Un cachito de muerte
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Preservar la vida es una de los objetivos más primordiales del ser humano. Todos los gobiernos gastan millones para conseguir mantener en vida a personas que a veces tienen pocas posibilidades de sobrevivir y menos ganas de hacerlo. Y, sin embargo, las estadísticas anuncian fríamente que más de 800.000 personas se quitan la vida todos los años, voluntariamente, es decir que se suicidan. Un muerto cada 40 segundos, precisan los especialistas sin que este dato macabro agregue nada. (Desde que he escrito los dos primeros párrafos, ya hay funerarias que atienden a un montón de suicidas). El suicidio es, en todo caso, la segunda causa de defunción. Es decir que morir voluntariamente es una especie de enfermedad incurable. Porque no depende de la experiencia de médicos o del valor de un medicamento. Nadie puede parar una muerte querida, acariciada y en muchos casos meditada durante mucho tiempo. Pero, ¿por qué quitarse de la vida cuando basta con esperar que llegue el turno? La muerte es inevitable por mucho que la ciencia haya avanzado. Pero mucha gente la adelanta sin tener en cuenta que no hay vuelta atrás. Los médicos mencionan los suicidios para llamar la atención, sobre una situación o una persona. Pero ocurre como cuando conduces un auto y te entretienes poniendo un disco. Te pegas un cacharrazo y se acabó la música.

Los científicos no saben muy bien con qué carta quedarse. Adelantarse a la muerte es siempre un elemento perturbador de la vida, que supone la incapacidad de seguir luchando en un mundo que casi siempre es más cruel de lo que se imaginan los cineastas y que pide demasiado esfuerzo para mantenerse a flote. Hay momentos en que el suicidio se parece a una especie de autocastigo muy refinado. Supe de un militar joven que en un pueblo del sur de España se había ahorcado a una higuera que había en su patio. Pero como la higuera era pequeña y él recio y alto, tuvo, según dijeron los médicos, que doblar fuertemente las extremidades y mantenerse doblado hasta estrangularse, evitando que la natural caída de las piernas se lo impidiera.

Parece una broma de mal gusto, de las que se cuentan cuando ese tema, pocas veces, surge en una conversación, pero es rigurosamente auténtico. Un padre –otro caso que conocí directamente—en otro pueblo. Hombre de negocios, con una situación económica más que agradable. Tenía cuatro hijos. Una mañana, los criados que llegaban para tomar su servicio se percataron de que la puerta de entrada estaba cerrada desde el interior, de modo que era imposible forzarla. Finalmente, un balcón del primer piso –era una casa señorial donde no parecía que hubiese miseria—fue forzado y las dos primeras personas que entraron quedaron paralizadas. Los niños estaban muertos en sus camas, sin signos de violencia. La esposa igualmente y el jefe de la casa tenía el rostro destrozado por una descarga de un fúsil de caza.

Todo el mundo les conocía y creía que constituían una familia normal. Pero todos ignoraban que la felicidad era una apariencia, como la corbata que nunca faltaba en el atuendo del señor de la casa. Pero aunque a veces la corbata no fuese de muy buen gusto, mal elegida, todos apostaban porque eran una familia feliz, contenta de la cómoda vida que llevaban. Por la tarde, en el bar de enfrente, uno de los mozos que servían en la casa refirió que “el señorito estaba un poco raro últimamente. Hablaba de catástrofes, de lo difícil que estaba el mundo…” Pero nada más.

Los forenses concluyeron que el suicidio colectivo había sido el resultado de un pánico repentino ante un mundo que, como siempre, amenazaba guerras, ruinas económicas. Nada del otro mundo.

En 1929, cuando el mundo financiero se hundió de golpe y porrazo, en algunas grandes ciudades norteamericanas más de uno de aquellos financieros que hasta un rato antes habían sonreído a la vida con una copa de champán en cada mano se arrojaron por los inmensos ventanales de sus despachos, derramando el agradable líquido. Sabían que era su obligación. Se habían equivocado en sus cálculos o habían engañado a la gente. Por lo tanto, tenían que pagar. Era la que pronto se llamaría la Gran Depresión, que arrastró a los más talentosos financieros. Y pese a estar habituados a las subidas y las bajadas de la bolsa, habían sido incapaces de calcular hasta donde llegaba su ignorancia en las cosas del azar funambulesco de la alta finanza. Unos extraños jinetes del Apocalipsis corrieron a caballos siniestros por el mundo, haciendo que la gente huyese a los campos en busca de algo que comer y que otros no tuviesen el valor de afrontar la catástrofe que se había declarado como una epidemia inesperada.

No hace falta ser psiquiatra para comprender que el suicidio es el miedo a la vida, incluso cuando se trata de personas formadas espiritualmente y con conocimientos suficientes para no ignorar que las crisis siempre acaban, aunque a su paso se hayan llevado medio mundo.

Pero, ¿quién, cómo puede impedirse ese pánico, esa impresión? Pocos segundos bastan para pasar de la vida a la muerte. Aparentemente nadie tiene una respuesta convincente. Las organizaciones internacionales dan cifras, cuentan, tratan de comprender. Pero nadie sabe cuándo le llegará la tentación de pegarse un tiro, tomarse unas píldoras o arrojarse por una ventana bien alta.