La flauta y Joyce
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Era tan triste y desesperante como una flauta de los Andes tocada por un peruano emigrado a Europa en tiempos del cuplé de los señoritos españoles, de las hermosas cabareteras que ofrecían sus curvas y una mijita de celulitis por un puñado de pesetas. Luego el mercado se abrió a los francos franceses y francos suizos. Nada de marcos porque los alemanes tenían otras cosas en qué pensar y tampoco dólares, porque los norteamericanos eran demasiado catetos. Madrid, Barcelona y París estaban lleno de cabarets. No esas infames discotecas donde se desgastan los oídos en una sola noche. Cabarets con señores trajeados y señoras que se ponían las mejores galas, algunas las que ya habían lucido en alguna boda y hasta en un bautizo.

Pero allá en el fondo de la isla africana, la flauta de los Andes seguía incitando al suicidio y procurando sus buenos cuartos a los laboratorios que cuando descubrieron al flautista le contrataron para ellos aumentar sus ganancias con antidepresivos y otros remedios.

El indio dejó de provocar depresiones sublimales el día, aunque era una tarde de verano, en que alguien le dio que escuchara esto: Cuando estés triste y preocupado/Y necesites una mano amiga/y nada, nada va bien/ cierra tus ojos y piensa en mí/Y pronto estaré ahí/Para iluminar incluso tu noche más oscura.

Se enteró el flautista de que aquella voz era la de Carol King y se volvió cuerdo. Dejó la triste flauta, cambió su atuendo y hasta se puso flores en el cabello y se marchó a Ibiza en busca de los hipis. Lo malo fue cuando se dio cuenta de que llegaba millones de años tarde. Que ya no había hipis de los buenos y escribió a Carol King, declarándole su amor. Ella le contestó mandándole una foto dedicada y ya no hubo hombre más feliz. Una tarde hasta regaló la flauta y empezó a ahorrar para viajar a Estados Unidos en busca de la mujer que le había arrancado las legañas de la tristeza.

Afortunadamente, los sonidos de la flauta no llegan hasta la avenida principal que da casi al mar y donde oficia un mendigo importado de Rumanía que habla perfectamente español y tiene modales de escuela de pago. A menos que sea un falso rumano licenciado de cualquier universidad española.

Su particularidad es que no mendiga. Se limita a saludar a la gente que pasa a su vista, con una sonrisa de dentista de pago. Me arrepentí después de haberle hecho el firme propósito e hablarle de Kafka, ¿Quién sabe? De los Balcanes han salido personajes muy curiosos y no todos embrutecidos por los fusilamientos y los caprichos de un tirador de élite que te cortaba el vuelo y te dejaba seco para siempre. Un cadáver más para el ayuntamiento.

A cincuenta metros de su trinchera, donde se presenta siempre bien trajeado, oficia un irlandés que tiene un perro al que, me parece aunque no puedo afirmarlo, y no podría incluso bajo la tortura, le cuenta lo que era en tiempos Dublin cuando él no se había matriculado todavía en la academia de mendigos para la exportación.

Hoy fui a verle porque quería saber lo que podía contarme de Joyce y de su “Ulises” pero me dijeron que era su día de descanso. Volveré.

Mi irlandés es un tipo sonriente que adora a su perro eternamente en estado de somnolencia y que tiene una sonrisa entre cachonda y simpática de telefilme de Hércule Poirot resolviendo un crimen escrito por Agatha Christie.

El barrio donde yo tomo todas las mañanas mi descafeinado con leche en espera de la recompensa del güisqui con Perrier y hielo, es modesto. En tiempos fue el barrio de los pescadores, y uno de ellos tiene incluso un monumento. Allí está el Café Esperanza, donde convergen todos los desgraciados de la tierra, incluyéndome a mí, que por un euro (café solo o con leche bien calentito), (copa de anís), podemos pasar la mañana discutiendo sobre nuestras etnias perdidas o abandonadas.

Todos tenemos cara de necesitar una confesión pero casi ninguno se acerca a la iglesia que está en la plaza de al lado para buscar un cura que nos confiese. La verdad es que sería difícil encontrarlo. El hombre tiene otras cosas que hacer, como rezar un padrenuestro en calé.

En Australia están juzgando, o ya han juzgado, a un cardenal, número tres del Vaticano, por una pederastia de años y suma y sigue. Jesús los hubiera echado a zurriagazos del templo pero los tiempos han cambiado y ya a nadie extraña nada. Hay prostitutos hasta en las sacristías. Y Jesús ya no sabe qué hacer para echar a patada a esas bestias vivientes bajo el hábito. ¿Han visto ustedes tamañas bestialidades entre los curas protestantes, que pueden casarse, tener hijos y hacer seriales de televisión?

Sigo esperando que mi pobre irlandés de Dublin me cuente su versión de Ulises. Y que el rumano me explique qué diablos hace ahí, sin pedir, tan sonriente y tan agazapado en la brillantina de marca. Pero eso será cuando aparezca en la puerta del supermercado donde tiene sus tertulias.

Mañana por la mañana.