Cuba:  la Revolución de los dólares
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Hasta su muerte, e incluso durante el largo período en que estuvo “retirado” aunque conservaba presente sus periódicos análisis más que críticos en la prensa nacional cubana, el mundo iba a Cuba porque Fidel Castro había escrito una parte de la historia política del mundo que ha quedado grabado en los libros de historia pero sobre todo en las mentes, en las leyendas populares. Fidel era el Zorro de Hollywood que ponía constantemente en jaque las pretensiones imperialistas de los ricos hacendados en detrimento de los campesinos más pobres. Millones de personas en el mundo entero han podido convertirlo en un mito decisivo para guardar esperanza. No obstante, esta visión es rechazada en ciertos medios cubanos conservadores donde se califica de “inadecuada”.

Fidel representaba para millones de gentes esa justicia, esa esperanza. Por mucho que algunos consideren que es una apreciación “inapropiada”

Los turistas viajaban para tomar el pulso de La Habana –que siempre ha sido misión imposible—porque calculaban que en cualquier momento el guerrillero de Sierra Maestra, el Comandante, podía faltar. Porque mientras él estuviese vivo, no había de qué preocuparse. El mundo sabía que Fidel Castro permanecía fiel en su puesto y mandaba.

E incluso cuando fueron menudeando sus apariciones, en general en el lugar donde residía y vestido con el mono azul, los periodistas no le quitaban el ojo de encima. Con él, lo atestiguaban sesenta o no se sabía ya cuántos años, Cuba no perdía el rumbo que la revolución liderada por él mismo había trazado.

Cuando murió, la conmoción en el extranjero fue sobre todo porque muchos que poco entendían del alma gubernamental cubana, esperaban, creían, pensaban, suputaban, que Raúl al mando sería por un corto período, un interregno , hasta que los cubanos pudiesen elegir entre el Régimen de siempre o nuevas doctrinas que ya aguardaban en los muelles y aeropuertos de Miami y otros puntos del mundo.

En suma, a nadie le cabía muchas dudas de que al morir Fidel el fidelismo tendría que medirse con otras fuerzas políticas totalmente ajenas a la tradición política del país, que siempre anduvo en los andurriales del comunismo con pretensiones socialistas. Y la hoz y el martillo desaparecerían. Y nacería la democracia a la occidental, es decir un cúmulo de partidos que se pelean por el poder.

Pero, como preveían solo unos pocos, a Fidel le sucedió en realidad el fidelismo, el castrismo o como quieran llamarlo y el Partido Comunista Cubano siguió en el poder, impertérrito, como si todo ya hubiese dicho. Como si los herederos se hubiesen puesto de acuerdo ante el notario.

No hubo tampoco cambios en la prensa, termómetro de todas las revoluciones. Granma siguió con su mismo formato, su misma cabecera roja y contenidos tan parecidos como los del día siguiente. Salvo que al cabo de algún tiempo se incluyeron, al menos en el digital, notas un tanto “burguesas” sobre el tráfico en La Habana porque los automovilistas cubanos han entrado en la dinámica occidental de pagar multas. Maravilla del occidente capitalista. Pero si es éste el capitalismo que les espera, aférrense al comunismo.

Pero los que ya veían Cuba gestionada por un partido, una tendencia, o una doctrina al margen del socialismo y del comunismo se quedaron con las ganas. Cuba seguía estando pitcheada por el espíritu de Fidel Castro y sus sucesores, claro.

Murió Fidel y no pasó como cuando hace ya años, por los cincuenta adelantadillos para el sesenta el corresponsal de una gran agencia norteamericana cablegrafió (Western Union, evidentemente) a su central para decirle que todo andaba demasiado tranquilo y que él se iba de vacaciones. Días antes, más o menos, en que Fulgencio Bautista, su familia y bastantes adictos a la pastilla de una dictadura capitalista, tenían que abandonar el país, en barco o como podían – cuántas escenas de “Con faldas y a lo loco” pudieron rodarse en aquellos muelles—porque Fidel Castro, el barbudo, se los iba a comer con patatas.

