La muñeca y el escribidor
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Mundo loco, loco mundo, en el que ya no sabes a qué santo, a qué virgen encomendarte. Los diablos que andan sueltos te tiran de los pies, te hacen burlas, descontrolan al personal. Imaginen que quieren cambiar las prostitutas que ejercen su oficio para vivir, no me refiero a las enviadas por los chulos de esos países que nada más comulgan con el mal, sino a la profesional de toda la vida que a cambio de un rato de amor, a veces de pura compasión, ganan para vivir su propia vida, que no es, desde luego la que llevan en los ratos que dedican al más viejo oficio del mundo. Sabios locos, malévolos, matemáticos de los chanchullos para hacerse ricos cueste lo que cueste, están inventando muñecas de goma con las que pretenden poco a poco, con la paciencia de las hormigas devoradoras de todo lo que encuentran, reemplazar a las mujeres que se prostituyen. No es una broma, ni un invento de un cine mudo. Ni siquiera se le ocurrió a Berlanga cuando tuvo la ocurrencia de rodar “Grandeur nature” (Tamaño natural, 1973), una película, por llamarla de cualquier manera, que ni el francés Michel Piccoli, protagonista, consigue salvar. La hunde en las profundidades de la pantomima sin gracia ni talento.

Ese filme es la historia de una pasión que podría haber resultado interesante, como cuando se supo que el Premio Nobel Camilo José Cela coleccionaba maniquíes como los que en las tiendas presentan vestidos. Pero hasta esto es más normal, incluso aceptable y comprensible, que querer tener una muñeca de goma que, naturalmente, nunca podrían fabricar a imagen y semejanza de una mujer. Aunque quién sabe con esos japoneses que ya proponen seriamente robots para distintos menesteres.

Ya ha habido dos intentos serios de que los hombres se aficionen a las prostitutas de caucho. En París se abrió un prostíbulo y en Barcelona otro donde las oficiantes eran o son esas criaturas sin alma.

Cuando piensas que París fue el centro del mundo de la prostitución de altos vuelos, con señoritas, ahora les llaman “scort” o algo así, que no frecuentaban más que personajes del mundo de las decisiones diplomáticas, a los que visitaban en el domicilio volante de sus habitaciones de hoteles sin estrellas. Noches que rendían mucho para les Renseignements Généraux, servicios secretos franceses que sabían que las confidencias en la almohada eran las mejores y las más sinceras.

Y, ahora, si las que tienen que informar de un atentado escuchado entre dos suspiros, de una operación diplomática que pone en peligro al mundo son las muñecas de goma…

Ya les he dicho que vivimos en la inopia de la imbecilidad pasada por el cedazo de los jóvenes “managers” que ahora lo deciden todo, aunque su experiencia sea de escuela de párvulos.

Por si acaso, digo yo, la prensa tan embustera ella cuenta que Steven Spielberg ha decidido que las próximas aventuras de Indiana Jones, que a latigazos lideró más de una vez el ya medio derruido Harrison Ford, el papel principal, el de este actor y sus latigazos, lo interpretará una actriz. Y punto en boca.

Ya les digo, un mundo total demente. Pienso que si a los “prostibuleros” se les hubiese ocurrido fabricar muñecas tamaño natural de escayola en lugar de utilizar el latex o cualquiera alguna de esas materias esponjosas, habría habido seguramente un problema para los clientes más apresurados.

Vamos insensiblemente hacia el mundo de la nada. La figura de la mujer desaparecería totalmente del cuadro del hogar. En su lugar, los casamenteros te ofrecerían lindas, mudas y dóciles muñecas de goma con reacciones auditivas primitivas como el placer o el disgusto. Los banquetes de bodas se organizarían alrededor de los novios y de cuatro íntimos y los restantes doscientos invitados serían robots japoneses muy baratitos, no habría que pagar el cubierto, pero, es cierto, que tampoco traerían regalos.

¿Y los hijos? Se encargarían a madres de alquiler que por su rareza se convertirían en personajes sumamente importantes y engendrar un hijo saldría casi tan barato como un coche de alta gama.

Vida feliz a lo Orwell, donde se sustituiría una parte de la población de las ciudades por obedientes robots encargados de las faenas más fastidiosas y por módicos precios.

Mundo feliz, mundo de locos, en el que los humanos serían encargados de los trabajos más agradables, dejando que los robots se encargasen de lo demás.

En cuanto a las mujeres, participarían en trabajos importantes y serían una especie de memoria perdida. Pero la pareja formada tradicionalmente por un hombre y una mujer sería cosa del pasado, mera curiosidad histórica.