Cuba, política, baile y La Colmenita. ¿Pifia o censura?
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Manuel Juan Somoza

La Habana | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El primer encuentro internacional que me asignaron reportar ocurrió hace más de 40 años y lo único que recuerdo es su sede, el hotel Habana Libre, y los experimentados colegas a los que acompañé cuando me iniciaba en el oficio, Orlando Castellanos “El mandril”, encabezando el grupo. No recuerdo nada más y es que esos intercambios con muchas banderitas nacionales, discursos largos y gentes que se consideran importantes, algunos sin serlo, suelen transcurrir sin dejar huellas. Sin embargo, la arrancada el martes aquí del trigésimo séptimo período de sesiones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), está llamada a trascender, al menos en mi memoria. Y no perdurará por los discursos contundentes, ni porque fue la primera vez que Miguel Díaz-Canel se estrenó como Presidente de la República hablándole a un auditorio internacional, ni porque Cuba asumió ese día el liderazgo pro témpore de la CEPAL, sino por el desenfado de esos niños artistas de la compañía La Colmenita, que pusieron a bailar salsa en el encumbrado salón de reuniones al Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, al propio Díaz-Canel y a los demás ministros, embajadores y altos funcionarios gubernamentales que acudieron a la cita. Hubo quienes dejaron sus butacas, salieron a los pasillos y se contonearon incitados por el ritmo y por los niños, otros marcaron simplemente el compás, sonrientes.

Fue un comienzo distinto, mágico, inesperado, conmovedor, cubanísimo, y por ello me precipité a alertar a los amigos que suelen estar aburridos de estos acontecimientos. “No te pierdas la inauguración de la CEPAL que va a retransmitir la TV a las 6 y 30 de la tarde”, dije. Quería compartir el disfrute, todavía reía en solitario cuando escribía mi nota-jornada, pensando en los movimientos de Guterres, de Díaz-Canel y hasta en el medio giro al estilo casino que dio la secretaria ejecutiva de la   CEPAL, Alicia Bársena, cuando los niños entonaron ese pegajoso son –“A bailar el toca-toca, del maestro Adalbaerto Alvarez- , en aquella sala solemne. Pero me equivoqué y las llamadas telefónicas llovieron.

La tv estatal eliminó el baile, privó a mis amigos y a los otros del regocijo de ver el inicio de una ceremonia tan seria de manera tan distendida. ¿Qué ocurrió?, ¿ineficiente programación del tiempo de transmisión?, ¿insensibilidad de los que deciden?, ¿problemas técnicos?, ¿censura, por considerar fuera de tono el deleite?. Tendré que investigar, pero admito que me equivoqué al tratar de interpretar la realidad que me rodea. Seguí los reportes posteriores del noticiero nocturno, que tampoco le dieron espacio a toda la alegría. ¿Casualidad?.

Los niños de La Colmenita, muchos diminutos, explicaron con humor qué es la CEPAL –escenificaron un cumpleaños en el que esperaban cake, helados y piñata- , llamaron con poemas a la unidad latinoamericana, rindieron tributo a su manera a Guterres y a Bárcena, quienes olvidaron las risas de protocolo para mostrar las que salen del alma, las verdaderas, y cuando no se esperaba irrumpieron con el toca-toca y absolutamente nadie, ni un ex canciller andino con su oído musical tan cuadrado y distante de los ritmos del Caribe, pudo evadir el contagio. Y no se pudo, entre otras razones, porque estas traviesas abejitas –visten así– no se quedaron en la tribuna, se mezclaron con los delegados y esparcieron el contagio.

Se dijeron cosas serias en el Palacio de Convenciones de La Habana, con la seriedad con la que los políticos suelen decir las cosas, aunque haya quien no crea lo que dice con pasmosa seriedad. Se habló de desarrollo económico y equidad, una vez más se condenó a los pocos que tienen mucho, se rememoraron los demoledores golpes del cambio climático en el Caribe –pérdidas por 320 mil millones de usd solo en 2017- , se convocó hasta una nueva cumbre sobre el clima en Nueva York, en septiembre del año próximo.

Y mientras eso ocurría aquí, Donald Trump retiraba a Estados Unidos del acuerdo nuclear pactado con Irán, llenando de espanto a buena parte del planeta y dejando poquísimo espacio en los medios a la CEPAL y a su congreso.

Volverá a transcurrir el tiempo, como el que pasó desde aquel encuentro en el Habana Libre hace más de 40 años –supongo que esta vez será mucho menos-, y si alguien se animara a preguntarme en el futuro sobre estas sesiones de la CEPAL, tengo la absoluta seguridad de que solo llevaré conmigo dos recuerdos: el toca-toca de La Colmenita y la decisión de castrar su difusión en esta isla llena de contradicciones, donde solo sobra la musicalidad.