad y fraternidad. Desesperado, el Che se fue de Cuba y en los altiplanos de Bolivia militares de película mala le crucificaron, como hace dos mil años y pico otros desarmados crucificaron a Jesucristo. El otro argentino, mi amigo, sigue allí, en la capital. No me atrevo a preguntarle si espera algo. Si hay algo que esperar. Nunca se lo preguntaré porque temo que ni él conozca el principio de lo que podría ser el esbozo de una respuesta. O que no quiera conocerla. Estos cuentos fueron escritos hace nada menos que DIECISIETE AÑOS. Lo escribo en mayúsculas porque el tiempo aquí cuenta mucho.

El gran amigo murió, Fidel también y yo aunque es falso sigo pasando a los ojos de algunos cubanos por una especie de traidor, cuando estuve acusado por alguien mandado por Washington de haber sido un privilegiado del régimen. Pero esas cosas las olvidan quien quiere.Es muy difícil hablar de Cuba, de la “nueva” Cuba porque si no estás de acuerdo con que en vez de café se repartan desfiles de modelos por las calles pasas por un aguafiestas. Qué más da, así va la vida. Pero lo siento porque para mí Cuba ha sido siempre un lugar muy especial, donde estuve a punto de quedarme. Pero las cosas son así. (De “Cuba, Revolución y dólares”)