Joan Baez, cuánto te amamos
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Pónganse la mano en el corazón y díganme si no estuvieron ustedes enamorados por lo menos un cuarto de hora de Joan Baez, caballeritos que hoy visten canas del último regimiento del 7º de caballería, dispuestos a todo por un cachito de amor.Eran aquellos años de la guerra de Vietnam, cuando los norteamericanos, tan listos ellos, creyeron que lo harían mejor que los franceses y sin pensárselo se metieron en el fangal de una guerra (1959-1975) en la que la más fría y alta tecnología luchaba contra patriotas llamados vietcong que habían echado a los franceses y ahora iban a expulsar a los yanquis.

Estados Unidos se incendiaba de mil manifestaciones de estudiantes que como Joan Baez, y sin siquiera tener más información sobre aquella absurda contienda, se echaban a la calle y los que podían cantaban en concentraciones hipis.

Joan Baez con su carita de ángel disfrazado de niña buena, fina, seria, que no parecía cuadrar muy bien en aquella locura, cantaba contra la guerra y por esa paz que todavía colea como una asignatura que el mundo no ha aprobado.

La he visto en el semanario francés Le Point, donde contaba que la Pasionaria que todos vimos en ella era en realidad una mujer muy comedida. Y se me ha caído en alma a los pies. Ya tiene nuestra edad, la edad de la sabiduría. Y a ella le sobra. Entre sus canciones tiene una dedicada al Presidente Donald Trump, con el bonito título de “Nasty Man” (Gilipollas, o algo parecido). Una ocasión para que hable de ese hombre que intriga al mundo y desespera a una parte de los norteamericanos:

“Los medios de comunicación de Estados Unidos son máquinas de mentiras. Los conservadores mantienen un discurso mucho más estructurado e inteligente que los liberales. Debaten entre ellos desde hace cuarenta años en grupos de reflexión, mientras los liberales no han aprendido la dialéctica. Trump no es muy brillante, pero es genial con las palabras. Su elección ha hecho que las mujeres se despierten ya que nunca habían prestado atención a la forma como eran tratadas”.

Se queda Joan Baez en el papel cuché de la revista. Y los recuerdos se despiertan al mismo tiempo, sobre todo los malos recuerdos, a los que nos cuesta tanto trabajo espantar. Suelen salir de sus madrigueras poco antes de que amanezca, un ratito antes de que la gente se eche a la calle tal vez convencida de que hoy, precisamente hoy, va a ser un buen día. Pero es sábado, el más horrendo momento de la semana porque da paso al domingo, ese siniestro momento de la vida del que siempre he huido.

Los malos recuerdos han salido dispuestos a hacerte polvo, a verte como corres en busca de aquella pastilla blanca que les ahuyenta. Pero son tenaces, como todo lo malo. La maldad tiene la piel muy dura.

Y Joan Baez corría por praderas en medio de los caballos de la represión de la América conservadora (a lo bestia, a lo Apocalypse Now), abrazada a su guitarra haciéndonos pensar a los de su edad que era nuestra novia norteamericana, aquella progre muchacha guerrera que se atrevía a plantar cara a las fuerzas del mal. Los más jóvenes se conformaban con tener en ella una hermanita guapa y simpática.

Joan Baez nos ha recordado a aquella otra guerra de Vietnam, la que con el nombre de Indochina libraron los franceses (1946-1954) en el país que antes habían conquistado y donde ya el francés era lengua corriente. Mis recuerdos son los que les chupé a gente joven que en Dien Bien Phu perdieron la última batalla y luego regresaron a sus ocupaciones en Francia.

Cao-Bang, un francés al que la guerra había pillado recién salido de los pañales, tenía unos treinta años cuando le conocí en la Redacción de France Presse en París, donde después de haber soltado las armas fungía como “operador”, raza cuya misión en el periodismo de los años sesenta del siglo XX consistía en transformar las informaciones que los periodistas les entregaban en estrechas bandas perforadas que a través de un aparatito con muchos agujeritos vehiculaba las noticias por el mundo entero.

Le llamábamos Cao-Bang, o algo parecido, seguramente por alguna batalla de Indochina que él nos había contado. Era un tipo guapo y podría haber corrido la suerte de un Alain Delon que luego de pasar por la guerra de Indochina se convirtió en la estrella de cine que el mundo conoce.

Terminó la guerra, Cao-Bang siguió contándonos sus historietas de papaya verde y de mujeres maravillosas que sabían decir Je t’aime con un acento muy particular. Terminó la guerra y comenzó otra, de la que Cao ya no era más que el encargado de transmitir lo que ocurrían en aquellas planicies que él se había pateado cuando creía que la paz empieza nunca.

Esta mañana, cuando el sol se ha tragado por fin a las siniestras tinieblas de la madrugada que miran al durmiente con toda la maldad, esta mañana puñetera en la que Joan Baez luce pelo corto y blanco pero el mismo rostro bonito de los sesenta, aunque algo arrugado porque el tiempo no pasa en vano. Esta mañana, o esta noche, depende de tu paralelo, hay muchas ganas de llorar, como cuando eras un niño y siempre había alguien para consolarte.

Es lástima que no puedas llegar al bar de los borrachines matinales, de los finlandeses que tienen el país más feliz del mundo y se sin embargo se pierden en mi isla africana, y pedirle al camarero:

Ponme para empezar un descafeinado con cicuta, nada de azúcar.

Adieu, mon coeur, la papaya era verde, tú eras joven, decían que las guerras eran bonitas, viriles, emocionantes. Y tú te quedaste en la biblioteca de tu barrio leyendo “El americano impasible”, que hablaba de esa guerra de Indochina, de ese amor que el personaje de Grahan Greene había encontrado en la complaciente muchacha que hablaba un francés envuelto en cantos.

Ya ha amanecido. Que dios o el diablo repartan suerte, como dicen los toreros cuando salen al ruedo, a matar y a veces a que los maten.