Un periodista conquistador

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La agencia mundial de noticia francesa France Presse decidió conquistar el mercado latinoamericano de prensa en 1960. Y hubo que encontrar periodistas experimentados, bilingües por lo menos, capaces de llevar a cabo lo que las otras agencias internacionales consideraban imposible. Más de una vez he escrito lo que fueron aquellos tiempos que marcaron en el periodismo latinoamericano. Pero no me gustaría dejar pasar este segundo año del coronavirus (cómo lo habría disfrutado él) para recordar el periodista que para mí fue uno de los más brillantes de aquella France Presse que dejó de existir cuando algunos confundieron periodismo con otras cosas. Se fue sin que le dieran o por lo menos le propusieran un Premio Nobel. En los primeros tiempos se consiguió reclutar a dos escritores peruanos prestigiosos, Mario Vargas Llosa (Premio Nobel de Literatura) y Julio Ramón Ribeiro, que llegaba cuajado de los más prestigiosos galardones literarios obtenidos en su patria con sus cuentos.

Pero para mí, el periodista más brillante de aquella primera camada de integrante de la aventura latinoamericana fue un catalán Xavier Domingo. Que podía ser un poco mentiroso, en los amplios límites de la mitomanía, ese plus que tienen todos los buenos periodistas. Bebedor y fanfarrón, tenía la calidad rara de ser un gran tipo al que nunca se le pudo atribuir una de esas guarradas tan frecuentes en esta profesión. Era famoso por su acidez al escribir y sus interminables relatos de conquistas femeninas, largos y aparatosos hasta la incredulidad. Aunque casi siempre eran auténticos.

Una tarde-noche tranquila en la que los actores de la actualidad debían de estar tomándose un descanso, Domingo entró en la Redacción aparentemente sobrio y acercándose a mí con una risita suya que parecía sacar del trasfondo de sus calcetines y que siempre anunciaba una novedosa maldad me dijo: “Berro, me he enamorado de una tía que está como un camión y que se ha vuelto loca por mí”. Y tras quitarse las gafas metálicas redondas y chiquitillas para su inmensa cara empezó a pulirlas con unos dedos enormes y cuyas uñas tenían la particularidad de estar siempre de un riguroso luto. Aquellos preparativos eran siempre señal de que la confidencia no había acabado: “Pero lo malo es que es monja”. Soltó una de sus habituales carcajadas satánicas y se sentó ante su máquina para preparar el temario (anuncio noticioso que se envíaba a los periódicos) con los grandes temas de las próximas horas. Cuando me levanté para ir a cenar agarró su abrigo y con su seriedad monacal que podía querer decir cualquier cosa me arrastró hacia el ascensor: “Ven Gordo, que te la voy a presentar. Está en la entrada”.

Cuando el ascensor se detuvo en la planta baja eché una mirada al amplio vestíbulo y en una silla, modosita y calladita, había una monja bonita como la pasión. Vestía esa ropa moderna que ha reemplazado hoy a las aparatosas tocas de antaño. Me la presentó y fuimos a cenar como siempre al Vaudeville. Era un encanto de criatura que le miraba con ojos de enamorada, como Julieta debía de mirar a Romeo antes del final de la obra. Charlamos y efectivamente era monja aunque no de clausura y me confesó que iba a dejarlo todo porque se había enamorado como una colegiala de aquel diablo de Domingo que, naturalmente, probablemente no le había referido que estaba casado con una muchacha encantadora y era padre de dos niños ya mayores Domingo, prolífico como el propio Dumas, acababa de editar una guía de los lugares más sórdidos de Barcelona.

Además de los obligados prostíbulos había un jardín en una parte de la ciudad en la que él aseguraba que los pederastas podían encontrar fácilmente compañía. Una noche, ya a punto de terminar nuestro turno – debía de ser las once y media – atendí una llamada telefónica y una voz masculina me pidió hablar con Xavier Domingo, que en aquel momento estaba enfrascado en alguna nota sobre Camboya. Al terminar la conversación, corta, precisa y en un tono de banquero a cliente, XD, como se le reconocía en todos los despachos que escribía – sólo en contadas ocasiones los periodistas podían firmar con su nombre y apellido pero al final del artículo tenían que dejar sus

iniciales como constancia – se partía de risa, más de lo habitual. Al terminar su regodeo nos contó. Era un señor que había leído su guía y quería saber exactamente dónde podía cazar a niños. “Le he dado una dirección – explicó aguantándose las ganas de soltar otra risotada – para que vaya a buscar lo que quiera. Lo que no sabe ese jodido maricón es que se trata de un bar donde a estas horas está cenando media policía de Barcelona. Y el nombre que le he dado como contacto es el de un inspector que odia a los pederastas. Ya podéis imaginaros lo que va a pasar…”

En su casa de las afueras de París, Domingo cocinaba para unos cuantos amigos de vez en cuando y era una delicia En la ventana de la cocina tenía como inquilino a una especie de pajarraco al que le unía un real cariño y con el que entablaba largos parlamentos. Un día que estábamos degustando la maravilla de su arte culinario empezó a hablarnos de aquel engendro de loro y ave de rapiña que campaba a sus anchas en una amplia jaula: “Este cabrón de pájaro me va a buscar un disgusto. Imagínate que ha aprendido a silbar como los policías y para la circulación

en la calle cuando le da la gana”. Y antes de que tuviésemos tiempo de echarnos a reír se fue para la jaula y tras cruzar unas palabras con su huésped oímos un estridente pitazo al mismo tiempo que el estruendo de varios autos que frenaban desesperadamente. Nos asomamos por la ventana. Abajo en la calle cinco o seis coches se habían detenido abruptamente y sus conductores, furiosos, esperaban que otro silbato les dejase continuar su camino.

