La pasión, según Deborah Kerr
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Se te encoge el ombligo, el oxígeno no te llega al último botón de nácar de imitación tibetana en la camisa de rayas verticales que precisamente te habías puesto pensando que así sabrías ahuyentar el pánico, la angustia, el miedo.Está visto que siempre serás un inocente perdedor de pueblo aunque tu pueblo haya sido París.El ciego tiene unas impresionantes gafas negras de competición, como si fuese a lanzarse por una imaginaria y profunda pista de hielo con sus décimos de lotería agarrados al pecho como una sanguijuela múltiple. Parecen condecoraciones de aquellos generales bananeros retratados por el reportero Tintin.

Mirándolo freírse al sol de mediodía de esta isla africana te das cuenta de que detrás de él ha aparecido un gitano salido de una película de Emil Kusturica y se dispone a soplar en una tremenda trompeta que ya casi no le queda reflejo de cobre. Apunta el instrumento directamente a la nuca del ciego, que de vez en cuando levanta las gafas negras como el tizón para verificar un número que le ha pedido un parroquiano.

El trompetista suelta un alarido de corrido mexicano que el ciego parece agradecer porque sonríe como algunos de los pillos de Luis Buñuel o a cualquiera de sus olvidados. Una caterva de amas de casa que compran en la puerta de la plaza de abastos parece dispuestas a improvisar un ballet alrededor del lotero y su eterna mala suerte. Se dan cuenta que les falta la piscina, Esther Williams y la orquesta del maravilloso Xavier Cugat.

El gitano de Kusturica sigue soplando en su instrumento casi tan desfasado como él pero ya no sale ningún sonido por mucho que se esfuerza, a punto de reventar. Igual han tocado silencio en el cuartel lejano donde Montgomery Cliff nos llevaba de allí a la eternidad, haciéndonos sentir más jodidos que de costumbre, menos preparados para afrontar la vida, la tarde y la muerte.

Hasta que Deborah Kerr revuelva a Burth Lancaster en las aguas que lamen la orilla de una playa paradisíaca cerca de donde Montgomery lloraba con un grito salido de una corneta.El viejo agarra el bastón blanco que había tirado al suelo tras apalear al trompetista gitano. Las amas de casa no se interesan lo más mínimo por esta reacción sentimental y menos por Deborah Kerr y Burtt Lancaster que siguen las instrucciones del director Fred Zinneman, besándose según las castas y paternalistas normas que se aplicaban en el Hollywood de los 50 donde la sexualidad andaba siempre cerca del infierno, incluso antes de que Joseph McCarthy iniciara su cacería de enemigos de la patria, es decir los comunistas.

Pero nadie se percató entonces que pese a la censura y al bañador negro de una pieza de ella y el decente traje de baño de él, fue una de las escenas sexuales del cine de aquellos años más espectacularmente arrebatadora. Y eso que Deborah no osó quitarse el bañador como Rita Hayworth se había desprendido de sus guantes negros ante un furioso Glenn Ford. Largos, larguísimos guantes de seda que protagonizaron el más sublime de los strip-tease que en su versión más verde y atrevida solamente podía verse en la Place Pigalle de París.

Creo que Mario Benedetti dijo alguna vez que cuando miraba las piernas de su mujer creía en Dios; él que también diría “Yo no sé si Dios existe, sé que no le va a molestar mi duda”.

Cuántos creyentes habrán nacido en esa época en que las damas del cinematógrafo nos hacían soñar, a nosotros, pobres pecadores, que en aquellos años cincuenta del pasado siglo pecábamos raramente más allá de la imaginación.