Cuento casi cubano
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Sabía que estaba vencido, definitivamente vencido. Las olas saltaban sobre la cámara de rueda de camión en la que Raul viajaba tratando de imaginar que era un ejercicio del Titanic antes de la última pieza tocada por la orquesta. Las aguas del estrecho de Gibraltar eran impresionantes a aquellas horas de la mañana, cuando el sol empezaba a levantarse. Raoul, nombre heredado de su papá, un suboficial camerunés que había muerto en la II Guerra Mundial con las tropas francesas, trataba de pensar en la vida que le esperaba una vez llegase a algún lugar. Porque el problema no era fijarse un destino sino aterrizar en una playa, la que fuera. Se acordó de la serie Hawai 5.0 y soñó un poco. ¿Qué habría pasado con la conferencia que tenía que dar aquella misma tarde, según sus cálculos, en la Facultad Real de Dakar sobre paleontología africana? Suponía que ya habrían encontrado a otro conferenciante. De todas formas no estaba de acuerdo con las pavadas que querían que contase a los otros negros. Por eso aceptó la oferta del organizador de viajes y se echó al agua sin demasiado resquemor. Él tenía otra misión.

Llevaba tres días en el mar mirando con las gafas de buceo que su esposa le había regalado porque le tenía un miedo infantil a unos monstruos marinos que se llamaban barracudas. En los libros que había leído decían que se comía a un hombre mejor y con más apetito que el tiburón de Steven Spielberg. Leyendas revolucionarias.

Ya era mediodía y con un poco de imaginación habría podido pensar que estaba tomando un baño en una playa algo profunda de cualquier de esas islas maravillosas que venían en los prospectos. Primero vio la silueta de un barco, un carguero pensó, que se acercaba vertiginosamente hasta pararse. Vio cómo lanzaban una lancha al mar. El barquito puso rumbo hacia su rueda de camión y antes de que tuviese tiempo de asearse un poco para recibir a los visitantes, un garfio, como el del Capitán aquel del cuento, había asegurado la rueda y en menos de lo que pensaba estaba en la cubierta del mercante noruego.

Un oficial barbilampiño empezó a interrogarle en francés. Raoul sonreía para sus adentros. Si estos tipos supieran… Y le contó al marino su historia.

–Soy senegalés nacido de padre francés, oficial en el ejército de Francia. Mi madre era una misionera de Mississippi. Él me aprendió el amor a la patria y ella la rebelión. Estudié con una beca del ministerio de relaciones exteriores francés en La Habana. Allí me gradué en antropología y cumplí varias misiones en África para el gobierno cubano.

–¿Quiere usted decir para Fidel Castro?

–Efectivamente. Yo no tenía que rendir cuentas más que a él. Me envío a varios puntos de África en misión muy especial dentro de mi especialidad. A los veintidós años, tengo actualmente 33, como Cristo, me enamoré y me casé con una cubana de Matanzas, con la que sigo unido. Tenemos dos niños.

–¿Es usted castrista militante?

— No, en absoluto. Soy fidelista.

El oficial marcó una pauta. No había entendido nada.

–¿Y cómo se ha encontrado en las circunstancias en que lo hemos rescatado?

— Forma parte de mi trabajo. Viajé a Senegal para tratar de meterme en el pellejo de un refugiado subsahariano que quiere escapar a Europa.

–¿Una misión?

— Humanitaria. En otros tiempos Jesús el Nazareno hizo cosas más extravagantes para probarse que la humanidad no era del todo mala.

–¿Y cuál será la conclusión de este estudio suyo?

–Que el güisqui con agua Perrier es preferible al seco con hielo grueso porque hay indiscutiblemente necesidad de evadirse de las realidades del mundo.

–Me parece poco científico…

–Usted me ha preguntado por mis conclusiones que tal vez me lleven al exilio porque en Cuba se prefiere el ron.

El oficial no sabía ni qué decir ni qué anotar. Aquello le parecía una pesadilla. Tenía ganas de coger al negro de mierda y tirarlo por la borda, pero estaba esperando una nueva afectación como tercer agregado naval en Washington y temía que aquello pudiese dar al traste con todo.

–Hemos recibido órdenes de desembarcarle en Gander, en Canadá, porque en Estados Unidos es usted persona non grata.

–Estupendo, así podré pedir asilo político en Canadá. El aeropuerto de Gander tiene una puerta prevista para estas emergencias.

–¿Pero no dice usted que es fidelista…?

–Tengo algunos amigos fidelistas en Canadá y otros que decidieron hacerse pescadores en Gander. Mire, oficial, en Cuba las cosas están cambiando. La Revolución terminó. Fidel Castro está muy enfermo y cualquier día de estos se nos va. Entonces vendrán nuevos tiempos… Mi esposa y mis hijos ya han sido conducidos a Montreal. Todo está previsto.

–¿Y cuando muera Fidel, Cuba ya no será…, ya no será esa mosca cojonera, ¿se dice así? para Estados Unidos?, dijo pensando en el informe que iba a telegrafiar inmediatamente a Washington. Hasta le darían puntos para su nuevo destino. Qué suerte. Sonrió al indeseable que le estaba volviendo loco.

Raoul miró al horizonte. El taradito quizá tuviese razón y cuando Fidel desapareciese el Imperio volvería por sus fueros y tal vez planease utilizar la privilegiada posición geográfica de Cuba para sus turistas y todos aquellos que no podían desfogarse en la atmósfera trumpista de Estados Unidos. Pero. Entonces, ¿habían perdido?

–Hasta Ulises, ¿se acuerda de él?, tuvo que volver a Ítaca, a su isla, después de más de veinte años vagando por los mares. Creyó que era libre, que había creado otra civilización. Pero Penélope le esperaba y su revolución se quedó allí, entre cuatro paredes y mucha nostalgia.

El oficial se excusó y salió casi corriendo para transmitir su informe, que pensaba encabezar diciendo que a la muerte de Fidel Castro, Cuba ya no sería revolucionaria. Quizá convendría que agregase que tampoco sería más comunista, esto gustaría en el Departamento de Estado.