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Black Panther entre Luz y sombras

Sergio Berrocal Jr | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La película que ha sido más taquillera en las últimas semanas en Estados Unidos, “Black Panther”, contiene una importante carga mística que para los no conocedores se diluye en la historia de héroes Marvel.A finales de 940, poco después de concluir la escuela secundaria, Stan Lee, creador de comics, consiguió un trabajo de ayudante en la editorial Timely Comics (hoy Marvel Comics) entonces propiedad de Martin Goodman. A los 20 años, debutó como guionista con un relato de dos páginas protagonizado por el Capitán América. Su objetivo entonces era convertirse en un escritor a la altura de sus admirados Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle o Edgar Rice Burroughs. Pero firmó este primer trabajo con el seudónimo de Stan Lee y en 1961 le llegó el éxito con la creación de los 4 Fantásticos. Pero todavía tenía muchas historias más por crear.

En unos pocos años, creó junto con Jack Kirby y Steve Ditko a la gran mayoría de los personajes clásicos de la editorial. Este éxito hizo que Marvel se convirtiera en la editorial más importante del momento, y marcó el comienzo de la llamada Edad de Plata del cómic estadounidense.  Incansable difusor de Marve, Stan Lee no deja de escribir columnas y guiones ocasionales. Entre ellos, la serie de especiales (Just Imagine Stan Lee…) de 2001 para DC Comics, la principal competidora de Marvel, donde recreaba a los principales personajes de su universo (Superman, Batman, Flash, entre otros). Entre sus creaciones destacan personajes que forman parte de la iconografía universal como Spider-Man, los X-Men, Iron Man, Thor, el Doctor Strange, Daredevil, Los Cuatro Fantásticos, el increíble Hulk, los Vengadores, Pantera Negra, Silver Surfer, y Nick Fury.

Conscientemente o no, la utopía de Lee y Kirby dio forma a uno de los primeros superhéroes afroamericano de la historia de Marvel mucho antes de la aparición del Partido Pantera Negra de Autodefensa en los Estados Unidos, que aparecía en la portada del volumen uno del número cincuenta y dos de los Cuatros Fantásticos. En julio de 1966 aparecía el personaje de Pantera Negra, El príncipe Bantú.

Los bantúes están divididos en cuatro grupos principales. Entre los más característicos figuran, de norte a sur, los fang, bakuba, baluba, lingala, bakongo, hutus, baganda, kikuyus, tongas, bechuanas, hereros, swazi, sotho, zulúes y xhosa. La gran extensión en África del complejo lingüístico-cultural bantú y su gran cantidad de hablantes se debe a un controvertido proceso históricamente conocido como expansión bantú, originado en el área centro-occidental africana y dirigido hacia el este y el sur del continente.

Con la expansión étnica de estos grupos también se difundió sus cultos y creencias de orígenes congas emigradas tanto a Cuba como Brasil mediantes sistemas secreticos como: Umbanda, Quimbanda, Candomblé y la Santería Yoruba quien se subdivide en ramas litúrgicas tales como “Osha –Ifá y el Palo Mayombe Congo Bantú”.

Creencias que de cierta forma resucitaron durante la revolución cubana encabezada por Fidel Castro Ruz líder de la resistencia contra Fulgencio Batista, quien falleció exiliado en Marbella (España) en 1973.

Según el periodista y escritor cubano Abel Sierra Madero Batista se presentaba públicamente como católico pero se dice que se movía entre Regla de Ocha (santería), el culto a Ifá y el Palo Monte (Mayombe). Según versiones que circulan entre babalawo y santeros cubanos, Batista había recibido la Mano de Orula, rito de iniciación en el sistema religioso Ifá, y era “hijo” de Changó, una de las deidades más populares y poderosas del panteón yoruba.

Según dicen, Orula (dios de Ifá) vaticinó que Fulgencio Batista naciera bajo el signo de “Ogunda di” profecía caracterizada por la mentira, el engaño y la desconfianza y Según recuerda el Babalawo Víctor Betancourt, quien lo apadrino religiosamente fue Bernardo Rojas (Irete Untendí).

