Sandwich cubano en la Europa aburrida
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Tristes tiempos los que vivimos Ya ni el cartero llama dos veces, ni tres, ni siquiera una. Jessica Lange tampoco está de servicio. No hay carteros ni descoque en esta Europa cada día más aburrida, que huele cada vez más al polvo de la desesperación. Llevo años sin oír un bolero, aunque fuentes autorizadísimas me cuentan que en Cuba siguen existiendo e incluso que se tocan y se cantan. En esta Europa que fue la sabiduría del mundo ya no cabe un alfiler cuando llega el verano. Todo se llena de esas gentes llamadas turistas que pueden con todo, que te estropean hasta el gusto de tomarte una cerveza o un güisqui en una terraza de París o del viejo Málaga. Todo da igual.

El feminismo exacerbado ha calado en los europeos y todo el mundo está asustado. No te atreves a seguir con la mirada a una mujer en la calle y menos sonreírle, porque te pueden acusar de acoso sexual. La intolerancia que empezó en Hollywood y que tiene encerrado en París a Polanski porque los norteamericanos serían capaces de embastillarlo para siempre, que será pronto, por haber tenido un desliz cuando era joven, gana cada día terreno.

Todo apesta en esta Europa que tanto amamos. Se nos acabaron los veranos como aquellos de los años cuarenta, se nos terminaron los boleros y por lo visto tienes que pillar un avión para América Latina si quieres oírlos.

Recuerdo a Jessica Lange cuando el maldito cartero llamaba en su puerta dos veces, aunque ella merecía que se pasase uno la vida aporreando su puerta. La recuerdo y la echo de menos, en esa mesa de cocina, gozando sin el menor recato. Y sin cartero, porque ya había pasado..

Un amigo que esculpe con amor me dice que es el tiempo que pasa. Seguramente tiene razón. Alguna gente de corte ligeramente anticomunista o anti todo no entiende mi gusto por leer el diario cubano Granma. Pero, vamos a ver, cabezas de chorlito enajenados por la nieve de la tristeza de una noche de verano en el Ártico, dónde diablos voy a encontrar cosas que me reconforten como esta que les cito a continuación?: “Para el doctor José Loyola, compositor, musicólogo, flautista y director de la Orquesta Charangas de Oro, no hay mejor modo de conquistar a una mujer que regalándole un buen bolero, claro, acompañado siempre de una bella flor.”

Miren, enajenados de la vida, si el marxismo tiene por resultado que haya gente que piense cosas tan bonitas, pues me apunto al marxismo. Pero en Europa ya no tenemos ni marxismo.

En mis bellos tiempos de París teníamos en Francia un Partido Comunista muy poderoso, con una sede construida por el padre de Brasilia, el arquitecto Oscar Niemeyer, comunista de pro. Ahora no sé para qué le servirá al PC francés porque la mayoría de la gente de la Francia profunda ya no comulga con esa ideología.

Y daba gusto escuchar a su secretario general, Georges Marchais, tomar a Dios por testigo cada vez que en la televisión afirmaba que íbamos a ser todos comunistas. Marchais falleció y bueno, la ilusión anda por otros derroteros.

Ahora que lo pienso me hubiese gustado preguntarle a Marchais si le gustaban los boleros. Estoy seguro que sí, porque ¿a quién no le va a gustar ese himno al amor, a los enamorados, a la disidencia del pesimismo gregario de los enamorados de toda la vida que descubren que ella le abandonó por otro?

Cuando el polvo ciega la vista, recuerdo mi primer bolero cubano, una noche al salir del Hotel Capri, creo que en el Salón Rojo. Entonces no me pareció tan raro porque en Europa de vez en cuando me ponía un bolero. Pero ahora… Cómo hemos cambiado, carajo.

El otro día, en Madrid, un amigo nos invitó a conocer la cocina cubana como yo no la había conseguido conocer en tantos años de peregrinación a La Habana.

En un pequeño restaurante, nos pusieron cosas deliciosas que desafiaba el entendimiento. Cuando llegó el “sándwich cubano” sentí que me volvía la fe. Fue tanta la emoción que a una compañera de noticias y otras cosas tremebundas se nos casi saltaron las lágrimas y entonamos, murmullamos más bien, aquel himno al amor de Armando Manzanero, “Aquella tarde ví llover, ví gente correr, y no estabas tú…”