Xavier Domingo estuvo a punto de transformarme en un periodista rico. Nos había llegado a la Redacción un guapo y esbelto muchacho, Juan Tomás de Salas, que intimó con nuestra pandilla y más especialmente con Ricardo Utrilla, que mucho después sería nombrado Presidente de la Agencia EFE. Más hombre de negocios que periodista, Salas venía de Canadá, donde se había casado con una joven atractiva y elegante y todas las tardes, cuando venía a tomar su servicio en la AFP, dejaba aparcado en la Rue de la Banque, esquina de la agencia, un inmenso Jaguar con interior de cuero viejo. A su lado todos parecíamos miserables, aunque también es verdad que alguna vez tuvimos que prestarle algunos francos para que diese de comer a aquel monstruo que bebía gasolina como nosotros tinto.

Salas tenía una idea fija: montar un grupo de prensa en España. Decía, y no le faltaba razón, que mientras agonizaba el franquismo era el momento de tomar posiciones detrás de periódicos que acompañarían a la inevitable vuelta a la democracia. Convenció a Utrilla y a Domingo para que se marchasen con él a Madrid. Yo me negué porque entonces tenía ya tres hijos y no conocía como ellos alguien que me diese comida y cama en Madrid mientras el proyecto del Ciudadano Kane se ponía en marcha. Domingo me animó a aquella locura con los argumentos que él sabía esgrimir cuando quería algo. Finalmente yo me quedé y ellos se marcharon. Así nació el Grupo 16, que empezó con el semanario Cambio16, Diario16 y otras publicaciones que se convirtieron en un referente de la nueva prensa en España. Y así fue como un servidor siguió siendo un periodista de a pie mientras Utrilla se convertía en un influyente director de las publicaciones del grupo, que le llevaría hasta la presidencia de la Agencia EFE.

Y Domingo quedó de delegado en Barcelona al menos por una temporada. Alguien me contaría luego que tuvo que renunciar a un cargo tan relevante porque seguía adelante con sus bromas y aficiones de París y correteaba a las secretarias como a mí una noche en que llegó con más copas de la cuenta a la Redacción y atufándome de olor a vino tinto barato me dijo: “Me he enamorado de ti, te voy a violar”. Por entonces yo estaba de buen ver y no me pareció tan descabellada la intención de mi compañero. Dejé viuda mi silla y empecé a correr por la inmensa Redacción jaleado por los operadores que esperaban con mucho empeño que Domingo llevase a cabo su promesa. Encaramado encima de una larga mesa metálica espere a que llegasen los refuerzos en la persona de un delegado

sindical un personaje fuera de serie, que puso punto final al intermedio haciendo que dos de sus compinches se llevaran a Domingo a tomar el fresco. Me quedó la duda de si aquello no había sido una estratagema suya para largarse a alguna cita.

Muchos años después visité a Salas en su olímpico despacho de Cambio 16. Había engordado hasta lo indecible pero le quedaba esa sonrisa suya de conquistador con la que poco después se marchó para siempre siguiendo el camino obligado del cementerio.

Ya habían llegado a la AFP las primeras computadoras, que de espanto estuvieron a punto de costarle la vida a más de un viejo redactor, y adentrados en la era de la modernidad el Servicio Amsud ya no era ni la sombra de aquellos chiquillos inexpertos de 1960. Entonces, en el turno de tarde, el más duro ya que por la diferencia horaria era cuando nuestros clientes, los medios latinoamericanos, se mostraban más activos y, naturalmente, más exigentes, yo disponía de de un equipo que hoy llamarían galáctico:

Rodríguez, un argentino que no lo parecía y que medía más que el más alto de los jugadores de baloncesto, Campodónico, poeta uruguayo metido a periodista que tenía la mujer más bonita de París, Aznar, elegante viejecito (para nosotros que entonces éramos todavía medio niñatos) y otros cuantos. Mis primeros problemas surgieron cuando vi que al tomar el servicio algunos de mis redactores sacaban sistemáticamente de sus cajones una botella de ginebra, una por cabeza, por supuesto. Ni que decir tiene que la visión de esas botellas – que a veces escondían debajo de las mesas – y de los vasos dispuestos para la batalla se ganaban todas las miradas de los otros Desk (servicios redaccionales) donde los franceses bebían agua y los británicos cola. Tras algunas borracheras brutales que nos hacía acabar el servicio transportando a algunos de nuestros compañeros a sus domicilios en un estado de ebriedad avanzada, decidí tomar medidas severas. Naturalmente no se trataba de impedir que bebiesen porque hubiese sido como provocar una huelga salvaje que seguramente la CGT habría aceptado con alegría. Reuní a los más bebedores y les convencí. Al día siguiente, las botellas de ginebra habían sido reemplazadas por inocentes botellas de Coca-Cola. Lo que nadie sabía es que coca había poca. El compromiso consistía en vaciar gran parte de las botellas y rellenarlas con ginebra. Toda la Redacción estaba convencida de que los españoles habían recogido las velas de las borracheras y mis redactores podían seguir sus brillantes carreras etílicas sin que nadie pudiese rechistar.

