Inolvidable cine italiano
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Es un plano tan largo como el silencio que reina en el pueblo siciliano de Vigata. Nada al horizonte más que el comisario Salvo Montalbano, encarnado por el actor italiano Luca Zingaretti. La ciudad, pueblo monumental, de Vigata, parece desierta, siempre lo parece. Es la serie más bella hecha jamás por la televisión italiana que parece servirse de ella para decirnos que el cine italiano, pese a las apariencias, no está muerto, que el talento de los hombres y mujeres que dieron fama a Cinecitta sigue intacto.

Y cada episodio, admirable por su concepción escueta y directa, que siempre cuenta una historia del escritor Andrea Camilleri, que se mueve en el calor de las mafias que no acaban, te hace desear que llegue pronto el próximo capítulo.

Porque el cine italiano se ha refugiado en este muestreo italiano que es “El comisario Salvo Montalbano”.La realización es lo más austera que se puede soñar, con una cámara sin pizca de tremendismo. Se filma la belleza del lugar, de los lugares, se reflejan los tremebundos casos, plagados de inteligencia, porque la inteligencia sigue existiendo en el cine, que a veces tienen que resolver el Comisario y unos cuantos policías, pocos. Es como tomar té en el Sáhara. Con todo el mimo de las cámaras.

Qué bella es esa Italia, esa profunda por donde todavía asoman las familias mafiosas, donde la belleza no está solo en los monumentos. Aparece una mujer y puede usted apostar que es una muestra de lo que era aquel cine italiano de la Silvana Mangano, de la Gina Lollobrigida y de mil estrellas, porque lucían, mujeres más que dieron vida propia a todo lo que salía de Cinecitta.

Las temperamentales vampiresas que cultivaba el cine de los grandes, y dejémonos de nombres porque son muchos los directores que merecen figurar, están vivas. Montalbano las ha encontrado durante sus investigaciones que tienen todo de inteligencia pura y nada de clasicismo. En el silencio abstracto de las tomas las pestañas de otras vidas, de otros tiempos, aletean mientras la boca grande, generosa, se abre bajo una sonrisa.

Nos enseñó tantas cosas aquel cine italiano de los Fellini, De Sicca, Visconti. Rosselini. Ettore Scola, Dino Risi, Lattuada, Manfredi. El camaleón. Y tantos, tantos otros que nos dieron clases particulares de vida, de sensibilidad, Cómo hemos cambiado.

Pero está el comisario que no te defrauda desde la pantalla de televisión. Y que le hace frente a todos estos monstruosos vengadores de Hollywood que guionistas sin talento han sacado de los cuentecillos de Marvel para echar abajo todo lo que rezuma calidad.

Están destruyendo el cine bueno, el clásico que dirían algunos, queriendo imponer una ética y una estética falsas. Y el cine, el verdadero cine, tiene que refugiarse donde puede como estos pedazos de obras que salen de la cabeza de Camilleri.

Da alegría ver que la belleza sigue refugiada en esos trozos de buen cine, de adorable cine que nos brinda Alberto Sironi y otra serie de gente que conoce el oficio de contar con imágenes, como cuando los Lumières filmaban la deliciosa salida de su fábrica, un canto de faldas y de sombreros de gente volviendo a casa después de ocho horas duras de trabajo.

Sin duda tenemos que buscar la inspiración, el consuelo, en estas series de televisión, que nada tienen que ver con las que se hacen en otras partes de Europa y que tienen como común denominador la chabacanería y la mediocridad.

A cualquiera le gustaría ver uno de los episodios de Montalbano dirigido por el maestro Fellini, o quizá por el mismo Rossellini, aunque probablemente Vittorio de Sicca les sacaría ventaja por su facilidad para atar comedia, drama y vida.

Pero eso no ocurrirá nunca. Entretanto, cada capítulo sabe a viejo cine italiano, el que todavía tiene algo que ver con Monica Bellucci, que pudo bailar el arroz amargo con el mismo palmito que la Mangano. Es un guiño del cine italiano de la gran época.

Las divas del cine norteamericano darían seguramente algo por haber llegado a tiempo para conocer al comisario Montalbano y tratar de revolcarlo en el deseo de la posesión, como hacía Marilyn Monroe en “La jungla de asfalto” o aquella Veronica Lake que parece desdibujarse cuando la evocas. Porque esas mujeres, y tantas otras, Kim Novak por ejemplo, eran en realidad proyección de nuestras fantasías que lo mismo corrían con Anita Ekberg por los cafés de los alrededores de la fontana de Trevi que se afincaban en una mansión con aires de castillo perdido en la campiña francesa.

La belleza del cine fue italiana. El talento del cine fue italiano. La madurez del cine fue italiana, adiestrada, trabajada y madurada por el neorrealismo. La vida en el cine siempre tuvo durante mucho tiempo, y más tiempo aún en nuestros recuerdos, a Cinecittá como referente.