Ese mismo año el líder de la revolución cubana Fidel Castro Ruz fue apodado por su pueblo como “El caballo” después de que una paloma blanca se posara en su hombro izquierdo, pues cuenta una historia religiosa que Olofi (dios creador) escoge los grandes sacerdotes mandándoles una paloma blanca posarse en señal de su bendición.

De acuerdo con quienes conocieron personalmente al comandante Fidel Castro, como fue el caso del difunto Ramón Díaz Hernández, quien me solía contar que aquel gallego y abogado fue “bendecido” al nacer por un haitiano y que con apenas seis años, fue “iniciado en palo mayombe” bajo los ojos de su abuela Doña Dominga. Y que durante un viaje a África Fidel se hizo Ifá allá por 1970 bajo la tutela de Oddua, deida yoruba representante de Jesucristo. “Recuerdo que Fidel era un Babalawo excepcional, de hecho no se comportaba como tal pero siempre llevaba arriba sus cosas y de cierta forma se puede decir que gracias a eso escapo tantas veces a los intentos de asesinatos ese tipo era excepcional”, confió en cierta ocasión Ramón.

De alguna forma cuando Stan Lee y Jack Kirby crean el personaje de Pantera Negra y su reino de Wakanda no podían imaginar la repercusión que pudiera tener el largometraje dirigido por Ryan Coogler en la gran pantalla.

Bajo un reparto totalmente afroamericano, con estrellas cinematográficas como la mexicana-keniana Lupita Nyong’o, Ángela Basset o Forest Whitaker, “Black Panther” adentra occidente al culto y misticismo africano no solamente mostrando rituales bantús pertenecientes hoy al palo mayombe como es el ritual ancestral de cambio de vida realizado por el actor Forest Whitaker quien fue consagrado en Cuba y reconocido en Nigeria con el grado de “Chief Nwannedinambe of Nkewerre” así como el actor Danny Glover quien también es Babalawo y pertenece al consejo consultivo de la cadena Tele Sur.




Y Porfirio Rubirosa se preparó para morir

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Era el 5 de julio de 1965. Porfirio Rubirosa, Don Juan de profesión, se estampaba en el Bosque de Bolonia de París a bordo de un Ferrari 250 GT, a los 56 años de edad. Había sido el hombre más afortunado del mundo. Las mujeres ponían sus cuerpos y sus haciendas a la altura de su herramienta de trabajo. Cincuenta y tres años después, sí, hoy, en 2018, aparece un libro titulado “Tombeau pour Rubirosa” (Tumba para Rubirosa), tocho de 460 páginas escrito por un tal Cédric Meletta.

Era el lunes 5 de julio de 1965. Me enteré al llegar a la Agencia France Presse que Rubirosa ya no se llevaría a ninguna mujer más a la cama y que ninguna multimillonaria podría meterle en su cama y en su alma de coleccionista de grandes amantes. “Rubirosa se ha matado”, me comentaron al sentarme en la Redacción.

En esta mañana de marzo de 2018 he empezado esta croniquilla para dar cuenta del libro pero sin el menor entusiasmo, más bien aburrido, porque el cielo de mi isla africana está como yo, no, desde luego, como aquel Lucien de Rubempré que yo me creía en aquellos años sesenta de un París que jamás volverá. Porque nada vuelve. Todo desaparece. Hasta las ilusiones. Y Rubirosa las tenía cuando unas semanas antes de su muerte estuve entrevistándole en su casa de campo de Marnes la Coquette, en las afueras de París… (Perdonen, pero he perdido mi taza de té…) Era el último periodista al que dirigía la palabra.

