Y era domingo
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

A galope tendido, como una horda de facinerosos muertos de hambre arrancados por Sam Peckimpah de Notre Dame de Paris abandonada por un jorobado infame, el sábado se nos echa encima, con ganas de pisotearnos con pezuñas sanguinolentas. John Wayne ya se fue y no puede hacer nada para que no nos cubra el manto irritante y embrutecedor del nefasto domingo. ¿Cómo pudo inventarse un Domingo de Resurrección, cuando es el día elegido por la muerte, por el tedio y el olvido cuajadito de recuerdos? Ya lo decía la actriz y ministro de Cultura de Grecia, Melina Mercuri, con su voz gangosa: Nunca en domingo. La estatua de la libertad de una Grecia que todavía no había caído entre las garras del Fondo Monetario Internacional, bajo los cascos de los salvajes caballos capitalistas que matan por asfixia a todas las economías débiles.

Antes de ser ministra de Cultura, ella le cantaba a las putas, Melina, alta, flaca, libre, sonriente, paseaba su amor por Topkapi agarrada del brazo del norteamericano Jules Dassin, después de que el realizador hubiese conocido y padecido las bondades de la caza de brujas del siniestro senador MacCarthy, una especie de Bush adulterado, maldito sea por siempre jamás, émulo de Joseph Stalin. Siempre en domingo.

En París procuraba encerrarme en la rutina de las catástrofes naturales y político-humanas de los teletipos, vasto es el mundo para la maldad que no cesaba de llegar a mi mesa de la Redacción de la Agencia France Presse y a miles de kilómetros bailaba con los noticiarios ininterrumpidos de la mexicana Televisa el siniestro e inevitable ballet de la información. Era todavía noche en México.

Si me pillaba en La Habana siempre encontré a un amigo misericordioso y juntos nos refugiábamos en una sala de cine donde esperábamos que cayese el manto de la noche, amistoso, comprensivo, que casi nunca te decepciona. En Brasilia, la capital de Brasil como la mayoría de los europeos sospecha pero no sabe porque Río de Janeiro tiene demasiado peso folclórico en la retina de los analfabetos viajeros, me refugiaba en la piscina de mi casa de la exclusiva zona de Lago Sur, una vez que los impresionistas misteriosos habían jugado en el cielo.

Entonces, terminada la función, mi perro Blacky me traía un mango caído de un árbol del jardín y se lo comía a mi lado.

Hasta que descubrí que para matar el tedio dominical la bebida preferida de Ricky, sí hombre, por Dios, el de esa cosa llamada, titulada y proyectada como Casablanca, era lo único que podía confortarme con un chorreón de agua Perrier comprada a precio de vino argentino traído de contrabando entre los muslos de una bailarina exótica.

Desde hace dieciocho años estoy varado en una playa del sur de España, entre Europa y África, que es como estar en ninguna parte pero con la ventaja de que sabes que de aquí no saldrás ni muerto ni en una de esas

pateras en las que los desgraciados del quinto mundo llegan a las costas española para fajarse como hombres en una película del Oeste no por el oro de Gary Cooper sino por un mendrugo de pan, aunque sea duro.

Hablo con las gaviotas que no me entienden pero que me contestan: — No podemos llevar pasajeros, sería ilegal. Pregúntale al águila que pasará luego.

Una me dice, por presumir supongo, que conoce a una Melina en el puerto de Fuengirola. — Es una prostituta rumana que interpreta cantos gregorianos en arameo. Pretende que conoció a Jesús en Nazaret. Los tíos se arremolinan para escucharla.

Dicen que cobra caro, pero nunca en domingo ni en días de guardar. A veces me acurruco tanto en mi propia mente que me pierdo en un mundo que ni sé dónde está pero que me asusta. Me protejo, eso sí, de todo lo que me es hostil corriendo por zonas de mi cerebro que ni siquiera creo que existan. Oyes lo que ocurre fuera de ti pero tienes la impresión de que estás protegido por la invisible manta de Carlitos Brown y rezas o maldices.

Pero el miedo, como el que sentía Richard Widmark con su impecable uniforme blanco de sanitario marino, no se va, aunque al menos frena los pensamientos malos que te llegan en oleadas.

Te mueres al ralentí. Los bares ya han cerrado pero no es tan tarde. Sólo queda alguna gaviota que va o viene que no lo sé. Al fondo, entre dos edificios fruto de la codicia, impudicia de los ladrones inmobiliarios que tanto abundan en España, las olas se pegan con un faro flotante que envía regularmente guiños verdes.

No, no son los ojos de Kim Novak y desde luego nunca fueron los de Gilda y John Ford se hubiese aburrido en este toma sol por prescripción facultativa.

Es lo único que tienes, sol. Sin desafío, sin Jennifer Jones, sin nada que lo justifique. Un sol tonto, que los domingos es tan inaguantable como yo. De las terrazas y ventanas todavía encendidas llegan mudos retazos de vida o de muerte que nunca se sabe en la oscuridad de la noche. A uno le gustaría ser un diablo cojuelo o por lo menos visualizar y darle voz a esas vidas encerradas entre cuatro paredes, aunque fuese con el teleobjetivo mágico de James Stewart esperando a su princesa Grace Kelly en una ven- tana indiscreta.

Encima de la terraza, muy lejos en el recuerdo, un avión está poniendo rumbo al sur profundo. Dentro de unas horas, si antes no se ha estrellado y las voces indiferentes de los locutores sin alma anuncian 122 muertos, dos niños y un osito de peluche, aterrizará en América del Sur o quizá se quede en Cuba, ahora que no hay que parar en el aséptico aeropuerto canadiense de Gander. Y por lo menos alguno de los pasajeros sonreirá en el aeropuerto del nuevo mundo porque le espera una nueva vida, o se lo cree, el incauto. Nueva vida o vida mala en los ojos que tal vez sean verdes, seguramente ciegos, de una muchacha a punto de perder la inocencia de su cabecita que ha acudido a buscarle y que le sonríe con su mejor dulzura, al otro lado del control de pasaportes.

En el túnel ferroviario de Fuengirola, un saxo alto de corto bigote estrecho toca, evoca, La garota de Ipanema. Una muchacha moldeada por un traje rojo le sonríe y le tira una moneda. Quizá sea eso el éxito de la vida.