El fin del cuentista
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Se le han acabado los recursos. No hay más apelación. Sus abogados han desistido.Así hablaba el alcaide mirando en los ojos del hombre que un día lo había sido todo, había tenido todas las esperanzas del mundo, toda la belleza del mundo entre sus manos, el talento de contar y no acabar. Durante cuarenta años había permanecido en aquel lugar, delante de una máquina de escribir con la que paría textos que eran aplaudidos, que provocaban irritación, encanto, desencanto, admiración, furia.

Pero habían llegado los nuevos gobernantes que no apreciaban ni la calidad de sus ocurrencias, ni la gracia de sus cuentos y menos su talento para hacerte sentir más feliz, más lejos de la desgracia.

Había sido, es cierto, el capricho de un gobernante que en su juventud había leído y adorado Las mil y una noches. Y en su megalomanía imaginó tener una Sherazade capaz de contarle a cada momento algo bonito, algo bello, que lo distrajera y a veces le entusiasmara.

Le trajeron a aquel muchacho al que sus profesores de todo el norte de Europa y del Sur de los Estados Unidos reconocían un especial talento para contar con justeza, más que eso, con acierto con encanto.

Y el gobernante, que quería distraerse de sus obligaciones como gobernante (mandar cortar manos, mandar lapidar, mandar prohibir, mandar, siempre mandar) había apreciado los cuentos de aquel hombre que en tiempos había tenido un público que hubiese dado todo por él. Sus libros se vendían casi antes de estar editados, los críticos no cabían de gozo a la hora de elogiar sus ocurrencias, sus moralejas, su manera de decir que enamoraba.

Y por ahí le vino la perdición. La hija menor del alcaide, una muchacha de 17 años, a la que su padre cuidaba con la intención de convertirla en la mujer más culta del reino, lo que añadido a una belleza que ni su madre, ya repudiada, había tenido, la convertía en una flor única.

El prisionero la vio por casualidad una mañana al amanecer desde la ventana de su habitáculo, donde le mantenían como una planta rara. Y, claro, cruzaron las miradas y fue un amor loco, desenfrenado, incomprensible.

Ella llevaba mucho tiempo enamorada de la persona que escribía aquellas cosas maravillosas que a veces le hacían reír, otras reflexionar y las más de las veces tomar conciencia de que el mundo no podía ser más que amor mezclado con la belleza de una vida que ella no conocía, puesto que su universo estaba en aquel palacio hundido en el mar.

El prisionero le había inculcado que la vida sin risas, sin llantos pero, sobre todo, sin un amor nacido de la gema del amor que nadie sabía dónde estaba, no valía la pena.

La muchacha se enamoró de las ideas del hombre del que todos los días le enseñaban algo nuevo, una página, cien página de sus reflexiones, de los conocimientos que había aprendido en otra vida, en otro mundo, aunque él pretendía que era sobre todo en otras circunstancias.

Un día, su padre, cansando de sus suspiros, le permitió visitar al cuentista y permanecer con él el tiempo que ella considerase necesario. El poderoso pensaba que de esa manera ella se daría cuenta de que aquel diletante embaucador que no tenía como fortuna y como razón más que las palabras era un simple charlatán. Lo que no había previsto es que las palabras bien pegadas, armoniosamente situadas unas al lado de las otras, podían formar una sinfonía.

El hombre todopoderoso nunca había creído en el poder de la escritura. No entendía que dijesen que algunos libros, que por supuesto él tenía prohibido leer y no había leído nunca, como “Ulises”, escrito por un profesor irlandés degenerado, podía cambiar la vida. Por eso los hombres políticos no leían más que estadísticas, novelistas rosa y algunos documentos sobre sus departamentos. La literatura, esa que, decían viejos sabios que él mismo había ejecutado en sus cincuenta años de reino, era una pérdida de tiempo y de energías.

Por eso sabía que su hija no correría ningún peligro de enamoramiento. Al contrario, volvería a palacio convencida de que aquel preso no era más que un encantador de serpientes.

Nada más llegar a su lado, el cuentista empezó a contarle algunos de sus cuentos, con los que ella aprendió que había un mundo, todavía no descubierto, en el que la belleza, el talento, el talento de expresarse por la escritura o por la música, eran muy apreciados. Le llamaban el Olimpo.

Dos días después, quiso probar su fortaleza aunque sabía que se estaba dejando enamorar por aquel hombre que con sus escrituras pintaba un mundo tan bonito, donde daba ganas de vivir para siempre.

Tres días más tarde, el cuentista, al que se le habían agotado todos los recursos, fue ejecutado con una inyección de diez litros de tinta china pura que el Vaticano conservaba en sus cámaras de suplicios. El Santo Padre estuvo encantado de ceder ese tesoro “para apartar del mundo del vicio a ese cuentista que opacaba con sus cuentos la belleza interior de la religión”, según publicó el Osservatorio Romano, diario oficial de la Curia.

Al día siguiente, el gobierno de centroderecha-izquierda ordenó a la prensa no publicar más que informaciones sobre guerras bacteriológicas y algunas clásicas pero con la prohibición de cubrir los espacios muertos con cuentos y otras memeces que no correspondiesen a la realidad más dura (aunque fuese inventada).