La Duquesa de Guermantes
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Quiero ser Marcel Proust. Quiero vivir como Proust. Aunque no tenga su talento, pero que me dejen en una cama, masticando magdalenas y alguna que otra Magdalena cuando llega la noche, como parapeto para tanta inmundicia. Quiero soñar con la duquesa de Guermantes, pasearme en una barquichuela por un rio escondido y refugiarme entre las mantas cuando la cosa pinta mal, como pinta todos los días.Imagino a Proust encendiendo la radio por la mañana, una de estas mañanas que yo vivo en mi refugio de la isla africana. Y escuchando el montón de atrocidades en forma de noticias, una noticia mala cada dos segundos, noticias perversas que quitan el gusto de la vida.

Últimamente me ha dado por tomar té. Tomo té (igual que Proust) como otros rezan el rosario de la aurora cuando cae el puñetero día y ya no hay más que esperar que la angustia de la noche, el salpullido de la imbecilidad, la llamada telefónica del tonto de turno que te pregunta si no quieres otro teléfono móvil o prefieres una goleta, o una carreta con bueyes tailandeses, o una tarta fabricada por vírgenes tibetanas violadas por hermafroditas que recorren en kayak las cumbres borrascosas donde antes se fumaba hachís con manzanilla y bizcochos.

Cuando sea Proust, cuando la Duquesa de Guermantes se meta entre mis sábanas como D’Artagnan hizo con Milady, y encuentre al infante que todavía soy. Cantaremos villancicos después, antes y después del parto. Porque parto habrá. La Duquesa de Guermantes parirá del falso Proust una hermosa niña que a los doce años cogerá flores en el jardín de las mil rosas de Ispahan mientras mi padre, recitará: “Seguro que ella me mira. Estaba convencido de que le gustaba, que ella pensaría en mí cuando abandonase la iglesia, que quizá por mi culpa esta noche estaría triste”.

Te has pasado la vida creyendo, pidiendo, suplicando, rezando el padre nuestro, el rosario de la novena y el del mediodía con invocaciones que salían de la túnica negra de penitente que cuando tenías siete años te pusieron, te impusieron como la máscara al pobre rey de Francia, para una procesión de la que no entendías nada.

Jesús el crucificado está harto de que lo paseen día y noche, llueva o truene. Jesús, mereces una vida mejor. Mereces que los hombres te respetemos como nos respetamos a nosotros mismos, con adoración, pasión y chulería.

No soporto a Proust porque Proust me puede con sus cientos de páginas escritas de nada, para nada, simplemente para que los editores se preguntaran con angustia si aquellos manuscritos a los que ningún lector profesional le hincaba el diente eran una joya o una caca de burra pariendo por los arrabales de Buenos Aires cuando el pavo de Nochebuena atravesaba el Río de la Plata para meterse en aquel boliche donde te dieron la mejor carne del mundo y sus alrededores. Era en Montevideo. Seguro que Proust no fue corriendo detrás de la duquesa de Guermantes hasta Montevideo donde la esperaba un chulo de la pampa brasileña, porque a ella le gustaba más el acento de aquellos negros brasileños que criaban vacas suntuosas para suntuosas parrilladas.

En Buenos Aires se acabó el carbón y Hitler mandó al Graf Speed para joder a todas las flotas del mundo. Donde se ponga un buque de guerra nazi, se dijo el modesto Hitler, que se quiten todos los portaaviones del Golfo Pérsico que pronto bombardearán a Corea del Norte si al presidente Donald Trump le da al botón nuclear que tiene en su despacho, debajo de un montón de hamburguesas prestas para el consumo.

Pero en lugar de hacer la guerra, los norcoreanos han decidido organizar Juegos Olímpicos, como en la Roma Imperial, como en el Berlín del Fuhrer. Correremos dos mil metros en lugar de pegarnos tiros, que las municiones están muy caras y atletas tenemos para dar y tomar.

Entonces, Trump, que acababa su reflexión bimestral con asnos republicanos corriendo por las paredes del delirium tremens sobre el estado del mundo, se acordó de que las bombas norcoreanas podían fastidiar su bonita Trump Tower y perjudicar los negocios y para ese momento ya había mandado parar. Pérez Prado apareció por Nueva York y se armó la marimorena, en medio de los taxis amarillos, en lugar de los submarinos amarillos, hasta Cuba tiene uno, donde se baila y se hace lo que se puede hasta altas horas de la mañana del segundo día de Ramadán. ¿Por qué los taxistas de Nueva York no son igualmente amarillos?

Ya no quiero ser Proust. Me han echado a perder. Durante cuarenta años me enseñaron a escribir y ahora no hay nada que hacer para enderezar tamaño vicio. Un psiquiatra majareta me ha dicho incluso que padezco hipergrafía.

Nada sabíamos entonces del último tango en Brasil que Marlos Brando no supo nunca bailar y que aquella muchachita, María Schneider, algunas decían que hija de la dominicana María Montez la magnífica, tenía que soportar para que un cineasta italiano, Bernardo Bertolucci, ¿se acuerdan?, pudiese pretender a un premio en Hollywood. Se les fue la media de la mantequilla y aquello terminó mal. Brando acababa su carrera y empezaba otra en una cueva de Vietnam con Apocalypse Now.

Todo el mérito de Bertolucci estribó en untar el ano de la pobrecita debutante con un cacho de mantequilla apena descongelada.

Fue mi último metro en París. Partía para Sao Paulo lleno de maletas y de ilusiones. Digo San Paulo porque entonces, y no creo que los haya ahora, no había vuelo directo a Brasilia desde Europa. Había que ganarse el paraíso. Puse la Puerta de Brandemburgo en su sitio y me volví a meter en la cama.