Los ojos verdes cubanos de Hemingway
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Adoro la ficción y la que toma visos de realidad todavía más. Hemingway de pie en una barquichuela echándole piropos a una venerada escritora cubana. Hemingway paseando por París al que le llega el grito de “¡Adios, maestro…!”, que dispara el joven Gabriel García Márquez desde la otra orilla de la calle. Era en 1957, cuando yo llegaba a París. Pero ni conocía a García Márquez y Hemingway me imponía un respeto de monje franciscano confesando al cardenal Richelieu mientras la Reina reza para que Dios le perdone una noche más que ha pasado entre los brazos de su amante cardenalicio.

Es maravilloso, son maravillosos recuerdos tan agradables, aunque aquel día, cualquier día, en que el realismo mágico y el cazador de la eternidad llueva sobre París.

La historia la recuerda el austero diario cubano “Granma”, que prueba así que también tiene su corazoncito, cuando relata el breve y casto encuentro en el que la escritora cubana Carilda Oliver Labra, a la que en su Matanzas natal iba a conocer una de las más grandes emociones de su vida.

El barco en el que viajaba Hemingway tuvo que acercarse a Matanzas por problemas de navegación y las autoridades locales aprovecharon para improvisar la entrega al yanqui de la llave de la ciudad, ceremonia improvisada para la cual se designó a la escritora.

Y dice Granma: “Al revivir el episodio de aquella mágica mañana, Carilda describió que el novelista vestía con sencillez: chaqueta y pantalón de distinto color…” «Y llegó Hemingway, un hombre al que no se le podía adivinar la edad: gallardo, alto –muy alto–, de piel colorada, manos grandes y voz grave, risueño… de una corpulencia general aplastante. Sus ojos eran muy vivos. Bajó de una lancha, allí donde lo esperaba la banda municipal y todas esas cosas de pueblo de campo… Y yo con mi discursito… ¡y mi llave!…».

Y sobre todo no olvida lo que le dijo el homenajeado en perfecto español, al terminar ella su «discursito» en inglés y entregarle la llave: «Nena, para abrirme el corazón no necesitabas esa llavecita», comentó él en tono jocoso, pues en realidad a nadie podía inspirar emoción aquel enorme pedazo de acero níquel, bastante feo, tallado sin finura y colocado en una rústica caja de madera. Una cosa horrible, que pesaba terriblemente y que debe conservarse en algún museo», recuerda Carilda.

¿Imaginan que el mujeriego Hemingway, el hombre que sabía susurrar a las mujeres con el mismo tino que Robert Redford susurraba a los caballos, probablemente le dijo algo parecido a la estrella de cine Marlene Dietrich con la que la leyenda de los años 1945 le sitúa bailando en el Ritz de París? Un baile que podría pasar por inocente si no fuera porque quienes contaron este pasaje de su vida insisten en que Marlene iba vestida con un abrigo de visón… ¡y que era todo lo que cubría su cuerpo Y que las manos del conquistador la guiaban en la danza por el interior del abrigo!

Y allí en Matanzas, dicen los eruditos con memoria, después del piropazo de Nena, lo completó por lo visto con un homenaje “a la mirada de sus ojos verdes (que) tenía la misma sensualidad mística que distinguía a los de Marlene Dietrich….”

Qué maravilla. Eran otros tiempos, sin la menor duda. Los estudiosos cuentan que aquel encuentro insólito se produjo en 1957, casi por las fechas en que Gabo le gritaba su propio piropo al maestro bajo la llovizna de París.

Porque Hemingway tampoco estaba muy ducho en piropos. Su homenaje a los ojos verdes de una matancera en particular debió salirle del alma pese a que tenía a su lado a su esposa. Pero él siempre tuvo debilidad por los latinos en general y por los cubanos en particular. Si no, ¿de dónde hubiese salido el pescador cubano que arrastró al pescado comido y enmarañado? Podía haber sido un norteamericano, él mismo, gran pescador o por lo menos así se lo creía él, pero sabía que los cubanos tenían algo especial que no podía compararse con la eficacia cartesiana de sus amigos norteamericanos. Y se fue a vivir a Cuba y a medio morir a Cuba.

Confieso como adorador del culto hemingwayano que su requiebro a los ojos verdes de una poeta me ha llegado al alma. Y algún día me gustaría ir a Matanzas para charlar un poquito con esa poetisa que le dio la llave de la ciudad y escuchó de aquel rudo norteamericano las más bonitas de las palabras que nunca salieron de su boca, más acostumbrada a las bebidas fuertes.

Los románticos empedernidos podemos preguntarnos si aquel doble piropo fue algo más que eso. Si Hemingway no sintió un flechazo mientras desembarcaba en Matanzas. Un amor sin comienzo ni fin que tal vez quedó reflejado en alguna parte de su obra, quizá en los entresijos de historia de la condesita que vive el último amor del Comandante, en la Venecia eterna con olor a peste. O en un hospital del frente italiano, donde otra enfermera, aunque quizá sea la misma, se enamora del joven conductor de ambulancias que se ha encontrado en el fragor de la Primera Guerra Mundial porque se acercó a la Place de la Concorde de París “para ver la guerra”.

Hemingway siempre fue un gran romántico. Solo los románticos tienen la medida exacta del valor para pegarse un tiro como despedida del mundo.