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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

“Todas las mañanas, casi a la misma hora, llegaban al bar de la playa. Mientras los camareros con cara de sueño ordenaban las hamacas y las mesas blancas al lado del mar ellas se sentaban entre risotadas y bromas en tres lenguas. Madame Louise solía explicar que era ciudadana de ningún sitio, ni siquiera ciudadana del mundo que ya es un título.”Sus cabellos blancos, estrellados por algunos de esos reflejos que sólo saben dar los buenos peluqueros, enmarcaban un rostro sin grandes arrugas pero sobre el cual se habían deslizado muchos, muchísimos años de ilusiones hechas añicos. Sus ojos claros casi transparentes, conservaban chispas de tiempos mejores, tiempos de risas y felicidad. No obstante, reía constantemente, como si quisiera ahuyentar esos malos recuerdos que como lobos hambrientos merodeaban en sus sueños.

”Su fiel e indispensable acompañante era una mujer morena de unos cuarenta y cinco años que igualmente había tenido que conocer eso que vulgarmente se llama belleza. Era Jocelyne, su hija mayor, que corría a trompicones por la arena o chocaba ruidosamente con las olas tranquilas que nunca tenían prisa. Unas enormes gafas negras ocultaban sus ojos. Pero era tal su alegría que sus labios ya algo ajados, como si se los destrozara con los mordiscos de la impotencia, no dejaban de componer y lanzar estridentes palabras. Estaba siempre atenta a lo que se decía a su alrededor para a veces meter baza con gracejo y sin abandonar ni por un segundo aquella sonrisa suya que por inhumana podía resultar hasta molesta. De su pasado de belleza conservaba la gracia que Dios da a algunas mujeres que ya no tienen otro arma para seducir, forzar el cariño o simplemente el interés por pasajero que pueda resultar. Desprendía el magnetismo de quien sabe que tiene que esforzarse para agradar. Madame Louise y ella pasaban largos meses en aquel antiguo pueblo de pescadores encaramado en la costa del trópico brasileño. Nunca se las veía con ningún hombre.

Todas las mañanas era como una vieja misa dicha a lo largo de los siglos.Se sentaban alrededor de una mesa —Jocelyne siempre agarrada como una enorme lapa a su madre, como si de aquel contacto dependiese su última esperanza de salvación— y aparecía un camarero de camisa blanca en la que el calor húmedo iba dejando sus marcas y les ponía ritualmente dos cafés con leche en vaso largo.

”Para Jocelyne empezaba entonces la fiesta. Su sonrisa se ensanchaba y sus labios espesos esperaban con angustia que su madre le acercara el vaso caliente. Cuando el líquido marrón se adentraba en su boca y llegaba al paladar la muchacha parecía estar comulgando. Era un verdadero rito que las dos mujeres oficiaban juntas desde hacía años.

”Madame Lucienne era aunque mejor sería decir que había sido, la esposa de un embajador norteamericano, ya jubilado, al que había conocido una eternidad atrás en una embajada cuando Beirut era todavía una fiesta para privilegiados y no un campo de batalla para deshechos de un sueño árabe-cristiano perdido en el esplendor de los Omeyas en un país que durante siglos se llamaría Al-Andalus y que ahora se había convertido en un depósito de viejos pellejos anglosajones que aspiraban con ansias los rayos del sol, como si fueran gotas de elixir de juventud. El entonces joven embajador había quedado prendado de la belleza serena y morena de aquella libanesa de buena familia.

”Se casaron rápidamente y en la embajada de un país árabe cercano les vino al mundo Jocelyne. El bebé era casi una calcomanía de la madre que traía loco a aquel rubio diplomático. Una noche, como en tiempos del cólera, el calor de la pequeña capital cuyas puertas se abrían sobre el desierto, empezó a subir repentinamente y a medida que pasaban las horas convertía el paraíso en un infierno. En su cunita con sábanas de encaje de bolillo de Gante, la chiquilla pasó toda la noche gimoteando. Los padres no habían podido oírla porque estaban en una de las fiestas con las que el rey de aquel país de opereta construido gracias al petróleo y a los intereses estratégicos de Estados Unidos quería ahuyentar sus insomnios y sus pesadillas.