Ya adentrados en la época de las computadoras (a partir de 1975) cambió el estilo de los redactores. Las borracheras, cuando las había, eran más elegantes, a mí no me perseguían y se guardaban ciertas distancias. Aburridísimo de veras. Cómo echábamos de menos aquellos tiempos de pasado simple que siempre fueron mejores…




Cuba, comunistas y nostálgicos

Manuel Juan Somoza | La Habana

Al escuchar al presidente Díaz-Canel el martes 13 de abril, lo primero que le vino a la mente fue la referencia hecha por Raúl Castro en 2017 a los nostálgicos de la Unión Soviética, como uno de los principales obstáculos en la implementación de las reformas emprendidas en Cuba hace más de una década, dirigidas a potencia los sectores privado y cooperativo, junto con las empresas públicas que demostraran eficiencia, a fin de acabar o reducir esa especie de mal endémico de la economía nacional, caracterizado por la baja productividad y desmedida centralización estatal al estilo de la desaparecida URSS. Nunca más Raúl hizo referencia pública a ese sector, pero él estaba entre quienes consideraban que la lentitud con que se realizaban los cambios en su país estaba determinada, entre otras razones, por la resistencia de los nostálgicos, y cuando conoció de los cambios aprobados de urgencia aquel martes en el sector agropecuario supuso que había llegado la hora de la aceleración, porque la agricultura y la ganadería son las fuentes fundamentales de alimentación de los cubanos, cuando el país no dispone de los dos mil millones de dólares destinados cada año a importar alimentos

“Ustedes nos han alertado, nos han inducido a buscar un grupo de transformaciones que ya no podíamos postergar más”, dijo el presidente Miguel Díaz-Canel a los productores aquella jornada y agregó: “Nosotros nos comprometemos a que vamos a seguir encontrando caminos, en la búsqueda también de construir el consenso; estas son las medidas más urgentes e inmediatas, pero continuaremos gradualmente implementando otras”. Antes, el mandatario anunció un inédito plan de emergencia de 63 aspectos, que liberalizaba en buena medida para los estándares cubanos la producción y comercialización privada y cooperativa. Además, se rebajó el precio de insumos y servicios que el Estado vende a esos productores; se elevó el que les paga por algunas producciones sensibles como la leche fresca; autorizó a los campesinos la venta libre de ese alimento y sus derivados; y le dio luz verde a los ganaderos en cuanto a disponer de carne fresca también para la venta libre y directa a la población o a los mercados nacionales en dólares, una vez cumplidos los convenios de entrega al Estado, algo hasta ahora imposible, aunque en otras partes parezca elemental.

Todo lo anterior fue logrado después de más de una década de espera y discusiones, y por un hecho incuestionable. Desde enero pasado, cuando el gobierno fijó nuevos y altos precios a los bienes y servicios en el sector agropecuario, como parte del mayor cambio monetario y estructural en medio siglo, bajó drásticamente la producción y se disparó el desabastecimiento. Por supuesto que ahora queda por ver la repercusión en la práctica de las 62 medidas, pero haber sobrepasado al fin de manera conceptual el hábito de la centralización y de la existencia de infinitas estructuras intermediarias y burocráticas –eso va aparejado a la centralización-, abría un camino a la sensatez económica. De acuerdo con datos oficiales, el 73 por ciento de las tierras cultivables de la isla están en poder de campesinos privados o de las cooperativas.  El sector no estatal es el principal productor de viandas, hortalizas, arroz, granos y frutas, y es responsable del 86 por ciento de la leche que se produce, del 71 por ciento de la carne porcina y el 89 por ciento de la carne ovino caprina.

La noticia de los cambios fue de una punta a otra de la isla en cuestión de minutos, significativamente a las puertas del 8vo congreso del Partido Comunista que comenzará el viernes 16 y se extenderá hasta el lunes 19, cuando Raúl Castro y otros octogenarios dirigentes del PCC pertenecientes al llamado “liderazgo histórico” entregarán el mando de la Nación a una generación nacida después del triunfo de la revolución en 1959, encabezada por Díaz-Canel. Esperemos entonces para conocer si a partir del cónclave los nostálgicos se baten definitivamente en retirada.




El doctor milagro

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En estos tiempos de penumbras espesas, en los que la apatía cae sobre millones de personas que contemplan los destrozos de una inacabable guerra que nadie pedía, una pandemia provocada por un coronavirus chino, hay que agarrarse a los milagros. Las televisiones europeas han dado en el clavo aunque haya sido por casualidad o simplemente por necesidades de programación. Ha aparecido en las pantallas un maravilloso médico austriaco, que no tiene nada de personaje mágico como hubiese estado tentado de hacer cualquier productor norteamericano, pero que cura el cuerpo y el alma con una voluntad que no parece de este mundo.

Es como si en nuestra infinita desgracia, en nuestra miserable desesperación de todos los días, incluso cuando durante la pasada Semana Santa, ese grito a los santos para venerar a Jesús y a la Virgen, su madre, acabase de correr por las televisiones y como mucho en las radios pero no en la calles por temor a la maldad de los chinos, que hace que se prohíban las aglomeraciones donde el bicho maligno encuentra más substanciosas víctimas. El llamado Dr. Martin Gruber es por obra y gracia del talento de unos guionistas austriacos un médico de carne y hueso pero que ha estudiado mucho y aprovechando incluso diez años pasados en Estados Unidos ejerciendo esa medicina que lleva en el alma.

