La historia auténtica de unos ojos verdes
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Nada es debido a la casualidad. Todo se produce por una causa o por mil causas. La primera vez decidí que ella, la mujer que yacía sin más vida que su natural belleza, tenía los ojos verdes, pese a que yo sabía que eran de un negro zumbón. La primera vez que llegué a La Habana, creyendo que mi vida cambiaría, que me habían ofrecido la resurrección a nueve horas de vuelo de París, cuando pensé por primera y única vez que la vida podíamos cambiarla, escribí que La Habana tenía los ojos verdes. Lo cierto es que al salir del viejo aeropuerto habanero me encontré como en una cita de cine con una muchacha de cuya tez morena refulgían unos ojazos verde esperanza.

Desde entonces, todas las mujeres que he conocido han tenido ojos verdes en mi imaginación y todavía, treinta años después, no sé por qué.

El hombre del kepí, más tieso de lo normal, con una voz más recia de lo corriente, siguió detallando la trayectoria del automóvil con la frialdad y precisión de un carnicero despachando un filete. Le alargó una bolsa de plástico transparente:

— Son cosas que hemos encontrado en el coche. Creo que pertenecían a su hija.

Había un álbum de tiras cómicas muy de moda, un bolsito pequeño de rafia, una alianza delgada y un reloj cuyo minutero seguía salpicando tiempo, en busca de segundos y de minutos. (En las películas los relojes siempre se paran para que el detective de turno pueda establecer la hora del crimen).

La hora del crimen. Claro, no podía ser otra cosa. Corinne no podía haberse matado en un accidente de carretera. La habían matado.

El hangar, con un tejado de metal ondulado, era una especie de cochera de la Gendarmería. Estaba vacía. A la izquierda de la entrada había una larga caja de madera encima de unos trastos. Algo así como una mesa solo que aquello era una caja de muertos.

Corinne tenía los ojos cerrados. Su melena que a ella le gustaba vestir de rizos de mujer fatal brillaba sobre una sábana blanca. Alguien le había cruzado las manos. La besó y se percató de algo que ya sospechaba: que no estaba muerta, sólo dormida, o desmayada. Posiblemente una herida grave, pero bueno… ¿Por qué diablo la habían metido en aquella caja tan fea?. Las manos estaban frías y el dedo meñique de una de ellas roto.

Oía decir a su lado que Corinne se había matado cuando el auto se estrelló violentamente contra una pared. Que no había sufrido. Todo aquello era irrealmente absurdo pero el único que parecía entenderlo así era él.

El día del entierro el cielo se había levantado con toda la gracia de una primavera llena de sol y alegría. El cementerio, con tumbas en el suelo, como casas de campo, en medio de árboles que ya olían a lilas, un olor que a él le recordaba el jazmín de Sevilla, más embriagador que el propio vino, estaba lindísimo. Sólo que aquello era un entierro, el suyo y que él no tenía el talento de Juan Ramón Jiménez, el gran poeta de España olvidado por los españoles en beneficio de otros más acordes con los modas políticas, para decir aquello de «qué triste era aquel poquito de sol que quedaba en el cementerio cuando te entraron muerta».

Un montón de gente vestida de fiesta, con el calor saliendo por el nudo de la corbata o por el busto se empeñaba en darle el pésame con esas estúpidas frases. A él aquello casi le traía sin cuidado. Una amiga le miraba de reojo y murmuraba algo a su marido. Todo el mundo estaba muy extrañado de no verle llorar. De que no se lanzara sobre el féretro como aquella loca tía suya tan adicta a los espectáculos callejeros. Si no soltaba una lágrima era porque él sabía que su hija nunca se hubiese marchado así por las buenas, sin decirle nada. Lo sabía y lo bastaba. Todo aquello era una farsa que le regocijaba profundamente. A una amiga de su hija que se pasaba un poquitín en lo del pésame ese, Luis le tiraba los tejos. Azorada, encantada –porque una mujer es humana, pese a todo y hasta en un camposanto– la muchacha de los ojos verdes ocultos detrás de suntuosas gafas brumosas reprimía la sorpresa escandalizada de una virgen desnuda en el refectorio de un seminario.

Después del espectáculo del cementerio –en el que hasta algunos de sus enemigos tuvieron la osadía de echársele en los brazos–, fueron días tediosos, de llamadas telefónicas de gente que se las ingeniaba para parecer sinceramente aplastada por el destino. La única llamada agradable fue la de María Dolores, que le llegaba desde Boston, donde efectuaba una gira con su compañía de teatro. Al contrario de los demás, ella no le habló de Patricia. Ni de esas cosas absurdas de la muerte.

Entonces, que nadie se extrañe o se escandalice de que el milagroso encuentro en 1957 de Ernesto Hemingway con la poeta cubana Carilda Oliver Labra en Matanzas, o en aguas de Matanzas, qué más da, si para el cuento es lo mismo, que ningún guionista hubiese podido imaginar, me haya llenado de gozo. Es como si Hemingway hubiese sido yo.

Y entonces Hemingway, ya admirado, querido, emborrachado de gloria presente o a venir, le dice a Carilda esa frase tan bonita que aunque fuese apócrifa no tendría la menor importancia: “Nena, para abrirme el corazón no necesitabas esa llavecita”, el cacho de llave que ella le iba a entregar ofreciéndole simbólicamente el alma de su ciudad de Matanzas. Y remató la faena rindiendo homenaje “a la mirada de sus ojos verdes (que) tenía la misma sensualidad mística que distinguía a los de Marlene Dietrich….”

Carilda, la heroína de este cuento, tenía solo 37 años, la edad de la fertilidad amorosa de todas las mujeres que un día pudieron amarte. Era la maravillosa protagonista de “Verano del 42”, era la Audrey Hepburn a la que acabas de invitar a desayunar con diamantes. Era toda la ilusión. Todo el amor disponible que siempre lleva un hombre dentro.

Ahora que lo sé, gracias al diario “Granma” que reveló ese maravilloso idilio sin comienzo ni fin, busco a la bella Carilda –lo atestigua una foto de la época-, y solo es un busto—en todas las páginas de Hemingway. Y he encontrado pistas, muchas pistas. Tal vez fue la condesita Renata, a la que el coronel Richard Cantwell, conoce y ama en Venecia cuando ya sabe que le queda un rato de vida. O tal vez fuese Helen, que ayuda a morir al cazador de “Las nieves del Kilimandjaro”. Aunque también me inclino por la bella y tumultuosa Lady Brett Ashley en “Fiesta”.

De todos modos, señora Carilda, reciba usted mi emocionado homenaje y permítame que me haga a mí mismo la absurda promesa de ir a verla a Matanzas cuando vaya a Cuba. Pero desde ya sé que no la conoceré. Porque nunca podré volver a Cuba y tendré que seguir viéndola con mi imaginación. Que Dios la bendiga.