Me está costando escribir porque me doy cuenta de que aquel tipo alto, nada guapo, hasta un tanto desgarbado, pero que poseía según las entendidas un cipote de película de la MGM versión porno, me dio lástima aquel día de 1965. Me pareció que aquel hombre de 56 años, metido en un traje de corte provinciano, nada de piel de tiburón desde luego, con los ojos cansados, ahora diría que hastiados, no era el que me habían descrito.

En un rincón del jardín, su última esposa, que pronto sería su viuda, su primera y única viuda, la actriz francesa Odile Rodin, hacía como que se extasiaba con el perfume de aquellas flores, que quizá ni olieran a nada, porque todo era muy cinematográfico –creo que han hecho una o dos películas sobre Rubirosa, pero a quién diablos le interesa—mientras su esposo y yo charlábamos, o más bien yo preguntaba y él daba una respuesta a regañadientes. Y creo que no era porque le fastidiara la charla –probablemente ya no tenía nadie que le escribiera—sino porque no tenía nada que decir.

Me hablaba con voz cansina, tanto como la mía, porque yo estaba pensando mientras él hablaba en los puñeteros kilómetros que me quedaban para regresar a París, y él, de vez en cuando, sacaba mortecinamente a relucir un libro que había escrito, que iba a escribir o que estaba pensando en escribir –¿sabría realmente teclear en una máquina?—sobre su vida y sus misterios.

Había sido el yernísimo del hombre más odiado entonces en América Latina, el dictador de la República dominicana Rafael Leónidas Trujillo, una especie de bestia parda que le dio la mano y el resto de su hija única, Flor de Oro, al mismo tiempo que le confería un rango en el ejército, creo que teniente, y luego le encumbraba como diplomático. Y claro, como eran tiempos de que toda la escoria de América Latina terminaba por aterrizar en París, Rubirosa llegó, vio, le gustó y se quedó. Quizá, me digo ahora, medio siglo después, se sintió como esos pájaros que atraviesan océanos hasta que un día tienen que posarse en el primer poste que encuentran porque saben que van a morir.

Le fastidiaba hablar de su vida de chulo profesional que ya había tenido por esposas por lo menos a dos multimillonarios norteamericanas, Barbara Hutton y Doris Duke, y a otra actriz francesa de mucho renombre, Danielle Darrieux. Ni siquiera me dio detalles de sus proezas en la cama aunque luego alguna de las agraciadas se refirió a su aparato psicomotor como un sol que no se ponía jamás, una bandera que no se arriaba nunca.

Confieso que me importaba un carajo lo que me estaba diciendo porque yo tenía mi vida y él la suya, yo conducía un Volkswagen negro descapotable de segunda mano, todavía a medio pagar, que tenía caprichos de damita (en francés coche es femenino) y él no se subía en un coche a menos que fuera un Ferrari recién estrenado. Un puñetero asco.

La taza de té no me ha conferido la caridad cristiana que yo pedía para darle este penúltimo adiós. Agregaré que le hubiese encantado ver el libro recién publicado en Francia –hace 50 años, claro—porque del suyo famoso que tanto anunciaba ni trazas. Presumía de que en los últimos años había dado consejos a su suegro, el tirano Trujillo, para que levantara la mano. Y me aseguró que su libro, creo que en algún momento lo llamó memorias, iba a provocar escándalo. Pero ni siquiera se le asomaba una mijita de sonrisa, ese cachito que le pedía el fotógrafo para que aquel reportaje quedara presentable.

Después de que dejara el Ferrari 250 GT para la chatarra se especuló mucho. Algunos pretendieron que había sido asesinado, aunque nadie se decidía por sus eventuales enemigos políticos o por un consorcio de cornudos.

El caso es que se murió. Estúpidamente, aunque quizá no haya manera de matarse inteligentemente, a menos que sea con un Johnny Walker en la mano y con Doris Day cantándote en la otra. Cosas de las nubes. Sientan mal las nubes para un entierro.

Rubirosa, descansa en paz o como puedas. Muchos no te apreciaron y otros dijeron que tu encanto estaba en tu bragueta. Envidia, claro.