Está instalado con su familia en las montañas de los Alpes, donde en una hacienda rústica y penosa por los largos inviernos vive con su madre, una hija y un hermano. Con su coche Mercedes –jamás la marca alemana había encontrado tan substanciosa publicidad—acude día y noche para salvar al mundo, a su mundo. Porque le basta un análisis de sangre y la técnica del hospital donde trabaja con un amigo íntimo, para detectar las enfermedades más penosas y muy a menudo curarlas. Pero qué se creían ustedes. Claro que es un cuento de hadas para todas las edades, pero sobre todo para los que tenemos años de ver que la amenaza del bicho maldito es real. Pero qué maravilla. Qué acierto inyectarnos esperanza a través de esa pantalla de televisión que es el cacharro que más funciona en casi todas las casas, cegadas, rodeadas por el miedo.

No se trata de creernos que cualquiera puede cumplir un milagro ni que existen esos médicos milagrosos ya muy explotados por los norteamericanos. En este telefilme, que no tiene la menor contraindicación, solo se pone de relieve la inteligencia, la reflexión, la voluntad y sobre todo el empeño de un médico que sabe que lo suyo tiene que ser curar. Un médico que se sale de lo que conocemos habitualmente. Un médico como un ángel de la gurda, lo que no le impida tener los más simpáticos líos de faldas. Los que vivimos en un país como España hemos perdido por ahora, aunque dicen que se va a restaurar, la noción del médico de familia, del médico cercano, que si no te cura con medicamentos te da por lo menos esperanza, te aconseja, te habla, te ausculta. Un médico que ves y que conoces. Era así hasta el inicio de la pandemia.

Desde el estallido del coronavirus, los médicos de la Sanidad española dejaron un tanto de lado a los enfermos corrientes, como los afectados de cáncer, del que han muerto varias personas porque no se les atendió a tiempo, y consultan, es un decir, por teléfono. Usted llama a una centralita, alguien le contesta y al cabo de unos días quizá tenga la suerte de que el médico en persona le haga temblar el timbre de su teléfono. Pero ahí queda todo. Salvo no sé qué circunstancias, no hay consultas presenciales, solo telefónicas. Esto era hasta anteayer. Ahora dicen que la situación va a volver a lo que siempre fue.

Comprenderán por lo tanto que la llegada aunque sea en la irrealidad televisiva de un médico dispuesto a no dormir para atender a sus enfermos es un baño moral sumamente relajante. Porque nos engañamos cuando buscamos huir del mal, y el mal hoy en el mundo son esos chinos pretenciosos, que totalizan más multimillonarios que Estados Unidos, pero que nos mandaron la muerte cruel y gratuita.

La gente ha criticado mucho ese tipo de medicina inhumana, improvisado porque todos los esfuerzos se volvaban en vencer el coronavirus. Probablemente esos que se dicen médico y se esconden detrás de secretarios y teléfonos ven la serie austriaca para creerse por un ratito un Doctor Grube que cumple con sus enfermos y olvida que son unos infames a los que se les debería retirar el derecho a ejercer y todas las prebendas que tienen. Entretanto, los médicos, médicas, enfermeros y enfermeras que atienden en España a los afectados por el coronavirus si que se juegan la vida cara a cara. No cejan en su empeño de curar o al menos de aliviar y más de uno, y más de una, han caído en este acto de servicio tan arriesgado. Han elegido el camino más peligroso pero el más digno. Y ganan igual que esos otros médicos de tres al cuarto que se ocultan, o se ocultaban hasta el momento, detrás de un teléfono y detrás del miserable sentido que tienen de su misión.

 




Novela larga, novela corta

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hay días que uno se levanta con el ying y el yang jugando al pingpong, que de ninguna manera inventó Mao Tse Tung. Hay días en que amanece como las noches, majadas de amenazas de sueño poco recomendables para despertar. Hay días que anuncian el sol y las estrellas pero que no prometen nada porque la Meteorología es sin duda la ciencia menos exacta. Hay días que me pregunto por qué no me presento a tal premio de novela organizado por un Premio Nobel que un día fue compañero mío de Redacción. Sencillamente porque la amistad quedó atrás y ya se ha borrado todo lo que ya no le sirve al laureado. Este año dicen que probablemente lo gane un excelente autor cubano, pero será curioso observar la reacción de La Habana. Porque el Nobel fue en tiempos furibundo castrista y luego cambió el piñón de su pensamiento político y ya no quiere ni oír hablar del régimen cubano. Mi problema es que llevo muchos años tratando de que mi novela corta alcance las 127 páginas que hicieron célebre a Ernest Hemingway. Esa novela, El viejo y el mar, podría haber quedado simplemente como “la” novela corta del autor de tantos éxitos. Pero dio la casualidad de que esas 127 páginas cayeron en manos de la revista Life, que en 1952 era la biblia del periodismo mundial, por la belleza de sus fotos y la profundidad de sus textos. Dicen que se vendieron más de cinco millones de ejemplares (inimaginable hoy día, aparte la Biblia) de aquella edición tan original, puesta que sacada por una revista, de El viejo y el mar. En los años de pandemia, la novela corta es un género reservado a un cierto elitismo pero que no hace ninguna gracia a los editores, salvo si la ha escrito una celebridad o si el autor tiene algún amigo poderoso en una editorial. Hoy se exige paginación, que lo publicado tenga enjundia, porque la mayoría de la gente utiliza el solo libro que compra en el año para leerlo plácidamente en la playa, ojeándolo solo en caso de aburrimiento o de mal tiempo. Por lo tanto, descartemos la novela corta. Sin contar que una novela de 500 páginas puede costar en Francia 26 euros y mi última novela corta, La muerte de la hija, que solo tiene 96 páginas, está en las librerías al precio de 20 euros…De pronto viene una ráfaga de angustia y soledad que te pega de lleno, como un gancho en plena mandíbula en los tres primeros segundos del asalto. No tienes tiempo de llegar hasta la pastilla salvadora. Poco a poco te deslizas en ese mundo angustioso no puedes hablar, ni siquiera respirar. Y nunca sabes por qué. Todas son ideas malas, de esas que conducen rápidamente a la asfixia de todos los sentimientos. Necesitamos que un coro de ángeles de los que según dicen los brasileños cada uno tenemos uno para protegernos día y noche, salgan con sus espadas de fuego para matar los malos pensamientos.




