Los esqueletos de La Habana
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Como esqueletos muertos. Como brazos que claman al cielo. Es una toma de la película “Vientos de La Habana” en la que, por supuesto, no hay maravillosas cabezas de rascacielos, como vemos a menudo en el cine norteamericano. Son agujeros de edificios nunca arreglados, quizá porque hay en ellos sesenta años de bloqueo infame.Cine de ricos, cine de pobres. Nosotros jugamos en la liga de los pobres del neorrealismo a la italiana y no en la de los campeones multimillonarios donde hasta los bandidos más facinerosos parecen bellos. Yo prefiero, siempre he preferido, el neorrealismo. Pero esos esqueletos de La Habana tienen algo de belleza, de dignidad del roba bicicletas con el que Vittorio de Sicca nos mostró una Europa rota por la guerra, por la infamia de las bombas. Pero pronto llovieron las ayudas de una parte de los que habían causado tamañas destrucciones. Pero en Cuba nunca hubo guerra que permitiese beneficiarse de los planes Marshall generosamente hipócritas.

Pero el tiempo es a veces peor, más caro. Aunque, qué quieren que les diga, me gusta hasta la roña de algunos edificios de la capital cubana. Tienen roña bella que ahora rompe la baraja con ese gigantesco y resplandeciente hotel de no sé cuántos cientos de habitaciones en pleno centro. Y todavía tiene que llegar el edificio más alto de la capital que plantarán en el Vedado si Dios o los poderes públicos no lo remedian.

No falta más que el cartelito: no pasar, esto es un museo, es para ricos, no para usted que solo puede ver y tocar con cuidado. Le dejaremos visitar, pero guarde silencio, límpiese las suelas de los zapatos antes de entrar.

Y entonces vuelve atrás, cuando no había todavía hoteles tan maravillosos a los que solo los extranjeros con billetes de más de cien dólares pueden entrar. Pero ya prohibían a los cubanos, y sobre todo a las cubanas, acceder al Nacional, al Capri, eso que yo sepa. Solo para extranjeros. Y viva la democracia. Y eso que Fidel y los suyos se rompieron el alma para conseguir lo mejor para los cubanos de a pie.

Roña y patatas. O tomates. Que todo vale. Porque los cubanos, tanto los del período especial del hambre para muchos como los de ahora, que disfrutan de la bonanza de no sé qué, compañero, lo pasan mal. Hay que luchar mucho. Pero ellos ya están acostumbrados.

Por uno de esos esqueletos del cielo de la Habana se bajaba directamente a mi amigo Antonio Destéfano Gallo, pintor genial, como suele tenerlos Cuba, que trataba de vender algunos cuadros, casi en la puerta de su casa, en el distrito Playa.

Ya no sé nada de él. Imagino que se habrá disuelto en la modernidad que afecta la ciudad.Roña y patatas. Grandilocuentes edificios que me recordaban a los palazzo abandonados, visitados por la hambruna, que corrían por los platós de Vittorio de Sicca.

“La obra de Destefano está marcada por un colorismo figurativo que incluye su filosofía cristiana, sus estudios esotéricos, parapsicológicos y espirituales. Exposiciones personales en diversas galerías dentro de  Cuba así como consulados y coleccionistas privados  han adquiridos sus obras como Argentina ,Ecuador, Alemania, España, Rumania, Costa Rica, Austria, Francia, Italia, Puerto Rico, Turquía, Vietnam, México, Venezuela y muchos más así como en subastas recientes en Estados Unidos”, rezaba una de sus web.

En mi primer viaje a Cuba, cuando llegué con piel de enviado especial cinematográfico y en el trasfondo de mi alma como si estuviese haciendo una peregrinación a ese país que me había convencido de que podía haber una vida más agradable, más vivible, insinué a uno de mis interlocutores que parte de La Habana se estaba cayendo. Faltaba material de construcción por todas partes.

Y muy ufano expliqué lo que André Malraux, había hecho en París, con todos los medios del mundo, claro. Me mordí la lengua. La persona a la que le dije esta estupidez, sonrió como antes sonreían lo santos a los pobres de espíritu y me explicó: “Tiene usted razón. Pero ya sabe que tenemos el embargo. Si reparamos las casas y las pintamos, ¿con qué compramos de comer para millones de personas?”. ¿Demagogia? Y que es la demagogia sino la manera más amable de aceptar una situación…

En un portal olí a meadas. Lo comenté y me sonrieron. Lo entendí. ¿Acaso la orina no es el perfume esencial de la vida? En Brasil, un médico me aconsejó en cierta ocasión baños de orina. Lo más genuino del alma humana. Hasta se pregunta uno cómo ningún perfumista ha pensado en amaestrarla y en ponerle un bello frasco.

Hace tantos años que nunca más hablé del asunto. Las últimas veces que estuve en La Habana traté de entender que lo roto también puede ser bello. Ya lo eran las arrugas del modista español Adolfo Domínguez.

Y no hace tanto, cuando tuve que pasar una noche en el histórico Hotel La Habana Libre, en un cuarto despellejado de paredes y por la falta de todo, con un sistema telefónico inexistente, me callé y por la mañana, en el desayuno tuve la recompensa. Una exquisita pianista que hizo que me olvidara de lo que había en mi plato. Lo tomé como una lección. Esto era en el año 2012. Nunca me había ocurrido nada parecido en mi Europa reparada.

Y en La Habana vieja, un hombre, Eusebio Leal, trata de restaurar, de poner orden, de que todo sea más bello. Es una locura pero la locura también puede ser bella.

Lo que nunca me pregunté, y debería de haberlo hecho, es por qué en ninguno de mis viajes a La Habana o a la playa de Varadero por ejemplo, me salió al paso un mendigo. Había olvidado lo que quería decir la palabra dignidad. Porque la pobreza extrema nunca ha sido bella. Ya sé, soy un ingénuo.