Cuando Fidel falleció no he oído decir que ningún corresponsal hubiese enviado el mismo cable, ahora fax, teléfono o mail, para irse a pescar el cangrejo en Madagascar.

Pero en el fondo podría haberlo hecho, porque no pasó nada al margen de las ceremonias funerarias largamente preparadas. Todo fue orden y respeto al finado y nada más.

Ni siquiera la posterior simulación de paz (pero con el embargo cogido al gaznate de cada cubano), con un Barack Obama desganado llegando a La Habana con cara de perro de presa al que su dueño acaba de sacar de la jaula, sirvió para nada. No pasó nada. NADA.

Ah, sí, olvidaba. Aumentaron los precios. Y las mujeres cubanas, que habían visto desfilar a las maniquíes de Chanel por el Paseo del Prado, se preguntaron cómo ellas, con tantos méritos revolucionarios y tanta belleza, qué carajo, no podían lucir semejantes vestimentas.

El fallecimiento, la desaparición de Fidel cambia completamente las cosas.

Durante muchos años, hasta anteayer, Cuba era esa isla bonita que desde medio siglo atrás plantaba cara a Estados Unidos, sin tener en cuenta las terribles consecuencias económicas que tenía para su pueblo. Cuba era el pueblo que resistía, sin que ni el hambre pudiese hacerla ceder. No era ninguna tontería que un país de unos once millones de habitantes solamente, sin apenas recursos económicos propios, mantuviese esa actitud sin pestañear.

Porque la ayuda económica, poderosa y decisiva, de la Unión Soviética, hacía mucho tiempo que había desaparecido cuando el Líder Máximo se marchó a su vez. Cuba quedaba sola ante el peligro, con un embargo norteamericano que ni el paseo de Barack Obama hizo desaparecer. Todo fueron palabras, ni siquiera las consoladoras bonitas palabras.

Y desde entonces, Raúl Castro ha sido reemplazado por un elegido Presidente, Miguel Díaz Canel, que parece llegar con mucho ímpetu, probablemente porque sabe que la situación en su país no está para paños calientes.

Pero por mucho que se haga, Cuba ya no es la que ansiaban visitar aquellos miles y miles de turistas, peregrinos, que no vacilaban en someterse a la escala de Canadá para llegar a La Habana, con tal de vivir de cerca, en vivo la revolución cubana que seguía cociéndose con todas las dificultades del mundo.

Se emprendía el viaje porque se sabía que al cabo del vuelo estaba La Habana rebelde, donde quizá pudiesen tropezarse incluso con cortejos en los que Fidel Castro andaba o asistir a uno de sus célebres discursos. Los viajeros se gastaban el dinero para ver una revolución en vivo, la última con valor histórico al margen de la China, enrocada en un sucio capitalismo, y la vietnamita,

La gente quería darse un baño de PPG y de puros en las calles de La Habana, dentro de un ambiente revolucionario, por apagado que pudiese estar. Y ser abordado por una jinetera, que al parecer ahora trabajan exclusivamente por teléfono, o más bien por celular.

Saber que Fidel ya no está, que ahora dirige un señor con camisa y corbata, por mucho que el Partido Comunista siga siendo la piedra fundamental del régimen, ya no es lo mismo. Ni hablar.

Cuba ha perdido el interés de todos esos hombres y mujeres que buscaban el ejemplo, y hasta el morbo, de ser ese país, único en el mundo, que tenía aburrido a Estados Unidos pero que no cedía un ápice pese a todas las amenazas y los hechos.

Cuba ya no es Fidel, por mucho que se quiera decir, por mucho que el diario oficial del Partido Comunista, Granma, se empeñe en recordar en todas sus ediciones al Líder.

Ahora se abre otra fase. Cientos de aviones de compañías norteamericanas, con las bendiciones del Departamento de Estado, desembarcan a diario su carga humana en Cuba. Viva el turismo, que tarde o temprano destruye todo lo que toca porque no deja desarrollarse más que un talento, el de los meseros, por muy hoteleros que quieran ser o parecer.

Ese es ahora, sesenta años después del triunfo, el destino más probable de Cuba: convertirse en un lugar de veraneo como hay cientos en el mundo, y a veces más baratos.