Capilla, ron y Alfredo Guevara

(AÑOS DE GLORIA CUBANA)

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Habíamos subido una eternidad en un ascensor renqueante pero voluntarioso para saludar a unos distinguidos personajes de aquella empresa de prensa. Cuando desembarcamos, en un pasillo nos topamos con una foto enorme del Che Guevara en compañía del periodista Jorge Ricardo Masseti. Una voz en off explicó que los dos habían fundado la agencia Prensa Latina. Después de que el ascensor se balanceara como en una feria, aterrizamos en un pasillo estrecho, oscuro y blanqueado por luces indirectas. Una voz nos rogó que esperáramos, que ya iban a recibirnos.

Entramos en el despacho que parecía una capilla perdida entre cielo y tierra. A media luz. Enormes pañuelos de seda de mil colores y setecientos dibujos –estuve contándolos mientras esperábamos—formaban una pequeña cúpula por encima de una mesa y unos sillones de mucho gusto. Mi dama acompañante se sentó en uno de los sillones de enea y yo en el otro. Había una musiquilla que me pareció el Requiem de Mozart, pero no era seguro, porque la música estaba ritmada por el claclacla de los teletipos. En la mesita había dos copas con ron y mucho hielo. Bebimos. Ella se echó a reír y entonces me di cuenta de que era muy bonita. De pronto los velos desaparecieron, se encendieron luces como si fuésemos a rodar “La dolce vita”, entró gente que traía muebles y apareció nuestro personaje.

Y entonces pudimos hablar de lo que nos traía hasta aquel piso . De la extraordinaria victoria conseguida hacía un rato por Alfredo Guevara al permitir y conseguir que se rodase una película sobre homosexuales por la que ya hasta Hollywood gritaba el Bravo del éxito. “Fresa y chocolate” acaba de triunfar en el cine Carlos Marx, cerca de donde nosotros tomábamos ron. Mientras al viento húmedo del Malecón (el paseo marítimo habanero) le cuesta los trabajos de Hércules para llegar hasta la suite, Guevara la goza en su rincón. Por mucha modestia que quiera derrochar, ¿cómo va a olvidar el estreno de « Fresa y chocolate »? ¿cómo se le van a ir de la cabeza las imágenes de su triunfo, esos aplausos de toda una sala vuelta hacia él que, como siempre, está intentando que no se le caiga la chaquetilla que jamás se separa de sus hombros?.

Esa noche es una de las más bellas de su existencia. Quizá lo suficiente como para olvidarse del amago de infarto de miocardio, del exilio dorado a que se le obligó hace unos años cuando Fidel no tuvo más remedio que nombrarle embajador de Cuba en la Organización de Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en París, para, según algunas versiones, alejarle de sus más feroces enemigos del Comité Central. Pragmático hasta las puntas de las uñas cuidadosamente pulidas, Alfredo ha conseguido incluso cobrar los intereses de esa embajada forzosa. En la solapa luce el distintivo de la Legión de Honor, máxima recompensa civil francesa que el presidente François Mitterrand, hecho rarísimo, le impuso personalmente en el palacio presidencial del Elíseo. Dicen incluso que el viejo presidente, que en aquellos momentos ya daba las últimas caladas a su presidencia, había querido imponerle la condecoración, cosa que hizo en el transcurso de una brillantísima recepción en palacio durante la cual hubiese sido muy difícil saber cuál de los dos—el presidente o su homenajeado—era más gato.

Es cierto que la suite no es la sala de baile que sirvió a Luchino Visconti de escenario central para la escena capital de « Il gattopardo », un decorado en el, qué duda cabe, Alfredo Guevara se hubiese sentido más a gusto. En esta media tarde caribeña, Alfredo está muy lejos de las exquisiteces versallescas. Estamos en La Habana, en un año más de la Revolución que él ayudó a instaurar y en medio de momentos económicos de lo más penoso y en horas políticas de incertidumbre. El, mejor que nadie, sabe que después de 35 años de Revolución, va a ser necesario pasar la mano. El bloqueo absurdo de Estados Unidos, las reclamaciones de países de América Latina y de otros lugares del mundo y, sobre todo, la insostenible situación económica que viven los cubanos, perfilan tiempos de cambios. El lo sabe pero su fidelidad por el compañero de siempre puede más que la lógica más primitiva.

