Cuba, JCPenney y el “derecho del consumidor”
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

Entré aquella tarde a una de las tiendas JCPenney de Estados Unidos de manos con la mala suerte. Quería comprarle un regalo a mi madre y me encontré con una joven cubana “acabadita de llegar”, según me diría después. Hablaba por un colorido móvil, al parecer recién estrenado, al tiempo que se retocaba con precisión de artista la pintura de los labios con la vista fija en uno de esos espejos ovalados tan comunes en los grandes almacenes en los que con tal de vender, dejan probar los productos. Mi padre, que me acompañaba, y yo, que pisaba aquel lugar por primera vez, más que observar el complicado equilibrio de manos y voz, la mirábamos de forma inquisitiva, como suplicando en silencio que nos advirtiera, hasta que él perdió la paciencia y retumbó. -¡¿Usted, atiende aquí?!-, dijo más que molesto, cabrón, y ella, al fin, nos descubrió, en el inicio de una algarabía que terminó sin compra. Lo de “acabadita de llegar” fue su respuesta sonriente a mi única pregunta. –Ah, ahora entiendo, me está tratando como en Cuba- repliqué, y él volvió a reaccionar como se suele hacer en aquel país.  -¡Llame a la supervisora, por favor!”-, dijo, y no tuve más remedido que olvidar la compra y consagrarme en terciar, porque era una muy joven compatriota “acabadita de llegar”, y si un cliente habitual como mi viejo se enfurecía al ver frustrado el simple acto de adquirir un regalo de mujer, su suerte sería funesta.

Eso ocurrió en 2005 y quiero suponer que la muchacha llegó a entender que allá, como en cualquier otra parte del planeta, menos en Cuba, las tiendas están concebidas para vender y la sociedad diseñada con vista a consumir.

Han pasado 13 años desde el incidente, evidencia de que hay conductas que se marcan también a fuego lento en los mortales. La joven de JCPenney se había ido de Cuba en busca del “sueño americano”, pero llevó con ella ese estilo de atender a los demás que en la isla es cotidiano, irritante, insoportable, y allá cuesta el puesto.

En ese mismo tiempo, más de una década, en esta isla de misterios, se han hecho no sé cuántas campañas públicas “en defensa del consumidor”, son casi reproducciones en serie. Ahora nos envuelve otra y sobran los colegas que insisten en nuestra defensa. “El tan vapuleado consumidor”, tituló el diario nacional Juventud Rebelde el miércoles 9 de mayo.

Doy por descontado que en cualquier parte hay resoluciones y reglas en tal sentido, y que este tipo de mal trato existe en todas las culturas. Ahora bien, lo que nunca vi ni en Madrid, ni en París, ni en Belgrado, ni en ningún otro lugar del globo en los que me tocó trabajar, es que los medios se convirtieran en persistentes cruzados en busca de conquistar el divino respeto al consumidor, por la simple razón de que en todos esos lares si no hay consumo o consumismo, revienta el sistema social.

No sé cómo se solucionará el asunto en una realidad como la cubana, donde casi todo el comercio es estatal, aunque presumo que no se trata de campañas. Cuando llegó la doble moneda -ojalá que no sea eterna-, surgieron “las shopings”, como les decimos, y una de las flamantes cadenas se denominó Tiendas Recaudadoras de Divisas, y quizá a partir de ese concepto arrancó buena parte del maltrato que según algunos sociólogos será solucionado definitivamente por “la conciencia, por el sentido de pertenencia” de cada vendedor.

No obstante, otros entendidos han demostrado que la gente piensa como vive, y quienes cobran por vender un salario tan deprimido como el de cualquier otro empleado público, suelen compensarlo adulterando precios o espantándote de las vitrinas para comercializar bajo cuerda a “clandestinos” revendedores privados, que como aquí sabemos todos, hasta las autoridades, revenden a altos precios a pocos metros de las tiendas en que se nutren. Los “dueños” de esos comercios no pierden ingresos por el irrespeto a un cliente, son también funcionarios estatales con sus respectivos salarios devaluados y cuando se tiene la dicha de dar con ellos para reclamar, las justificaciones llueven.  “El Estado hace como que me paga y yo hago como que trabajo”, apunta el dicho, que si no recuerdo mal nos llegó del Este de Europa, desde antes que se evaporara la Unión Soviética.

No sé, repito, cómo será solucionado este agobiante problema al que solo parecen ajenos los turistas internacionales –no los nacionales, por cierto-, pero de momento, cuando el conductor del llamado noticiero “estelar” de la tv engola todavía más su voz para decir, “¡Oiga!, sabía usted que….”, en presagio de una nueva campaña, yo cambio de canal.