Y Donald Trump sin enterarse
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Una de las primeras cosas que hizo el nuevo presidente de Cuba, Miguel Diaz-Canel, fue entrevistarse telefónicamente con el líder ruso, Vladimir Putin, poco después de que en su primer discurso dejase bien claro que «No hay espacio para una transición que destruya tantos años de lucha», refiriéndose, obviamente, a la revolución cubana nacida en 1959. Y recalcando por si alguien tenía dudas: “Seremos fieles al legado de Fidel Castro, líder histórico de la Revolución y también al ejemplo, valor y enseñanzas de Raúl Castro, líder actual del proceso revolucionario»…

Todo esto sucedía al ladito de los Estados Unidos y, aparentemente, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, lo oyó de refilón, porque su primera reacción al nuevo momento en Cuba parecía lejana, como si no se hubiese enterado de nada o de poco menos.

Después de hacer ver que “amaba a Cuba”, curioso en sus labios, Trump empezó con sus lecciones a través de uno de sus portavoces, en declaraciones a la agencia española Efe: “El nuevo presidente de Cuba debería dar pasos concretos para mejorar la vida del pueblo cubano, respetar los derechos humanos, acabar con la represión y permitir mayores libertades políticas y económicas”.

Un mensaje de “bienvenida” que sin duda cayó como un jarro de agua fría en La Habana, donde el nuevo primer mandatario acababa de dejar bien sentado su fidelidad inalterable a la revolución.

Y Donald Trump sin enterarse. Es verdad que andaba liado con el presidente de Corea del Norte y no sé qué desarme nuclear.

Hasta uno, que no es más que un mero observador a muchas horas de vuelo de Washington, comprende que si Vladimir Putin habló de primerísima mano con el nuevo líder cubano es por algo. Y rápidamente le ofreció ayuda para modernizar el país. Dicho de otro modo, el país más importante del mundo, llámese Unión soviética o Rusia, sigue al lado de la nación socialista única en el Caribe.

Se sitúa esta conversación cuando Moscú tiene importantes frentes abiertos que suponen casi otra guerra fría, pese a que ya no se hable de la Unión Soviética y de los países comunistas del Este de Europa, sino solo de Rusia, como si se le hubiese querido rebajar.

Llega el nuevo presidente de Cuba a la palestra mundial cuando los rusos más necesitan amigos que les comprendan y apoyen aunque solo sea políticamente. Y esto sucede cuando Cuba es un país con sesenta años de revolución a sus espaldas, muchas vivencias, empezando por la crisis de los cohetes de 1962, momentos en que el mundo pensó estar al borde de un holocausto nuclear. Y cuando Cuba quiere ponerse a la par del resto del universo, porque más de medio siglo de abstinencia deja hambre suficiente para querer mejorar las condiciones de todos los días y hacerse respetar.

El caso es que, por primera vez en mucho tiempo, la prensa europea ha estado pendiente de la elección que tenía lugar en Cuba y que pone fin al que parecía inevitable y para toda la vida reino de los Castro.

El hecho de que el recién elegido sea un hombre más joven abre interrogantes y deja lugar a la esperanza. Pero da la impresión de que pese a estas novedades, inesperadas para los no iniciados hace muy poco, Cuba sigue estando muy lejos de Europa, en todo caso a más de ocho mil kilómetros.

Porque en muchos países, posiblemente con más ganas en Estados Unidos que en Europa, hace muchos años que se esperaba que en Cuba se produjese una transición política, pasando a un régimen que nada hubiese tenido que ver con el fidelismo. Las palabras del sucesor de los Castro no dejan lugar a dudas. No habrá transición a la española, cuando tras el fallecimiento del General Francisco Franco, el 20 de noviembre de 1975, España vivió una apertura política inesperada que dio paso a todos los partidos, incluyendo al partido Comunista, ante cuya legalización las fuerzas franquistas y los militares opusieron una seria resistencia.

Casi coincidiendo con los cambios escenificados estos días en La Habana, el francés Vincent Bloch, antropólogo, politólogo y lingüista, ha publicado un libro titulado “La lutte. Cuba après l’effondrement de l’URSS” del que da cuenta el diario Le Monde.

Dice el cronista que este libro es “un relato a la Balzac, meticuloso y apasionante, sobre las intrigas y las estratagemas desplegadas por los cubanos para “resolver”, como ellos dicen, sus tres problemas cotidianos: el desayuno, el almuerzo y la cena”.

El autor del libro liga sus conclusiones a los debates teóricos sobre la naturaleza totalitaria del castrismo…

“El castrismo –dice Le Monde—se ha convertido en un punto ciego sobre el que se pasa tanto más fácilmente cuanto que el encanto discreto del Caribe invita a zambullirse en las tres S, sea, sex and sun, mientras que nuestros abuelos iban a broncearse a las playas españolas sin tener en cuenta la propaganda franquista. Cuba no es España, indudablemente. Pero para los cubanos es peor ya que hace sesenta años que eso dura en lugar de los treinta y seis de Franco”.

Un libro que prueba que Cuba sigue siendo de máximo interés para Europa y que nada de lo que ocurre en ese país deja indiferente a nadie en Europa.