Con los ojos lascivamente puestos en las interminables piernas artísticamente bronceadas de una actriz mexicana que juguetea con los contraluces de la terraza, un periodista europeo (« centroeuropeo » como llamaba curiosamente Fidel Castro a los periodistas de la Europa capitalista cuando el muro de Berlín todavía no había sido derrumbado) recuerda lo que de este enigmático hombre decía el norteamericano Ted Szulc en su libro « Fidel, A Critical Portrait » (1986): « Alfredo Guevara… amigo de Castro desde hace cuarenta años; es una de las figuras más curiosas del mundo político revolucionario cubano y uno de los hombres en quien Castro ha tenido siempre más confianza ».

Las relaciones entre los dos personajes, el gordito y el espigado, una especie de Quijote y Sancho Panza de los años marxistas, las resume así: « Una sólida amistad se establece entre Guevara y Castro y juntos participan en una serie de enfrentamientos políticos en la universidad ».

Y después del triunfo de la Revolución: « Se había (Castro) apoderado de los medios de comunicación de forma total, fundando por otra parte un instituto cinematográfico de alta calidad, cuya dirección confió a su viejo amigo Alfredo Guevara, encargado de producir largometrajes, documentales y noticiarios ampliamente inspirados por la ideología revolucionaria ».

A todas luces, están lejos los tiempos en que el ICAIC servía para esa finalidad. El artífice de ese vaivén es para muchos Alfredo Guevara, a quien otros atribuyen el hecho de que con los años el ICAIC se haya convertido en una fortaleza en la que un montón de intelectuales, desde los más viejos, como él, a los más jóvenes como Tabío—coautor de « Fresa y chocolate »—se opongan a la eterna guardia staliniana… con el apoyo de Fidel Castro, musitan algunos personajes muy enterados. Esto es al menos lo que asegura el propio amigo de siempre, de los momentos más difíciles.

En su dorada madriguera de la suite del Nacional, Guevara asegura a un enviado especial « centroeuropeo »: « Fidel sabía todo lo que era esa película (« Fresa y chocolate ») por mí ».

Y enigmáticamente agrega: « Yo siempre cumplo con mi obligación de decir todo lo que yo creo ».

En ese momento de triunfo personal y cuando ya casi podía preverse que « Fresa y chocolate » sería la película latinoamericana más popular en el mundo entero, Alfredo se mostraba cauto, porque sabía que en el vestíbulo del propio hotel donde festejábamos el enemigo le esperaba: « Yo no veo el filme así (como una feroz crítica a muchas cosas que acontecen en Cuba: rechazo del homosexual, falta de libertad…). Sentí al joven comunista como muy limpio, sin cultura, sin una preparación para ciertas cosas… Yo veo a los jóvenes de un modo muy especial, pensando en el futuro y no sólo como son, en su potencialidad… Soy un protagonista de la película porque tengo que asumirla y soy también un protagonista de la Revolución. No estoy por las críticas acerbas, sino constructivas. Lo revolucionario es transformar. No le llamo revolucionario al levantar banderitas y correr gritando consignas y ni siquiera al momento del fusil, que es decisivo… El momento actual (en Cuba) no es el que estamos viendo en la película, el momento actual no es perfecto. Y muchas cosas siguen pasando pero no son oficiales. Pasan en la gente porque muchos ciudadanos están formados antes de la Revolución en principios « morales » que no responden a nada, que son idioteces ».

Un lenguaje que muy pocas personas se atreverían a utilizar en la Isla, incluso estando a la diestra del padre.

En un medio periodístico cubano, el discurso de Guevara en el cine Carlos Marx fue referido de muy distinta manera pero perfectamente guiada: « Su mensaje resultó más sutil al indicar entre líneas que no se producirán retrocesos en la apertura a la creación artística… »

Pero ya antes de que « Fresa y chocolate » se convirtiese en fenómeno de sociedad—esos dos tipos de helado llegaron a formar un símbolo y pasaron a integrarse en el lenguaje corriente en Cuba como exponente de todo—Alfredo Guevara había dado algunos martillazos.

Luego, Alfredo Guevara murió y el cine cubano se puso de luto.

La nueva era después de la visita de Obama nunca llegó a más que algunas escenas de un furiosísimo filme titulado “Furioso” o algo parecido.

Se marchó Fidel, se marchó Guevara el cineasta. Y me dicen que vuelve a venderse PPG por las calles de La Habana. ¿Y las jineteras? Toda una tesis de civilizaciones.




