El Bote
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Pepa Escobar | Maqueta Sergio Berroca Jr

Antes, cuando todos éramos unos infelices sumidos en la ignorancia, un análisis de orina era un momento facilón y solía consistir en llenar un bote de plástico y llevarlo al laboratorio, donde aprovechaban el viaje para chuparte un poco de sangre, lo que se llamaba, naturalmente, análisis de sangre. Pero como vivimos en un mundo cada vez más complicado, las cosas han dejado de ser sencillas. Ya no te dan un bote y te dicen que lo llenes y lo devuelvas. Ahora te entregan un artilugio sofisticado, llamado igualmente bote, con detectores electrónicos de no sé qué. Una especie de nave nodriza como las de aquella memorable serie de televisión titulada “V”. Al mismo tiempo te confían, con la solemnidad con que podrían prestarte por un ratito el Santo Grial, dos tubos, de plástico porque seguramente consideran que si fueran de vidrio podrías romperlos.

Entonces comienza la verdadera, auténtica y hasta terrorífica odisea tecnológica para los más impresionables. La orina hay que depositarla en un primer tiempo en el bote, pero acto seguido hay que cerrarlo herméticamente e iniciar pase lo que pase una operación sumamente delicada: introducir los tubos en un agujero que tiene el receptáculo y esperar a que se llenen. Por supuesto, estás convencido de que aquello no funcionará jamás de los jamases. Y, oh milagro de la ciencia, se llenan, como un vaso de cerveza sediento debajo de un grifo chorreante de espuma.

Confieso que lo que peor llevo es el análisis de sangre porque mis venas son feministas y se niegan a colaborar. Nada de penetrarlas. Se hacen las loca, juegan al escondite y la enfermera se desespera. Entonces le señalas, muy bajito para que la vena no se entere, un espacio casi invisible de donde a veces, cuando el viento está tranquilo y no hay ninguna tormenta perfecta al horizonte, se puede sacar algo.

Pero hay que ser muy experta o experto, que más de un enfermero se ha roto los dientes, para conseguir algún jugo utilizable. Y quien practica este arte a veces no puede ocultar su decepción, como el torero que pincha en hueso.

Un día me toco una señorita que me recibió vestida con una especie de traje de astronauta, como si acabase de llegar de una catástrofe aérea, y empezó la faena. Al tercer intento puso cara de Lauren Bacall cuando quería demostrarle a Humphrey Bogart todo el asco que sentía en ese momento por el machito que tenía al lado. Y la falsa Bacall te miraba con ojos de un agente de Beria en tiempos de Stalin. Hasta que harta de pinchar en hueso se decidía por la mano, el lugar más doloroso.

Desde que de pequeña no conseguía sacarle los ojos a la muñeca de porcelana que me habían traído los Reyes Magos, nunca había sentido tanta angustia e indefensión como con los nuevos artilugios recogedores de orina. Pasé toda la noche anterior angustiadísima, preguntándome si sería capaz de hacer frente a ese reto que me proponían sin yo haber pedido nada. Fue una noche negra, de pesadilla, como aquella, hace cosa de un año, en que en Estados Unidos se produjo lo impredecible, lo nunca visto: la elección de Donald Trump como Presidente del país más poderoso del mundo.

Recuerdo que esas dos noches tan dispares, pero tan cerca de mi corazón, soñé con Bruce Willis que para salvar a la civilización tiene que pasar las de Caín en una especie de terrible jaula de cristal donde se esconden los malvados.

Hasta que un día tienes la suerte de que te pinche una muchachita adorable y cariñosa que, de pronto, a menos que sea la angustia desesperada que hace que te refugies en el cine desde que tenías siete años, te recuerda a la entonces inocente Mia Farrow de “Rosemary’s Baby” sin el diablo ni Woody Allen en los parajes.

Pero ya se sabe, los sueños, puñeteros sueños son.