La corbata
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cuando ya salía para el estudio de televisión me di cuenta de que no llevaba corbata. Rebusqué en un armario y saqué una que me puse sin prestar mayor atención. No era precisamente un día de celebraciones. Iba a la tele para comentar no sé qué estupidez, porque no había nadie disponible. Siempre he sido el último de la fila, Pero en realidad lo importante era la corbata porque en esos años sesenta del siglo XX, una buena corbata te vestía a un hombre, sobre todo si era de marca. En el plató me ajusté el nudo. Hacía casi cuatro años que no utilizaba este adorno. Desde que dejé Brasil, donde durante tres años la tuve como una especie de uniforme que se exigía en los salones del bello palacio futurista de Itamaraty (ministerio de Relaciones Exteriores) y en el de Planalto (Presidencia), un escupitajo arquitectónico lanzado al espacio de la sabana que fue la genial Brasilia. Todavía lo disfrutaba Fernando Enrique Cardoso y para el izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva no era más que un sueño tres veces roto.

Al alisarme la corbata comprobé que era pura seda. La miré con cierta curiosidad. Tenía diminutos jugadores de polo sobre fondo color burdeos, rayas transversales azules y rombos azules y verdes. Entonces recordé que la había comprado un día de lluvia vasca en San Sebastián durante un festival de cine. Era en el año en que en las calles, al salir del cine, nos encontramos un hombre acribillado. ETA andaba por allí. El realizador me cortó las reflexiones indicándome que empezábamos en pocos segundos.

Los primeros comentarios eran cifras de un atentado en plenas elecciones en cualquier país del mundo donde siempre hay buenos y peores malos dispuestos a hacerse la guerra.

El estudio olía a pintura fresca. Entró la publicidad y pudimos salir un rato a refrescarnos. En el espejo del baño volví a ajustarme el nudo de la corbata. Falta de costumbre. Sí, era la que había comprado aquel día a toda prisa en una boutique Céline de la bella San Sebastián porque tenía que asistir a un acto que lo exigía. Sí, fue la última vez que pude ver a Anthony Perkins, el desvencijado jovenzuelo de “Psicosis” sentado en las grandes escalinatas del Hotel Cristina que unos años antes había pisado Bette Davis con un garbo nunca olvidado. Había gente que decía que este festival se había convertido en una especie de inmenso panteón de estrellas. Meras habladurías. Conozco a algunos actores y actrices que todavía viven y sin embargo estuvieron allí.

Volví a apreciar la dulzura de la seda. Era una sensación casi sensual. Luis solía tener corbatas caras y bonitas. Luis era un compañero al que había llegado a querer mucho pese o quizá a causa de su diferencia. A él le hubiese encantado el tierno homosexual de la película cubana “Fresa y chocolate” pero no le había dado tiempo a verla. Me habría encantado que hubiésemos podido disfrutar juntos aquella noche en que toda La Habana comulgó con el mensaje de humanidad y concordia que se encargaba de transmitir al mundo Tomás Gutiérrez Alea. Otro que ya no está entre nosotros.

Esa otra noche en San Sebastián, a muchos kilómetros de La Habana, Luis y yo habíamos enviado nuestras crónicas y luego tomamos unos chiquitos, un delicioso vino tinto de la tierra antes de vagar por una recepción en un palacete perdido en una montaña. Esa noche los esmoquins y los vestidos de noche multicolores de Lacroix formaban procesión para entrar en aquel viejo convento. Nos había recordado a una escena capital de “La dolce vita” y casi habíamos visto a Marcello Mastroianni y a Anouk Aimée beber güisqui de doce años en vasos que tenían más de doscientos.

Otra tarde, mucho más tarde, en París supe que el SIDA, esa enfermedad que sólo es elegante en las estrellas de cine y asimilados, había postrado a Luis en una cama de hospital. No quise volver a verle. Una mañana murió. Perdíamos a un excelente periodista y yo a alguien que iba más allá de la amistad. Nos preparamos para asistir a su entierro, en un pueblo del sur de España. Cuando telefoneamos a los padres para decirles que íbamos a llegar nos dieron a entender con buenas palabras que preferían no vernos en el funeral, “estrictamente familiar”. Lo que realmente no querían es que pudiésemos descubrir a algunos de sus más allegados que quizá no lo sabían que Luis era diferente.

Cuando terminamos de comentar votos y votados, vencedores y vencidos tuve unas ganas locas de arrancarme la corbata de un tirón. Pero no lo hice porque Luis era muy coqueto y le hubiese gustado verme guapo.

Y ustedes pensarán: “¿Y a nosotros qué nos importa la historia de la corbata del tipo éste?”. Yo también he pensado que ustedes iban a pensarlo. Y me importa un comino porque un hombre por el que siento una gran admiración, el escritor checo Milan Kundera, así lo había previsto. En su desigual “La vida está en otra parte” reflexiona sobre el ser y el poder de un viejo poeta, que en este libro discrepa de los demás, sobre todo de los jóvenes, y comete el crimen de enamorarse de una bella y joven cineasta: “El viejo sabio observaba a los jóvenes que vociferaban y entonces se le ocurrió que él era el único en la sala que tenía el privilegio de la libertad, porque era viejo; cuando uno es viejo ya no tiene que prestar atención a la opinión de su pandilla ni a la del público ni al futuro. Está solo con su muerte cercana y la muerte no tiene ojos ni oídos y a ella no hay por qué gustarle, puede hacer y hablar lo que le apetezca”.