Como el leopardo muerto

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Un día te sientes profundamente decepcionado porque acabas de darte cuenta de que no has sabido encajar los muchos fallos que has tenido en la vida. Y es peor porque te criaron hincándote en la cabeza la idea de que siempre sabrías levantarte por muy dolorosa que hubiese sido la caída. Casi todos, cuando empezamos a navegar como hombrecitos, lo hacemos convencidos de que tarde o temprano triunfaremos. Porque los héroes que has escogido en los libros o en el cine, el libro más abierto del mundo en tiempos en que había películas, te habían enseñado que siempre se podía triunfar a condición de esforzarse un poco. Que no era cuestión de suerte o desgracia sino de voluntad. Pero ahora has comprendido que nuestros héroes no son más que ideales que Alejandro Dumas, Victor Hugo o Balzac crearon en sus fantasías de novelistas. No hay victoria que dure cien años, salvo en los libros. También habíamos aprendido que había que basar nuestros objetivos de vida en la cumbre del Kilimandjaro, pese a que Ernest Hemingway, maestro de tantos imposibles, dejó que su héroe agonizará a los pies de ese monte africano, donde la leyenda dice que un día encontraron un leopardo muerto en la cumbre, como una advertencia para las ambiciones de los humanos. Pero la realidad es que todos no podemos morir en una cruz como Jesús. Tampoco todos no podemos alcanzar un Premio Nobel porque están contado y a ti te olvidaron en el recuento. Y eso que frecuentaste a un escritor al que finalmente le dieron ese premio, pero no a ti. Porque él estaba hecho para ese tipo de cosas y tú perteneces a otra brigada humana, la de los esforzados que son capaces de llegar a la mitad del Kilimandjaro, antes de que empieces a oler el cadáver del leopardo. Dicho de otro modo, eres un perdedor, uno de los muchísimos que hay en el mundo. Es cierto que siempre hay que fijarse un objetivo ambicioso, ya que de otra forma estaríamos toda nuestra existencia arrastrando los pies por el mismo camino. Pero hay que saber que aparte del talento está la ocasión, la oportunidad. Los ganadores tienen ese algo invisible que les hace estar, escribir, en el momento preciso, ni antes ni después. Justo en el sitio donde la suerte, la única, va a aparecer. Y será para el que esté allí. Como los perdedores son la mayoría, el tiempo y los fracasos, cada día más fuertes pero que te van minando y convenciendo de que podría ser peor, te resignas con ínfulas de ganador. Si yo hubiese querido… Lo que pasa es que se lo dieron a él porque su editorial… Ya se sabe, quien no tiene un buen padrino. Y así hasta que te metes en un rincón del sofá y lees la novela del vencedor. Y aunque siempre te preguntarás, hasta el final, por qué se te escapó el triunfo, la meta tan ansiada, tan trabajada, y aunque te dieran un premio de consuelo, has perdido, compañero. Y al final te meterás en el papel de perdedor, perdedor resignado, amargado, o indiferente. Hay variantes para perder y cada cual escoge la suya. Pero, qué quieres que te diga, compañero, esa carrera para subir al Kilimandjaro la habrás vivido aunque padecido. Pero, después de todo, hubo un francés que dijo en alguna ocasión que lo esencial era participar. Seguro que era un puñetero perdedor como tú.




Una mala película, una actriz genial

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Que suerte la mía haber sido durante una parte de mi vida crítico de cine… De otro modo estaría tragándome todavía una mala película producida por la cadena de televisión Netflix nada más y nada menos que con la pretensión de contarnos lo que fue la vida de Madame Claude, la mujer que regentó la prostitución de lujo y maceteros en París, cuando una señorita podía acostarse con quien le pagara y ser una patriota. Madame Claude se instaló en París allá por los años sesenta con el propósito de hacerse millonaria y creo que lo consiguió aunque luego, muchos años después, las cosas no fueron tan lindas.

Sabía el encanto de París y quiso explotarlo a su manera cuando llegó desde su provincia lejana dispuesta a hacer la fortuna que no había conseguido en su pueblo. Bastante agradable de rostro, pronto se llamó Madame Claude y era más conocida que la estatua de la Libertad. Se instaló en lujosas viviendas y poco a poco reclutó un ramillete bastante oloroso de mujeres jóvenes, hasta más de 500 tuvo, debidamente adiestradas para dar placer al hombre. Y tener oídos de zorro del desierto, porque lo que le dijeran sus “pacientes” en la cama, en general en los más elegantes hoteles de París, podía ser más valioso que los billetes abundantes que costaban sus servicios.

Era una multinacional del sexo, le gustaba decir a ella, con sucursales en Suiza, Gran Bretaña, Suiza y, agregaba con picardía… Ibiza. Por supuesto que no la conocí. Yo era un periodista demasiado joven y aunque estábamos en París en los años benditos de los sesenta no nos pagaban suficiente como para poder entrar en el mundo de fantasía que la astuta provinciana había creado. Porque además del batallón de mujeres que se elegían en un catálogo y que representaban cientos de concurso de bellezas internacionales, tenía una “bandera” de hombres para que nadie se pudiera quejar. En general eran los diplomáticos, ministros y otros altos cargos que visitaban la capital de Francia quienes demandaban sus servicios, porque tenían garantía de seriedad, belleza sobre todo y silencio. Lo que los consumidores no sabían es que Madame Claude tenía un trato con la policía y todas las cosas sabrosas que tal ministro de un país del que ya no me quiero acordar soltaban después de haber consumido eran trasladadas a los servicios secretos franceses.

El caso es que esta mujer, que ya está jubilada y ha dejado de existir ese coro celestial de muchachas finas, educadas, deliciosamente sabrosas, el sueño ha desaparecido. A menos que… Voy a que la plataforma de TV Netflix ha tenido el atrevimiento de querer retratar a Madame Claude en una película que acaba de estrenarse y de la que me he escapado a los 41 minutos de proyección, asqueado, con ganas de llorar. Aparentemente ya no hay cineastas capaces de tratar el sexo con finura, elegancia y galanura. Lo que he visto es una memez tan grandiosa que allá ellos.

Pero probablemente es que ignoraban que ya se hizo una Madame Claude en el cine. La rodó nada menos que Just Jaeckin, el que inventó o casi a Emmanuelle. Después no se ha vuelto a hacer nada con tanto talento, tanta gracia y semejante elegancia. Claro que para interpretar a la reina de las prostitutas de París, eligió a una de las actrices más maravillosas que ha tenido Francia, Françoise Fabian. Era en 1977 y la protagonista gozaba de todos los aplausos que por adelantado le enviaba su público. Hace unos días, participé en un encuentro con otro periodista de la República dominicana y me atreví a decirle que el cine que nosotros habíamos conocido se había acabado, tanto más con la terrible plaga que ha puesto el mundo al borde del abismo.

