Mi terrorista de cumpleaños
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Pues, sí, acabo de cumplir 80 años de edad y como todavía soy capaz de escribir me digo que tengo mucha suerte. Si hubiese tenido la alegría de ser albañil seguramente hubiese seguido haciendo paredes y todas esas cosas maravillosas que se hacen para tener una casa agradable. Pero solo soy periodista, escritor, escribidor, y tengo la inmensa alegría de que Jesús o Satán me dejan seguir contando mis cosas. A mí me da la impresión de que cumplir 80 años es algo muy serio para un periodista. Por ahí tengo un diploma que acredita que fui uno de los periodistas que permaneció en la Agencia France Presse treinta y siete años y medio seguidos sin buscar la gloria en otro periódico. Al principio me sorprendió que un ministerio se molestase en hacerme un diploma pero luego pensé que era normal porque para un periodista aguantar esta maravillosa profesión, que al mismo tiempo es la más dura, es ya algo fuera de serie. La medalla me la iban a entregar solemnemente en la embajada de Brasilia, donde yo terminaba mi corresponsalía de tres años, pero la medallita, un servidor y un diploma que me envió con su habitual cariño el Presidente Jacques Chirac, ya estábamos en esta isla africana donde tengo la impresión, aunque lo digo bajito para que no se enteren los niños, de que aquí está el varadero. Llegar a los 80 años de vida después de cuarenta ejerciendo esa profesión que es una de las más duras del mundo, la de periodista, merece muchas cosas, y a mí me ha servido para probar todos los tranquilizantes que han salido en el mercado mundial. Qué tiempos aquellos del Prozac, que te permitía no saltar por una ventana sin red porque por momentos la presión era tan espantosa que no aguantabas. Porque ser periodista, cronista, redactor, escribidor, escritor, es tratar con toda la morralla del mundo, desde el loco que te llama a las ocho de la mañana para decir que es un espía albanés y que se lo quiere cargar no sé qué servicio secreto…. Y lo peor es tratar con el loco que tú mismo llevas dentro, porque este oficio no lo ejercen, en serio, no hablo de los cachondos que se las dan de periodistas, más que los que tienen un pasado oscuro en la cabeza, así como así. Aquel señor con acento de no sé qué me llamaba desde no sé dónde, ni quería saberlo. Y te pide ayuda a ti que estás sentado en tu despacho de Brasilia y donde, desde luego, no puedes hacer nada, aparte pegarte con la cabeza en la mesa. Confieso que estuve unos días mirando los periódicos por si se habían cargado a alguien que pudiese parecerse a mi interlocutor telefónico.

Estás de corresponsal en un país civilizado, España, pero resulta que cuando llegas más alegre que todo para ocupar orgullosamente tu puesto de director adjunto te informan que la policía ha descubierto que ETA (los preciosos terroristas vascos que asesinaban con un tiro en la nuca por menos de nada) tiene a la Agencia France Presse, y a ti de paso, en una lista como objetivo número dos de en una previsión de atentados. Porque debo confesar que aquellos señores, que hoy están rehabilitados y rondando el Parlamento, eran unos desgraciados de la gran chingada pero estaban más que organizados.

O aquella otra vez que en París se te presenta un señor, tras una serie de vericuetos de película del Oeste, diciéndote que es un correo de ETA fugado, que lo quieren matar (¿ETA o la policía le pregunté yo inocentemente?) y que te agradecería que lo ayudases. Porque era un tipo muy educado y te decía con una sonrisa y una voz exquisita que tenías que ayudarlo o él no te ayudaría a ti a vivir mucho.

Imagínense a un redactor de quinta categoría en la escala sindical, vamos un periodista, que no sabe por dónde meterle mano al problema. Tratas de calmar al señor que viste tan elegantemente pero que siempre lleva consigo un maletín con una bomba (certificado, verificado) dispuesto, te informa, a ponerla en marcha si se acerca algún sospechoso mientras vosotros habláis. Cuánto he rezado a Jesús para que un desgraciado de fumador no tuviese la idea de interrumpir aquellos encuentros públicos y a la luz del día para preguntarme si tenía fuego.

Aquello terminó como las amenazas de Brasilia o las de Madrid, pero di un empujón de primera a las acciones de Prozac, que poco a poco hubo que reemplazar por otro porque ya no me llegaba la camisa al cuerpo. Mi elegante terrorista fue interceptado (eso creo, porque vaya usted a saber…) por una patrulla en la frontera con España y le pegaron cuatro tiros. Bueno, eso es lo que yo supe

Por esto y por otras cosas que no les cuento, porque más vale olvidar, comprendan que estoy feliz de haber llegado a los ochenta años (80) vivo, sin haberme vuelto loco aunque sigo siendo un cliente predilecto de los laboratorios que reemplazaron a Prozac.

No quiero decir con esto, y créanlo si quieren, porque en el fondo me importa un carajo, que yo me crea un héroe. Tengo compañeros que murieron asesinados, otros matados en alguna de esas guerras que los norteamericanos se inventan tan prontamente, y yo todavía estoy aquí. Por eso ayer, en mi cumple, me tomé dos güisquis con Perrier. Había llegado vivo a los 80. Sin siquiera haberme vuelto loco de miedo, de pánico o de aprensión.

Ah, y si creen que soy un bocazas, un cretino que se toma en serio traten de hacer algunas de las cositas que les he contado (fumarse un pitillo con un terrorista que le apunta con una bomba, por ejemplo). Y si siguen creyendo que haber llegado a los 80 únicamente un poco sensible a la locura (los médicos dicen que ya no existe) entonces tírense delante de un camión. Mañana saldrán en los periódicos. Seguro.