”En la residencia de la embajada ninguno de los criados, alocados por el repentino levante de calor, prestó atención a los llantos de la criatura. Al amanecer, el médico que acudió sin haberse desabrochado siquiera la pajarita del smoking y sin que se le hubiese pasado la resaca del güisqui,  fue claro y contundente: a la niña le quedaban estertores de vida si no era trasladada inmediatamente al hospital norteamericano de un minúsculo y vecino Estado incrustado en las arenas del desierto, más allá del horizonte.

”Palacio decretó en medio de la borrachera general que uno de los helicópteros del Rey fuese puesto a disposición del embajador. El monarca solía utilizar esos artefactos para pasear a sus mujeres por encima de las dunas y, según un “agregado cultural” de la embajada de Estados Unidos formado por la CIA, a veces, cuando la rabia le corroía la barba, los empleaba como trampolín para arrojar a algunas de sus favoritas al vacío. Eso sí. Luego volvía por los aires todos los días para observar cómo la infiel —el desierto era tan aburrido y nada tenía que ver con el del Principito— iba pudriéndose o, en el mejor de los casos, cómo pájaros y algunos bicharracos iban destrozándola. Contaban la historia de una de ellas, una bellísima chiquilla de quince años que había tenido más de un momento de locura con un alférez de la guardia real, a la que no había arrojado desde los aires. El helicóptero la había depositado mansamente en un oasis donde además de dátiles el rey había llevado a cinco viejos y locos lúbricos a quienes les encargó so pena de muerte que la violaran sin descansar día y noche. Con el semen de aquellos viejos quería vengar el que la favorita había acogido durante noches y noches, con gemidos de placer que empapaban hasta las sábanas del monarca, cuando el vientre se lo llenaba el oficial y ella abría sus piernas como una ofrenda infinita en una caja de nácar.

”En el aséptico Disneylandia con batas blancas construido en medio de dunas lunáticas para atender a la colonia norteamericana de la región, dos eminentes especialistas que pasaban más tiempo jugando al golf y bebiendo güisqui con hielo que atendiendo a enfermos graves diagnosticaron una infección viral a la que dieron un nombre rimbombante y poca importancia. Al día siguiente, Jocelyne era incapaz de distinguir las caricias que le prodigaba su madre ni ver la angustia de sus ojos.

”Se había quedado ciega y una parte del cerebro había dejado de latir. Rota de dolor, Madame Louise pasó por una fase de locura del olvido. Su esposo pidió el traslado y los tres se marcharon al país del que ya no habían podido alejarse y cuyo mar se reflejaba en esta mañana de eterno verano en las gafas negras de Jocelyne. Aquella noche de desgracia estaba casi olvidada en el torbellino del tiempo que todo lo cura y todo lo pervierte.

”Quince años después de que la chiquilla se quedara ciega, el embajador y su esposa tuvieron otra hija, a la que bautizaron con un nombre sacado del calendario sin nombre del país que les había acogido, Iris. Ahora vivían en un rincón de esa América Latina donde la civilización europea en sus diferentes versiones de conquistadores dejó harapos que con el tiempo y una nueva sangre se convertirían en oropeles de una nueva manera de vivir, de entender la vida. Jocelyne e Iris vivían en mundos muy dis- tintos, al igual que su padre y su madre. Iris era la nueva alegría del padre, que ya no vio más que por sus ojos. Le pareció que por fin Dios le había librado de la maldición del desierto enviándole una niña de ojos verdes que de mocita se revelaba una auténtica belleza. Jocelyne sentía esa diferencia y con el tiempo Madame Louise prefirió aislarse con ella y dejar que el embajador disfrutara de la bendición que Alá le había enviado en sus viejos días. Desde entonces vivieron separados.

