Los miserables de Buñuel en Brasil
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Era una noche de 1997, en un momento de aburrimiento en la terraza de un hotel de todo lujo, como tiene que ser en Brasilia, donde los pobres son siempre más esperpénticamente harapientos que los miserables de Luis Buñuel. En un parking con vocación de vertedero público, dos negros desarrapados buscan afanosamente entre las basuras, mientras la noche veraniega despide espantosos olores que el viento lleva a las terrazas de los hoteles de esta zona noble de la ciudad. En medio del muladar, una vieja gorda da de comer a palomas hambrientas con cosas que saca de los contenedores rebosantes de inmundicias.

Se ha estrellado el sol. Uno de los negros que arrastra una pierna de un modo involuntariamente cómico discute con la vieja que ha vuelto con un automóvil más renqueante que ella en busca de todo lo aprovechablemente humano e inhumano. Los pobres, además de llorar, comen cualquier cosa. Nada de Carpe Diem para ellos, faltaría más.

No tiene nada que ver con el “Saturday Night Fever” cantado por los Bee Gees. Que más quisieran los traficantes de cartones, papeles y otras inmundicias limpias que les ofrece la burocracia de la capital de Brasil. Me voy al cercano barrio de Paranoa, la Brasilia de los pobres, pero tampoco hay música ni Travolta que lo remedie. Otra noche. Mismo lugar. Revuelo de automóviles, como en una escena de película desconchada. A la luz de los faros blancos, un médico ausculta de pie y al aire libre a uno de los negros.

Una enfermera —todos los personajes llevan batas blancas— entrega al hombre un medicamento. Un policía de guardia en uno de los grandes hoteles se acerca, curioso. Más ruido de motores. El parking muladar vuelve a encerrarse en la oscuridad y el silencio. El negro que ha visto al médico se sienta debajo de un árbol, como desligado de todo. Muy lejos de cuanto le rodea. Horas después estará en el mismo lugar. Inmóvil. Silencioso. Sus compañeros se han apañado una cama con cartones. Se ha muerto, de muerte natural, no de la fiebre del sábado por la noche, sino de la fiebre del hambre.

Es como si Luis Buñuel hubiese querido resucitar para buscar a algunos de sus «olvidados» entre los edificios modernos y a veces ajados de una capital inventada para un lejano futuro. Un futuro demasiado lejano quizá para esos negros que, no obstante, se empeñan en sobrevivir. Qué descarados son los pobres ahora que a Lula da Silva quieren meterlo en la cárcel para que deje de molestar a los ricos y mimar un poquito a los que más tienen.

Cuando ya bien entradas las tinieblas aparece rugiendo en el parking un moderno camión de basura, el negro de la pata renqueante se apresura para conversar con los recién llegados. Voces mudas y grandes gestos. Sólo falta el güisqui y los trocitos de hielo con que en los cercanos hoteles otros hombres tratan “otros negocios”. Los negocios son aburridos y miserables para los pobres de solemnidad.

Los campesinos sin tierras, que acaban de llegar a Brasilia para reclamar un cacho de pan, un poco de dignidad, siguen desfilando silenciosamente por una avenida que miraban de soslayo, con cierta desconfianza. Las chanclas de esos malditos que ni siquiera les dan la posibilidad de bailar en busca de una vida algo menos siniestra, forma una sinfonía que el sordo de Beethoven no hubiera apreciado.

Muchos hacían casi un alto delante de los edificios del poder que nada tenían que ver con los que conocían. Les sorprendía la cascada cristalina que caía permanentemente por la fachada del ministerio de Justicia. La entrada del ministerio de Relaciones Exteriores les dio ganas de acercarse más para jugar con los peces bien alimentados que servían de decoración. Brasilia parecía efectivamente una fiesta más que el escenario de una gigantesca manifestación de desesperación y de desamor.

En los laterales, donde ya se estaban montando las tiendas de campaña, empezaban a surgir tenderetes hechos con cuatro tablas y una imaginación infinita. Se vendían bebidas, recuerdos como aquella gorra roja. Pero los desarmados campesinos —habían dejado sus ofensivas herramientas de labor a la entrada de la capital para significar la paz de aquella marcha—, seguían arrastrando las zapatillas de goma. Unas zapatillas que unos veranos más tarde una empresa de Sao Paulo lanzaría en el mundo entero como el último accesorio elegante para pisar la arena de las playas europeas. Era imposible no dejarse ganar por la emoción del momento aunque fuese una marcha que no cambiaría nada en el panorama social o político mundial. Ni siquiera en el brasileño. Pero la gente de la clase media y la del gobierno llevaba días preocupadísima por aquella llegada masiva de gente que normalmente veían, con cierta repugnancia, en los telediarios, entre dos “novelas” de Globo en las que la lencería de las protagonistas hacía soñar incluso a las mujeres que no sabían qué podrían dar de comer al día siguiente a sus hijos. Esas telenovelas eran un culto que casi nadie se perdía a hora fija, a las oito, entre los horrores de los telediarios cargados siempre de los mismos espantosos reflejos de la actualidad del mundo y el concurso del momento. Las criadas de toda Brasilia, a las que sus amos pagaban lo justo para que pudiesen seguir limpiando sus mansiones, no se perdían ninguna noche la novela de Globo. Ni los amos tampoco. Sobre todo la novela de las oito. En punto.

Era un mundo muy distinto que hacía soñar a todos aquellos que en este ya mediodía calenturiento tropical se veían retratados en los soldaditos de las zapatillas de goma.

El otro mundo, el representado en las “novelas”, se ocultaba tras la fachada de los ministerios y sobre todo dentro del bello y extraño palacio donde despachaba el Señor Presidente.

Era la etapa final de la marcha de los campesinos que con su sola presencia, sin siquiera escupir en el asfalto casi abrillantado, amedrentaban a los poderosos.

¿Les extraña si les digo que los campesinos sin tierras, los muertos de hambre a los que Lula defendía, el mismo Lula que ahora está a punto de ir a la cárcel, no comían? Esos puñeteros pobres eran muy raros.

Era una noche de 1997, del pasado siglo XX.