Otro 1 de mayo a la cubana
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

Una vez más las plazas se llenaron de gente, pero en mayoría, de gentes mucho más jóvenes que las de aquel otro primero de mayo de hace veintitantos años, cuando en plena crisis por la caída del aliado soviético aquí comíamos poquito y los cortes de electricidad eran de hasta 16 horas diarias, porque ya no llegaba el petróleo ruso a precio subvencionado. Fidel Castro murió hace un año y tanto, y hoy en la Plaza de la Revolución de siempre, presidieron Raúl Castro, cargando con sus 86 años, y un nuevo mandatario, Miguel Díaz-Canel, disfrutando sus cinco décadas de vida. Los contrarios a todo esto también estaban, aquí o allá, y mantienen sus apuestas. Por eso me atrevo a reproducir un fragmento de lo que ocurrió aquel otro primero de mayo, tan distinto y al mismo tiempo similar a éste:

“Ascendemos por la avenida en busca de la plaza mayor. Volvemos a ser miles, probablemente demasiados. Caminamos a paso lento, corremos algunas veces y levantamos banderas cubanas, posters con el rostro del Che y telas con frases de victoria. Ondean ikurriñas, banderas rojas y amarillas de la Cataluña independiente, estandartes sandinistas, emblemas saharauis Formamos parte de un espectáculo multicolor calculado al detalle.

Vamos subiendo y ocupamos casi toda la avenida, puesta enteramente a nuestra disposición. Avanzamos en dirección al lugar de la cita, varios kilómetros hacia delante. Avanzamos juntos vecinos de los barrios y afiliados a los sindicatos. Hay viejos y menos viejos, mujeres y hombres, jóvenes familias de todos los colores con los hijos de las manos o en los hombros. Se ven insignias en los balcones y fachadas, a lo mejor muchas menos

que otras veces, pero nadie se detiene a comprobarlo. También hay otras mujeres y otros hombres, viejos y jóvenes cansados o con miradas hoscas desde alguna esquina. Observan como si no quisieran ver u odiando lo que ven. Comienzan a contar los que disienten. Algunos se han organizado y hacen llegar sus puntos de vista a la prensa extranjera pues los medios nacionales les están vedados. Un poeta y periodista, Raúl Rivero, ha suscrito una “Declaración de los intelectuales cubanos”, pidiendo al gobierno que abra el debate político nacional y propicie elecciones parlamentarias directas, en tanto uno de sus textos todavía forma parte de los programas de estudio en las escuelas públicas de segunda enseñanza. Una anciana escupe sobre la acera con desprecio. Un negro flaco, de espaldas a un comercio desabastecido, lanza una risa burlona, pero la marcha sigue y suma gente nueva.

La gritería retumba y los cansados, los que disienten, los que observan con miradas incisivas llegan al murmullo que, aquí, en la multitud, nadie escucha. “Sigan, sigan desfilando. ¡Carneros! Sigan aplaudiendo con la barriga vacía mientras ellos engordan, sigan…”, dicen los que nos miran y comentan entre susurros, pero la marcha alcanza la Avenida Zapata manteniendo la misma dirección, dando vivas a Fidel y al Socialismo, y con cada viva, los que marchamos nos sentimos fuertes todavía (…) Marchamos los que todavía tenemos fe aunque maldigamos cuando faltan los alimentos y una sinfonía triste sale de las tripas, los que no alcanzan a comprender con precisión qué es lo que ocurre, y están otros y otras que no se hacen preguntas, que solo siguen el recorrido automáticamente. Y esos son decenas, centenares y hasta miles.

Vuelve a gestarse el milagro de que marchen juntos individualidades dispares, como si la gente que desborda esta plaza enorme quisiera decirse a sí misma y a los demás: “¡Aquí seguimos!”.

(Tomando de “Crónica desde las entrañas”, Ediciones La Memoria, La Habana 2012, prólogo de Aurelio Alonso).