”Jocelyne seguía comulgando con sus primeros buches del café matinal. Madame Louise le guiaba el vaso para evitar que lo derramara sobre su bonito traje de baño amarillo. No muy lejos, envuelta por las olas, la bella Iris parecía haberse escapado de los ballets de Neptuno. En aquella playa cuya arena era una alfombra turca tejida por la insolente espuma, ella paseaba y reía con su corte de admiradores mientras su hermana y su madre permanecían sentadas.

”Cuando a Madame Louise se le hablaba de la complicidad que existía entre ella y Jocelyne, la libanesa perdía la sonrisa que muy a menudo podía pasar por una mueca: “Llevo años que no sé lo que es estar a más de medio metro de Jocelyne. A veces resulta difícil porque se pone perversa y entonces me acusa de no haber estado con ella aquella noche del desierto. Pero nos queremos mucho y juntas estaremos hasta el final. Iris tiene todo lo que ella no posee. No es justo”.

”Pero Madame Louise nunca se permitía echarse a llorar. Decía con una sonrisa un tanto soñadora que ya no le quedaban lágrimas. Jocelyne sí las tenía y por la noche, cuando su madre dormía, las dejaba correr en la amargura de la oscuridad para siempre. Sabía que Iris era todo lo que ella no era. Lo tenía todo. Lo tendría todo.

”Una mañana, después de la comunión del café con su madre, le pidió a su hermana que la llevase en el velero pequeñito que su padre había regalado a Iris. Parecían las muchachas más felices del mundo cuando la vela empezó a coquetear con el viento suave y las impulsó fuera de la bahía.

”Al cabo de un par de horas, Madame Louise empezó a sentirse nerviosa y no paraba de dar paseos entre la arena y los primeros brotes del mar esperando el regreso del barco. Al cabo de un buen rato lo vio por fin, con una Iris asustada y llorosa. Le explicó entre sollozos que habían echado el ancla en una cala y que Jocelyne quiso zambullirse para bucear. Y no volvió a verla más. Hasta que amaneció al día siguiente, varias embarcaciones y un helicóptero de una base militar vecina buscaron a la desaparecida. Pasaron muchas mañanas, tardes y noches. Durante horas, hasta que caía el telón de la noche, Madame Louise miraba fijamente el mar. En la mesa el camarero de siempre seguía sirviendo los dos vasos de café de siempre, como si Jocelyne fuese a salir del agua de un momento a otro. Volvieron a pasar más mañanas, más tardes y más noches. Así transcurrió una semana.

”Madame Louise llegó al bar a la misma hora de siempre, pero sola y sin sonrisa. No tomó nada y sólo conversó unos minutos con el camarero de siempre. Al cabo de un rato pidió a unos pescadores que la ayudasen a arrastrar el velero al mar. En el fondo de la embarcación el camarero había dejado una mesita baja con dos cafés hirviendo y una bote- lla de champán en un cubo de hielo. El barquito se deslizó hacia más allá de las olas. Cuando llegó a la cala donde días atrás se habían bañado Iris y Jocelyne arrió la vela y echó el ancla. Sopló en uno de los vasos de café, se lo llevó a los labios para comprobar que estaba a la buena temperatura y tomó un sorbo. Luego fue dejando que el café cayese sobre el agua cristalina y que el mar se lo bebiese. Sabía que su hija, la maravillosa ciega que se había convertido en su única razón de existir, se estaba ya relamiendo los labios de gusto. El tapón de champán asustó a una curiosa gaviota. Madame Louise llenó la copa que había ía dejado en la mesita el camarero y mientras la lengua jugueteaba con el cosquilleo de las burbujas recordó los tiempos del desierto, la inutilidad de aquella vida perdida entre estúpidas recepciones mundanas y muchas burbujas como las que tenía ahora su copa. Recordó, como si lo estuviese viviendo, la llegada de la esperanza en forma de bebé. Recordó cómo la muerte le había plantado su mano encima una noche de calor, estupidez y champán, mucho champán. Tomó otra copa y al retirarla de sus labios vio la primera gota de una lluvia tropical, de aquellas que tanto disfrutaba con Jocelyne en el porche de la casa de la playa. Madame Louise se puso de pie. Dejó que la copa se rompiese mansa- mente en el fondo del barco y se arrojó al mar.”