Cuánto hemos cambiado…
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cuando te has criado en una película te parece normal que el cine sea la guía obligada de toda persona con un coeficiente intelectual adelantadito. Viví, como Juanita Narboni, el personaje culto del escritor español Ángel Vázquez, en medio de las carteleras de los cinematógrafos de Tánger, entonces ciudad internacional y cinematográfica como otras son toreras. Ser ciudad internacional, administrada por varios países, horadada por gente de todas las procedencias geográficas, sociales, religiosas y políticas daba a esta villa inigualable del norte de África el perfil de la preferida.

Era la Sheherazade que a cada cual contaba el cuento que prefiriera, en versión original. De los cines de Tánger, el Roxy era el que me asignaron a mí como crítico, Mixer firmaba, que me había nombrado el semanario “Cosmópolis”.

Fueron mis universidades, mi cinemateca particular, sin que yo fuera consciente de que me estaba preparando para ser modosamente feliz con toda esa gente que me arropaba desde la pantalla.

Tragábamos películas como pinchitos morunos, con una regularidad y una facilidad que parecía ser algo congénito. Cómo han pasado los años Cómo han cambiado las cosas… Qué mundos tan diferentes. Los años parecen no ser los mismos. O eso pretendía una canción que ya se ha perdido entre dos pensamientos.

Pero no todo ha cambiado tanto como podría creerse. En aquella cinemateca gigantesca llamada Tánger la gente se precipitaba al cine con el mismo fervor que iba la iglesia, buscando un respiro en la vida, en las dificultades de cada momento.

Unos y otros procurábamos el encantamiento de lo supremo para nosotros que éramos casi apátridas en un mundo que luego, ahora, ya, ha vuelto a ser musulmán. Hasta 1956, Tánger había transitado por todo tipo de extravagancias sociales y culturales. Llegó a ser base importante para la droga de Estados Unidos, banquero mayor de una parte del mundo con tejemanejes cambistas que no habrían inventado ni siquiera los depredadores que nos han arruinado la vida en los años dos mil.

Tánger era culturas al uso, de andar por casa, habitada, animada, amada por grandes artistas que la celebraban desde los libros hasta la pintura como la excepción cultural y social del mundo.

Y en el cine, seguíamos buscando una vida en technicolor que nos alejase del grisáceo presente que cada cual tenía en casa. En la vecina España, la llegada de Francisco Franco al poder había supuesto el cierre a cal y canto de un país durante cuarenta años más o menos. Ni se entraba ni se salía salvo excepción. España seguía cerrada cuando Tánger se disponía a iniciar otra singladura.

Pero para los españoles y para los tangerinos, el cine era el kifi nuestro de cada día. La bocanada de aire fresco. Entonces es cuando te das cuenta de que no ha pasado el tiempo tan radicalmente.

Todo sigue siendo casi igual. Medio siglo después, el cine es el espectáculo curativo que más atrae, por la magia de sus recetas que durante hora y media permiten la evasión total.

Y cuando sales, queda el recuerdo de la historia que te han contado y te agarras a ella. La sufres o la disfrutas. Es la sempiterna magia del cine, que permite disfrutar mil vidas y no sufrir más que una, la tuya. Lo malo es que cada día se es menos feliz en una sala de butacas, con tantísima e histérica maldad, violencia y sentimientos que en casi nada ayudan a vivir. Vean si tienen dudas esa joya de cinemateca titulada Vengadores.

No, las cosas no han cambiado tanto como dice la canción. Afortunadamente, unos pocos, los que conocíamos y lloramos “La vida perra de Juanita Narboni”, seguimos procurando arrancar a las películas lo mejor de ellas mismas.

Si todo esto les parece desacertado, exagerado, tremebundo, la próxima vez que vean una película pregúntense al terminar si les ha dejado algo positivo, a qué sabe el gusto que le ha quedado en la boca. Oiga, compañero, yo lo único que deseo a estas alturas de la película, cuando no van a tardar los títulos finales de crédito, es que el cine me siga procurando emociones positivas.

Una de las últimas veces, aparte el caso de “La forma del agua”, fue hace ya tiempo con “Amerrika”, una cinta que desapareció de las carteleras con ese arte de magia que los distribuidores emplean para tirar la piedra y esconder la mano.

Un momento de cine exquisito, aunque fuese gracias a los eternos palestinos, esos seres infrahumanos que tanto molestan a Israel y al mundo con sus pretensiones absurdas de constituir alguna vez un pueblo en sus propias tierras, que ya no son suyas. Lo que uno quiere, oiga compañero, camarada, señor, tipo, o como quiera usted que le llamemos, es eso, ver de vez en cuando algo en la pantalla que nos haga soñar.

Fue en 1978 en La Habana. Era un cine minúsculo de la parte baja de la Rampa, casi escondido, no lejos de la calle N.Éramos unos cuantos, pocos, en la salita con asientos viejos como la verdad. Proyectaban “Mi hijo el Che”, del argentino Fernando Birri. En este documental no hay 3D, ni pajarracos raros, ni siquiera mujeres vociferando a bella pierna suelta. Y nadie trata de justificar nada. Sólo hablaba un viejecito, el padre del argentino que un día se convirtió en cubano, diciendo que le hubiese gustado vengar a su hijo, a ese Ernesto Che Guevara que nos hizo soñar un ratito de vida.