Cuba en una mijita de ron
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Alfredo Guevara, padre putativo del cine cubano, almacenaba en su cabeza más películas que cualquiera cinemateca del mundo. Y cuando en 1993 Fidel Castro le dio su visto bueno para que abriese un ventanal de esperanza para los homosexuales, siempre maltratados en la Cuba revolucionaria donde triunfaba el macho, no se lo pensó dos veces. La disposición que figura ahora en la carta magna cubana sobre la posibilidad de que un día no se casen solamente hombres con mujeres y mujeres con hombres, y que lo hagan dos personas del mismo sexo, la esbozó Guevara hace la friolera de veinticinco años con una película que ha dejado huella en el mundo entero, Fresa y chocolate, cuya realización puso en manos de Tomás Gutiérrez Alea, histórico de la cinematografía nacional.

La historia de liberación sexual en la Cuba revolucionaria la inició Guevara, con el acuerdo de Fidel Castro, “yo sin su consentimiento nunca hago nada”, era el pensamiento que reflejaba ante este periodista en aquel diciembre triunfal de 1993.

Un cuarto de siglo ha pasado entre aquel l estreno en el Teatro Carlos Marx de La Habana y la reunión definitoria de los legisladores presididos por el sucesor de Fidel, Miguel Díaz Canel. Cómo ha pasado el tiempo. Cómo hemos cambiado.

La Cuba de aquellas primeras alegrías con el abrazo entre los dos homosexuales de cine, un miembro de las juventudes comunistas y un homosexual, está a años luz de la Cuba de los legisladores, de la Cuba de 2018.

Aquel gesto de libertad que supuso la película se producía en una Cuba todavía con miles de problemas post revolucionarios y sin pruritos capitalistas. Un país todavía inmerso en una revolución que había cobrado por méritos propios la erre mayúscula.

Los primeros matrimonios entre hombres o entre mujeres se producirán probablemente en tiempos no definidos todavía cuando en Cuba un neocapitalismo asoma las narices con ganas de imitar a sus mayores. Ya no se producirán en la alegría un poco infantil de un Alfredo Guevara que la noche triunfal de Fresa y chocolate sostenía a duras penas su chaquetilla con dos dedos, mientras las gafas parecían conocer el primer estallido de la emoción de haber ganado. De haber podido colocar aquella en medio de los bufidos de los viejos del Partido Comunista donde, se decía entonces, la homosexualidad no era desconocida.

Es lástima que ese triunfo a largo plazo de la homosexualidad en un país donde siempre reinaron los machistas se produzca en un ambiente tan mercantil. Ya hay quienes hablan de construir cuanto antes un hotel de todos los lujos en una costa cubana exclusivamente dedicado a los homosexuales del mundo entero. Porque lo penoso es que lo que empezó siendo un sueño de igualdad, de libertad, dentro de una cierta ortodoxia comunista, con el asentimiento del Líder de la Revolución, puede transformarse en una magna operación financiera.

En la vieja Europa, donde el matrimonio entre personas del mismo sexo es solamente de anteayer y que ha tenido hasta hace relativamente poco un combate abierto en la calle y en los parlamentos de varios países, la noticia ha sorprendido. No olvidemos que todavía hay países, Irán por ejemplo, donde los homosexuales son colgados como vulgares malhechores.

Y, de pronto, cuando nadie se lo esperaba en el viejo mundo, salta la noticia de que los cubanos, tan machos ellos, podrán cogerse de la mano y de donde quieran hasta llegar al matrimonio. Cuesta trabajo que Fidel hubiese previsto esa consecuencia cuando mandó a Alfredo Guevara a poner las cosas en su sitio con la realización de Fresa y chocolate.

Reconozco que en aquel mes de diciembre de 1993 a muchos nos pareció una travesura, un corte de manga a los países que atosigaban constantemente a Cuba con los derechos humanos, puesto que la película fue la primera seleccionada en Cuba para competir en los Oscar. El loby mundial homosexual saludaba así la valentía.

Lo malo y casi lo peor es que detrás de los sentimientos y todas las peliculitas rosa que puedan imaginarse en un mundo donde cualquiera puede casarse con cualquiera sin tener en cuenta la falda o los vaqueros hay un enorme negocio al horizonte.

Ignoro si el proyecto de un hotel para gay en Cuba es algo más que un globo sonda pero en el mundo entero está ya comprobado que detrás de esa libertad de elegir hay un impresionante negocio y nadie se rasga las vestiduras.

España es uno de los países que pese a la influencia del franquismo lo entendió primero. En Madrid, un barrio que en los años setenta y ochenta no era más que un refugio de drogadictos, Chueca, fue tomado por los gays y se convirtió en uno de los lugares más exclusivos y caros. Porque todos los hombres de negocios saben que la mayoría de los homos se mueven en ambientes de poder y dinero,

No ceo que Alfredo Guevara, el iniciador de esta revolución en Cuba, estaría muy satisfecho de ver que su sueño totalmente intelectual puede convertirse en un paraíso para los negociantes.