Al Pacino en la Calle N
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Sergio Berrocal Jr | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Mañana será otro día, dice el inocente que nunca ha visto nacer una mañana repleta de furor y sinrazón. La mayor imbecilidad del mundo, colosal. Los días se siguen y se parecen. Lo mejor que te puede pasar, inocente divino, es que el día después, como en la superproducción guerrera de Darryl F.Zanuck, resulte un poco menos peor que el anterior. Pero ahí se para la misericordia de los dioses que tienen otras Ledas que embarazar ar en el universo de los todopoderosos.

Con 77 años, Al Pacino sigue de policía irascible y sarcástico en “Hangman” (2017). Supongo que tiene que seguir ganándose la vida o puede que se aburre tanto fuera de los estudios que le hinca el diente a cualquier personaje.

Ojalá un día, una noche o cualquier trozo de almanaque con numeritos colorados, un día o una noche que no parecían más terribles que sus primos y hermanos, piense que nada vale más la pena, justo antes de que te des cuenta de que nadie te ha preguntado nada. Tendrás que aguantarte hasta que te llegue el momento porque eres demasiado cobarde para buscar otras soluciones. En el fondo, y no digamos en la forma, somos capaces de llegar. Todo lo demás son cuentos de sushi y otros arroces tres delicias o las que tú quieras, con rollitos de primavera y hojas de menta refrescada en un gin tonic frío y perverso como el que paladeaba Rita Hayworth antes de quitarse el guante de la discordia.

Mientras tanto, mientras pueda, compañero de aquella noche de farra en la calle N de La Habana, puedes entretenerte con todas esas malas películas que te brindan las carteleras. Malas y pretenciosas. Pero por lo menos con esas rebanadas de cine apenas cocido, sin tomate ni una pizquita de sal, no sufres, porque las buenas películas, las pocas que van quedando, te lo hacen pasar mal porque a cada plano temes que se jode el invento y lo que te parecía una obra más que maestra se convierta en un rollo.

Si te gusta el cine fatalmente tienes que sufrir con el actor o con la actriz que prefieras porque hay guionistas perversos que escriben como si fuese una carta a la tía Luisa, la de Melrose Place.

Estás, pero quizá no te hayas enterado, en un mundo donde los valores dignos de tenerse en cuenta escasean y entonces tienes que buscarlos en la ficción de un batín de seda del último faraón de Cecil B. de Mille.

Te aconsejo lo busques más bien en los libros que en las películas porque a menos que escudriñes algo muy preciso, todo lo demás suelen jugar con valores negativos y perdedores que nada tienen que ver con “El salario del miedo” de George-Henri Clouzot, el de la pipa diabólica, o con los últimos ratos a orillas de aquella montaña africana donde el cazador blanco ya huele a podrido mientras ella corre a buscar su inseparable Chanel5.

Me paso la vida escuchando que soy negativo, que hay muy pocas cosas que me gustan y menos gente que me parece merecer la pena. Y es cierto. Jesús el Nazareno murió, resucitó y volvió a desaparecer, vaya usted a saber dónde ni cuándo.

También es verdad que no me oigo reír. Pero es que todos estamos necesitados de un cóctel confeccionado al alimón por Freud y Lacan. Como para soltar risotadas. Ya no vale aquello de “Qué bello es vivir”. ¿Dónde te escondes Frank Capra?. Los milagros son tan escasos como la sensatez de quienes cobran para gobernarnos como si fuéramos escolares retrasados mentales salidos de un orfanato olvidado por Dickens en sus plegarias.

Solo los doctorados en Maldad y Estupidez pueden sobrevivir. El resto de la humanidad sufre que no la valoren, que le den patadas en lugar de besos, que les atropellen con la moto “Triumph” de Marlon Brando cuando todavía no había tenido que enterrarse en una cueva en Camboya en espera de que Robert Duvall se pusiese chulo y le mandase a sus helicópteros melómanos.

Finalmente, cuando ya vuelves a estar al borde de la nada, allí donde te sirven el Johnny Walker con alcaparras jugosas lo mejor es correr a ver una película que merezca realmente la pena, aunque haya que correr mucho. O entonces, si todo ha fallado, si el proyector se ha quemado y la sala se ha congestionado de palomitas saladas, búscate una buena película enlatada en un CD o en uno de esos artilugios divinos. Dios te bendiga, compañero.

Pero la película no ha terminado. A ella, una aparición de pastorcillos de la Metro, la encontré en la primera página de “Juventud rebelde”. Llevaba puesta en su cara de muchacha recién matriculada la sonrisa más bonita de cualquier película en la que Doris Day cantara, Tenía las piernas bronceadas como el sol y los pechos erguidos bajo una blusa blanca, acompañada por una falda amarilla Van Gogh. Le pregunté la hora y ella me respondió con dientes blancos de dentífrico de cuando la gente se lavaba los dientes que todavía teníamos tiempo de llegar a la función del Yara.

Vimos una vieja película de Pastor Vega y cuando salimos el calor barría el viejo puerto de La Habana, donde un gigantesco y horrendo buque traía y llevaba turistas. “¡Qué horror!” dijo ella sin dejar de sonreír. Seguimos hasta el Malecón y la invité a tomar un helado de fresa y chocolate en el Nacional. Amanecía en París.