La loza de Dickens
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Sientes como te resbalas y vas cayendo poco a poco. No estás soñando en la cama o en un sofá. Estás despierto, sentado en el café de la esquina tomando cualquier cosa. Pero sientes como resbalas, estás seguro de que el vaso se te va a caer antes de lo que piensas. Lo aprietas fuerte pero no te atreves a moverlo hacia los labios. La muchacha de la mesa de al lado te mira con ojos indiferentes. Los locos abundan en este barrio. Pero tus manos no se resbalan del vaso sino de la realidad que te rodea. Tienes la impresión de que de un momento a otro te pegarás un culetazo y que probablemente seguirás resbalando. Tus zapatos ya están horadando las lozas de mármol del suelo que se abren como si fuera mantequilla. Ya se te han trabado las piernas hasta las rodillas y tú sigues agarrándote al vaso. Un camarero te mira como si ya hubiese visto otros clientes chupados por las lozas. Hasta sonríe el muy maldito. Ya tendrá algo que contar esta noche a su mujer.

A todos nos pasa igual pero la mayor parte de los veces ni nos damos cuenta. Estamos tan acostumbrados a situaciones absurdamente e invisiblemente parecidas que nos obligan a todas las gimnasias, a todas las bajezas que tampoco tiene por qué parecerte extraño si te hundes en una loza de mármol.

Esas cosas no pasan en la serie televisiva “Blue Bloods”, ejemplar historia de policías católicos de la ciudad de Nueva York que se ha convertido en la mejor de una televisión que nos tiene acostumbrados a considerar que donde se ponga un buen tiro en la cabeza o simplemente el desembarco por menos de algo de una escuadrilla de agentes blindados hasta los dientes con gatillos nerviosos es la solución para todos los males de la delincuencia

Nadie se hunde tomando café en un bar de Nueva York porque esos policías no frecuentan mucho esos lugares. Pero quizá sobre todo porque tienen asumida su superioridad en un espacio exaltado por el crimen y en el que ellos son una excepción. Porque quizá es cuestión de ser poderoso, más fuerte que la maldita loza.

Todos los domingos, los Reagan, así se llama esta familia de policías en la que se agrega una hija fiscal del distrito y una nuera enfermera ejemplar, se reúnen para comer, como si el mundo de fuera no existiera. Consiguen vencer a las lozas de mármol que se hunden debajo de uno y el vaso del café que se desliza. Hay una moraleja: la solidez de convicciones en cualquier rubro, la profesión, la religión, la familia, te apartan del hundimiento. Quizá sea ahí donde resida la exquisitez de esta serie.

He leído “La nausée” (La náusea) de Jean-Paul Sartre muchísimos años después de que se publicara en París y me parece lógico, porque todo habría que hacerlo a su debido tiempo. Me horripila pensar que un adelantado haya puesto ese libro, por lo demás decente, entre las manos de un muchacho en formación incapaz de conocer las más elementales reglas de la escritura.

Todo tiene un tiempo, De lo contrario somos capaces de confundir una paella española con una feijoada brasileña.

Lo mismo ocurre en el amor. Me dan repelos pensar que Romeo y Julieta hubiesen sobrevivido al veneno y al puñal y con sus dieciséis o diecisiete añitos hubieran tenido que comenzar una vida de pareja sin saber nada de nada. Gracias a los ángeles que los mandaron al otro barrio antes de que les diese tiempo a tirarse los trastos a la cabeza.

Por esto y tantas cosas que decía el baldo me alegro de no haber leído antes “La náusea”, sobre todo cuando no sabía quién era Sartre ni qué podía representar.

Más miedo me da pensar que un padre o una madre desleída de la vida hayan dado a leer a sus jóvenes hijos “Ulises” de Joyce. Pero hay gente para todo y capaz de provocar un rechazo hacia la lectura creyendo que la lectura hay que engullirla y hacerla engullir como los churros.

Hay gente canija, que ansía creer que sabe leer y que sus hijos pueden citar por lo menos tres títulos, muy capaz de poner entre las manos de un infante o de un jovencito las obras de Charles Dickens, creyendo que son cuentos de hadas.

Nunca apreciarás tanto a Dickens como cuando tus compromisos como persona adulta, formada y consciente, puedan ponerse a la altura de esos personajes suyos, que parecen infantiles pero son de una complejidad demoniaca. “Los papeles póstumos del Club Pickwick” es su libro menos conocido y supongo que ello se debe a su montaje extremadamente cuidado y complicado, complejidad escondida en las cuatro bromas chistosas de un viejo jubilado de Londres que decide recorrer Inglaterra un poco como un Don Quijote armado con lápices y cuadernos donde anotar las rarezas y las particularidades que va hallando a lo largo de las carreteras, en las poblaciones donde se vive a veces como si todo fuera Londres.

Dickens es lo más parecido que se puede tener por el precio de un libro a un padre amante que te deja entrar en la vida pero con todas las precauciones, sin prisas.

Es tal vez la única forma, o una de las maneras, de no tener que sentir que una de las lozas del bar donde tomas un café te está engullendo. O que te ha engullido. Porque ahí ya no hay salvación.