Cierra tus ojos y piensa en mí
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Con el rigor de un fandango de Huelva, nos estamos quedando sin ilusiones, sin más estribillo que la esperanza a la que ya empieza a faltarle aire. Vamos, poquito a poco, como en tantas cosas de la vida, desde el amor al desamor, pasando por las notas de un violoncelo en el escenario selvático de la Opera de Manaus. Como quien no quiere la cosa abandonamos nuestras esperanzas porque ya casi no existen.“Cuando estés triste y preocupado/Y necesites una mano amiga/y nada, nada va bien/ cierra tus ojos y piensa en mí. Esto dicen que decía Carole King. A Cuba yo llegué hablando de castrismo. Poco después, en el patio trasero de una casa de Macondo, donde cantaban gallos primerizos, me enseñaron que, en realidad, había que hablar de fidelismo. Entonces entendí que te podías jugar la vida por una palabra. Pero ya saben ustedes, queridos alumnos, que uno es hijo de sus propias ensoñaciones y nada más que de ellas.

Ya no se dice ni castrismo ni fidelismo. Fidel Castro hace lunas que se marchó. Nuevos tiempos en Cuba, con lujos macarrónicos de los que solo unos cuantos pueden disfrutar y enormes trasatlánticos, tan enormes, tan enormes, que parece que va a a romper el puerto de La Habana.

Todo ha cambiado. Los hombres se acojonan, retroceden porque unos hombres malos que matan a señoras, a sus propias señoras a veces, les han encerrado en el corral de la mala fama. Reinan las feministas, los travestidos, los transexuales y otros asociados como los homosexuales. Y tú te encuentras en medio de la plaza sin saber cómo jugar.

Agonizamos todas las noches después de un día sin esperanzas, aguantado por las pastillitas y de vez en cuando un trago. Y miras al horizonte, allá por la playa, deseando que pronto aparezca la noche.

Te sorprendes estar vivo, aunque sea deprimido, jodido, apaleado, pero no te quejes, la noche te ha servido para recuperar un poco. Noche sabia que sabe darte un poquito de fuerzas para que los malos de la película puedan seguir apaleándote cuando salga el sol, sin piedad ni sheriff que lo remedie.

Hace tiempo, cuando el feminismo no se había convertido en algo endémico, ella te empezaba a contar aquel cuento que le contaba Sherazade al sultán, con tanto éxito que tuvieron tres hijos preciosos entre cuento y cuento, entre noche y mañana.

Su Sherazade hacía que las noches fueran una sucesión de momentos extravagantemente buenos, interminables, sin locuras, con la pausa y la tranquilidad con que se reza un padrenuestro o se grita un ave maría. Recordó el sudor de ella entre sus piernas de un blanco anacarado, tan blanco que las gotitas de agua corrían por ellas como si buscaran la entrada de la felicidad. Ella, cuando llegaba el momento, cuando ya no podía más, quería cerrar sus divinas piernas como para protegerse del placer a ratos inaguantable. Pero lo hacía pausadamente, porque en el fondo no quería que acabase nunca, porque había encontrado la entrada del paraíso y ella, solo ella tenía la llave para entrar o salir.

Y cuando tu secretaria, a la que ya no pagas más que con aleluyas y algunas entradas de circo que alguien se ha olvidado para un teatro de marionetas, casi no le haces caso cuando pone cara de Sherazade para contarte que la pareja Barack Obama, el Presidente que consiguió un Oscar de la Paz haciendo la guerra o dejando que continuara el horror de Guantánamo, va a firmar un multimillonario contrato para ser productores de películas en la plataforma televisiva de Netflix ni siquiera te echas a llorar. Ahora a por el Oscar. La caradura puede con todo. Todo por la patria, compañero.

“¿Te parece que vayamos a tomar café el lunes que viene a la cumbre de Kilimandjaro? Creo que Hemingway nunca estuvo arriba ni abajo pero escribía con tanta pasión de esa montaña más o menos sagrada que dan ganas de ir a verla”.

Ella, que siempre guardaba en el cajón superior de su escritorio un frasco de Chanel 5, me dijo que lo meditaría.

En ese infame batiburrillo que ha sido este año el Festival de cine de Cannes, con señoras que nadie conocía pavoneándose en la alfombra roja con vestidos o sin vestidos, a veces con unas enormes bragas, como una modelo rusa, Jean Luc Godard, al que tanto debe el cine, casi como a los Hermanos Lumière, pasó fugazmente, casi a hurtadillas, por esa misma alfombra antes reservada a la gloria para recoger una Palma de Oro Especial.