Aquellos psiquiatras parisienses
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

 

En mis tiempos del cuplé, con juventud y buen pie, el psicoanálisis estaba muy de moda en París, donde la cosa se dividía entre seguidores de la escuela de Sigmund Freud (freudianos) y la de Jacques Lacan (lacanianos).Todavía no habían invadido los argentinos la capital francesa pero ya se llevaba el pasar largos meses, y hasta años, haciendo visitas regulares a un psiquiatra, mucho antes de que Woody Allen nos enseñara que psicoanalizarse es como ir al supermercado o al dentista.

Nadie hablaba entonces de psicólogos (estamos en los años 60 del siglo XX), como si no existiesen o tal vez nadie les veía la utilidad, porque cuando tenías un problema ibas al psiquiatra y si la cosa se prolongaba y tus finanzas te lo permitían, te embarcabas en un largo paseo por tu cerebro de manos del psicoanalista. Y si podía ser un profesor en psiquiatría, mejor que mejor. Nada de medias tintas.

Con la irrupción de los psicólogos, dejando en un segundo plano a los psiquiatras, parecería como si se le hubiese quitado entidad a los problemas del alma.

¿Han oído hablar ya de psicólogos en una película de Woody Allen? Yo no lo recuerdo.

En aquellos años teníamos clase y cuando se nos caía el alma a los pies, la visita al psiquiatra, o al psicoanalista, se imponía, era de rigor, sin intermediarios. Quizá es que estábamos tan locos que no podíamos conformarnos con medias tintas.

En el mundo que me ha tocado vivir ahora, en el fondo del sur de Europa, tengo la impresión de que los psiquiatras han sido borrados del mapa de la locura de andar por casa.

Cuando llegué a España quise consultar un problemilla afectivo y le pregunté a un compañero periodista que me recomendase un buen psiquiatra. Estábamos asistiendo a unas jornadas más que tediosas sobre el aceite de oliva virgen (ya ven lo sacrificado que resulta a veces el periodismo) y las ponencias eran tan soporíferas que tenían cabida todas las conversaciones.

El hombre me miró y me preguntó si tan mal soportaba aquello del aceite de oliva como para necesitar a un psiquiatra. Y acto seguido me habló de un psicólogo.

Luego conocí a uno de esos personajes que después de hacer como que me escuchaba atentamente me regaló un libro de autoayuda, cuyo precio en el mercadillo de los sábados no subía de un euro. La consulta me costó setenta euros.

Aquella experiencia medio africana me dejó el alma tiritando.

He pensado mucho sobre la preponderancia de los psicólogos con relación a los psiquiatras y he concluido que probablemente las autoridades sanitarias, que supongo existen como existen las del tráfico rodado por vías de más de 90 kilómetros por hora, habrían llegado a la conclusión de que dada la locura ambiente en el país a la hora de ellos tomar la decisión de marras no valía la pena molestar tamaños conocimientos académicos.

¡Qué tiempos aquellos! Qué emoción cuando el psiquiatra te tomaba en serio y no te daba el pasaporte con un libro de autoayuda. Confieso que me sentí importantísimo cuando le vi la primera vez poner el magnetófono en marcha y tomar notas compulsivamente al mismo tiempo. Esta atención hacia mi persona por parte de un profesional que, tenía constancia de ello, entre sus pacientes contaba nada menos que a dos senadores de la República Francesa, me llenaba de orgullo.

Hasta que empecé a preguntarme si mi caso no sería realmente difícil como para tratarse con tanta y divina atención. Porque cada vez mis visitas al psiquiatra se parecían más a la de los personajes de Woody Allen.

Entonces vivíamos en París y yo arrastraba por aquel entonces, es cierto, un problemilla gordo, algo así como la no aceptación de una pérdida. Pero seguro que los senadores de la República padecían trastornos más serios. Y la prueba de ello, me dijo una tarde de otoño una señora muy versada en el mundo de la política y de la psiquiatría, es que aquellos eminentes políticos también tenían cita de vez en cuando con una echadora de cartas con domicilio cerca de la Place de l’Etoile, lo que daba una idea de su poderío e importancia, que tenía loca a la gente grande de París con sus poderes adivinatorios.

Mis relaciones con la eminencia freudiana terminó bruscamente cuando una tarde –la consulta se situaba al ladito del más importante estadio de fútbol que entonces existía en París—estaba a punto de empezar un partido de la Copa de Europa y mi paciente psiquiatra se levantó, se puso una chaqueta granate que le iba muy bien y me preguntó si realmente yo creía en Dios. Le contesté que sí, desde luego, profesor, y entonces él vio el cielo abierto para despacharme antes de que el árbitro diese por comenzado el partido.

Y poniendo los ojos en blanco, creo que llevaba lentillas los martes y jueves, me deletreó:

-Pues si realmente usted cree en Dios, le consejo que se arregle con él.