La frivolidad
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Sergio Berrocal  | Maqueta Sergio Berrocal Jr

-Me odio a mí mismo.

Ella me responde: -El ser y el no ser, los miedos. Te odias porque en el fondo eres un frívolo.

-Si la frivolidad es el sufrimiento…

-Es inevitable, aunque hay algunos que parecen no sentir. Contra todo eso lo mejor es dormir, escapar, aunque no sirva de nada.

Cosas como estas se leen en esas conversaciones intercambiadas por internet y otros chismes de comunicación llamados chat. Sin curas que te escuchen como antaño en la confesión semanal, con psiquiatras y psicólogos que cuestan lo que no tienes, no queda más remedio que confiarse a esos medios que como el popular WatsApp, que no cuesta nada, con el que puedes comunicarte de cualquier sitio a cualquier sitio. De Málaga a La Habana, por ejemplo, sin pagar un centavo. Conversamos alegremente, confiando a ese ente nuestros pensamientos más sinceros, más íntimos. Auténticas radiografías del sentir de cada cual, de las angustias de cualquiera, confiadas a un medio que no te cuesta nada. Y ni siquiera preguntas por qué será tan barato psicoanalizarte, hablar a larga distancia. A nadie le importa que, como mucho se dice, estas facilidades de transmisión de una punta a la otra del globo sean un hábil truco de gente muy curiosa, que antes, con bastantes dificultades, tenía que intervenir los teléfonos, entrar en tu dominio de internet para curiosear en tu vida. Para saber si eres rojo o blanco. Una obsesión, curiosamente, que los Estados Unidos han tenido desde por lo menos la llamada Guerra Fría (1945-1989).

Todo el mundo que sabe algo, y tú eres de esos, no ignora que actualmente toda la mensajería que circula por los llamados correos electrónicos, amén de las comunicaciones telefónicas y los chat son espiadas por los Estados Unidos a condición de que esos mensajes contengan palabras claves que a ellos les interesa. Todos los presidentes de EEUU han dicho, hasta los más “demócratas” que era una necesidad imperiosa, por el bien de todos, claro está. El FBI es el mayor espía casero de Estados Unidos y se hizo célebre por casos como los de Marilyn Monroe y John Kennedy y otros personajes públicos de los que tienen o tenían espesos dossier que el entonces jefe de esa camarilla, John Edgard Hoover, que espió a sus conciudadanos a su gusto desde 1935 a 1972, usaba como un arma de poder.

Pero no importa que nos espíen porque la necesidad de explayarse es muy fuerte. Qué más da si en algún lugar del mundo leen lo que escribimos, oyen lo que decimos.

Hemos entrado en la era de las comunicaciones anárquicas, desabridas y pachangueras en la dirección que sea. Ya la gente se insulta por las mensajerías que tiene a su alcance y a veces en las portadas de los periódicos.

Pero da rabia y desconcierta cuando un semanario como el francés Hara Kiri que sufrió un espantoso atentado por haber querido hacer humor con la religión de los yihadistas, los malos de todas las películas que cada cual rueda en Occidente, saca en su portada al cantante franco-belga Johnny Hallyday, el que me enseñó Rock delante de la iglesia Notre Dame de la Trinité, en París, todo lo bueno me ha ocurrido en París.

En esa maldita portada, el bueno de Hallyday, que entonces llevaba luchando contra un cáncer de pulmón el tiempo suficiente para desesperarse, aparece enchufado, como hacen en los hospitales cuando la vida pende de una mierda de hilo de no se sabe qué, aparece enchufado de forma grotesca, enchufado a los aparatos que lo mantienen en vida y el que se cree humorista, al que debería colgar Sergio Leone en una de sus sogas de mil paseos por el Oeste, pone una leyenda a un dibujo abominable: Johnny se pasa a la electrónica y abandona el Rock, o algo parecido, tal es mi cabreo por tan gracioso personaje que mata en vida.

Pero quizá tenga yo la solución. En mi pueblo del fin del mundo, con vistas al África más profunda, he descubierto un nuevo santo todavía no inscrito en el calendario católico pero que es objeto de la bendición de la gente, hasta de los finlandeses que son la primera colonia extranjera en este pueblo del fin del mundo y más allá de la Europa civilizada.

Dejan ramitos de flores a un personaje que yo había creído hasta ahora era solamente un pescador de esta playa. Pero como está delante de una iglesia católica del lugar, creen, seguro, que es un personaje beatificado y tal vez canonizado. Estoy seguro de que el difunto, a menos que siga vivo, Manolo se llamaba, y al que un escultor plasmó con su cara deformada arreglando redes en un busto de bronce, no sabía que era un puñetero santo con flores y quizá rosarios de la aurora.

Es la comunicación de nosotros, ruega por Dios, que creemos que todas las soluciones se encuentran en la imbecilidad de contarse la vida vía Internet. Dios salve a la Reina. Y si tiene tiempo a los que pueda.

Aquella deliciosa amiga de las llamadas redes sociales me aseguró que lo mejor para escapar a la realidad era dormir. Pido a los dioses que me den buenos sueños. Pero es todo lo contrario. Veo un camión de repartidores del hogareño Butano saltar por los aires. Es un atentado. La realidad de los sueños es peor que la realidad sin más.

En cuanto me despierte iré a poner flores al santo Manolo que Dios tenga en su gloria, amén.