La Unión Soviética invade Checoslovaquia
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

 

(Buceo en el tiempo y sale este recuerdo de hace una eternidad vivido en la AFP de París)

 

El 20 de agosto de 1968 había sido tan caluroso en Washington como en París. En la capital francesa, la noche había caído y la temperatura empezaba a ser soportable. En la redacción central de la Agencia France Presse, una de los tres «mayoristas» mundiales de información junto con REUTER, y AP, se estaban instalando los periodistas del turno de noche, que iban a «administrar» las 300 o 400.000 palabras que les llegarían en las próximas horas en forma de despachos cortos, largos, reportajes, procedentes tanto de los srvicios internos de producción como de las delegaciones repartidas por todo el mundo y que son atendidas por casi mil enviados especiales y corresponsales.

Todo estaba tranquilo. Los teletipos ronroneaban. Por una vez parecía que se cumpliría esa broma repetida todos los años de que en los meses de verano no ocurre nada».

La principal actividad informativa de la noche parecía centrarse en los teletipos de Washington que escupian un discurso del presidente Lyndon B. Johnson, uno mas: relaciones Este‑Oeste, análisis de la situación político‑militar en el mundo. Pura rutina.

El Redactor Jefe de servicio, un sexagenario alto, de cabellos blancos y espesas gafas de miope, se preparaba a pasar también una noche más. Pura rutina. Apenas había tenido tiempo de echar un vistazo a las notas de servicio intercambiadas con todas las delegaciones (es la forma rutinaria que tienen las agencias de permanecer en contacto con sus corresponsales, amén del teléfono) cuando un rayo rompió la calma de la tranquila noche de verano.

La Casa Blanca anunciaba a través de los teletipos, ahora ya repicando siniestramente con las campanillas de la urgencia, que tropas soviéticas habían entrado en Checoslovaquia, un paIs donde precisamente en aquellos momentos, y según los más sesudos analistas, estaban soplando aires de libertad gracias a Alexander Dubcek, el liberal primer secretario del Partido Comunista de Checoslovaquia. Los relojes murales marcaban las 01h48 GMT.

La información con la revelación de la Casa Blanca se encabritaba ya a través de las redes de comunicaciones, hoy totalmente informatizadas, que desde la sede de la AFP cubren periódicos, radios, y televisiones del mundo entero, algo así como una potencial audiencia de mil millones de lectores, oyentes y telespectadores.

Habiamos pasado de la tranquilidad a la tormenta y en la jefatura de Redacción ya se trabajaba como en los momentos de crisis. El Redactor Jefe se quitaba y se ponía sus gruesos lentes como si ello le permitiese tener una visión más aguda de la situación.

¿Podía tratarse de un intento de intoxicación, de manipulación, montada por cualquier servicio que hubiese utilizado habilmente la circunstancia de que el presidente de los Estados Unidos hablaba al mundo ?. En el quinto piso de la AFP, en el llamado Servicio de Escuchas, los especialistas en asuntos del Este Europeo, capaces de interpretar el más farragoso despacho de una agencia de prensa comunista y de analizar instantáneamente las palabras de un locutor de una emisora de esa parte del mundo, intentaban encontrar un indicio que confirmase la noticia de la invasión de Checoslovaquia.

Mientras se intentaba comunicar con la delegación de la AFP en Praga, cosa bastante aleatoria dadas las altas horas de la noche. Al cabo de unos minutos se comprobó que resultaba técnicamente imposible ponerse en contacto con Praga. La angustia empezaba a sumergir a la Jefatura de Redacción donde unos y otros se preguntaban si no hubiese sido más prudente «perder» unos minutos para tratar de confirmar la noticia que iba a conmover al mundo. En los cinco continentes, las emisoras de radio y televisión habían interrumpido sus programas y los diarios preparaban ediciones especiales.

En este mar de preguntas sin respuesta a alguien se le ocurrió telefonear a la delegación de AFP en Viena, aun a sabiendas de que a esas horas era ilógico encontrar a alguien ya que hasta ese momento nada había justificado una permanencia. La capital de Austria había sido durante muchos años el puesto de observación privilegiado frente a los países comunistas cerrados a cal y canto.

El dios de los periodistas sufría probablemente de insomnio esa noche porque a la tercera llamada el teléfono era descolgado en la AFP‑Viena.

El que contestaba tan diligentemente era un enviado especial de la agencia que estaba asistiendo allí a un congreso científico. Se había olvidado una carpeta y antes de irse a dormir había pasado a recogerla. Una vez que se le puso al corriente de la situación, el periodista colgó y pudo conectar rápidamente con el hotel en Praga donde residía el hombre de la AFP en Checoslovaquia, que en aquella calurosa jornada de agosto se había ido a dormir.

El corresponsal no daba crédito a lo que desde Viena le decían por teléfono. Un tanto fastidiado por la impertinente interrupción de su diálogo con Morfeo empezaba a argumentar sobre la probable estupidez de la información de que le hablaban cuando de pronto olvidó sus apasionados razonamientos:

‑‑ Espera, no cuelgues…

Se levantó y se acercó al balcón de su hotel. Segundos después se oía en Viena su voz alterada:

‑‑ íEs cierto,..es cierto, están pasando tanques soviéticos debajo de mi balcón..!

Y así fue como pudimos confirmar la increíble noticia de que los tanques del Pacto de Varsovia habían hecho añicos la primavera de Praga en una calurosa noche de agosto de 1968.

(Publicado en mi ensayo “De Nixon a Bush. La Manipulación de la Información”)