Pero como la gente es muy cuca, se les ha ocurrido que una Madame Claude con sus referencias en época de confinamiento sería una genial idea. Y ahí está. Netflix, que se ha atrevido. Creo que a estas horas Françoise Fabian puede recordar con orgullo los títulos que han llenado su biografía, entre los cuales el más popular es sin asomo de duda “La bonne année”, una maravillosa comedia de Claude Lelouch con el que en su momento era otra estrella rutilante en Francia, Lino Ventura. “La bonne année” es una película muy moderna y especialmente trabajada por el cámara de Lelouch que hacía girar la cámara como si se tratase de un actor más.

Adieu, Madame Françoise Fabian, que tenga suerte y, si todavía le queda un ratito, aunque ya la edad ha alcanzado el momento del descanso, denos la sorpresa de otro gran film que quede también para la historia del cine francés.




Jinetera

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Amanece en mi isla africana, allí donde acaba Europa y empieza el Mediterráneo, camino de África. Estoy encogido ante el ordenador, asustado, callado. Solo me rodean algunos libros, uno de Freud, el gran curador de majaretas, que es una delicia. Dan ganas de seguir viviendo solo para tener tiempo de leerlo. Me he levantado pensando en el Vedado, embrujo de La Habana donde un día, hace muchos años, quizá hasta siglos, pensé que bajo su calor húmedo estaba mi destino, muy lejos de Europa. Ya no es más que un sueño. Como todo lo mío. Sueño para tener fuerzas y seguir palante. Lo malo es que a veces falta el ánimo, el querer hacer.

Tomaría un barquito de vela de los que cruzan por el mar de la terraza y pondría rumbo al Caribe. No me hago ilusiones. En Cuba voy a encontrar largas colas para comprar cualquier cosa, pero también la sonrisa de un niño o de aquella muchachita de los ojos como carbones que, la primera vez, mi primera vez, me esperaba en el viejo aeropuerto José Martí. Seguramente esperaba a otro porque a mí nunca me espera nadie. Una amiga periodista me llevó a su casa, en el Vedado, donde los árboles todavía tienen derecho a meterse por los balcones y dar paz. Muchos árboles necesitaría yo. El Dr. Pauwells, mi psiquiatra, me ha dicho que hable con Dios, que solo él podría curarme.

¿Pero qué hago en La Habana? Casi todos mis amigos ya no están. El más querido murió sin permitir que yo le echara una mano. La culpa la tiene el cine que los dos amamos. Tambores lejanos y el furo de Cary Cooper tienen la culpa. Un muchacho con dientes blancos publicitarios me ofrece con una sonrisa un medicamento genial, el PPG que, me asegura, “le quitará esa tristeza que lleva usted impresa en el rostro”. Me lo creo y se lo compro. La rampa sigue llena de gente. No sé si sabrán adónde van o tal vez les importe un pito adonde le lleven los zapatos. Eran tiempos en que todo el mundo sonreía, sobre todo cuando veía a un extranjero, reconocible por la ropa, parece ser. Cerca del Hotel Nacional me alcanza una ráfaga de perfume. La propietaria es una morena de ojos verdes, una jinetera, que se busca la vida con su cuerpo. Por el mío no me darían ni un peso y me moriría de hambre. Su falda se abre sobre unas piernas jóvenes y angelicales. Me sonríe. Le sonrío y le pregunto si quiere tomar algo conmigo. Asiente pero recuerda que en el hotel no dejan entrar a las cubanas. Al rato estamos sentados en un rincón de un bar que a mí me gusta en lo más profundo de este hotel que es una joya. Me habla de no sé qué. Apenas la escucho. No hago más que olerla, mirarla y quererla. Ella lo sabe. Me coge una mano, Dios mío, pienso, deja que esto dure siempre, Estoy tan solo. Tan desesperado. Dice que estaríamos mejor en mi habitación. Desde luego. Salí de París con el alma en vilo. Sin esperanzas. Ya sé que es una jinetera, que no me ama, que no se ha enamorado de mí, y qué más da. Quiero que me arrulle un ratito, que me cuente muchas mentiras. Pero quiero sentir su cuerpo, el cuerpo de una mujer.

Se ha sentado en una de las ventanas que dan al mar. Me mira muy seria. Y le cuento que podríamos irnos a París y allí tomaríamos el Trans Europa Express, un tren de historia garantizada que nos llevaría al ladito de Venecia…Por la primera vez veo en sus ojos algo que podría ser una lágrima. No tengo permiso para salir de Cuba. Además, tengo una familia que atender. Se me echa encima y me abraza creo que de una forma muy natural. Sabe a rosas. Su cuerpo es una sinfonía. Le digo que nunca la dejaré marchar que ya se quedará conmigo. Es un vendaval de sensaciones. Hasta me parece sincera. Cuando me despierto se ha ido. En una mesita de noche están los dólares que yo le había entregado y en una caja de cerillas ha escrito algo: “Te he querido”. Ya sé que es mentira.

Que todo es mi imaginación. Que ellas están para los turistas. Que soy un imbécil. Durante dos días la busqué y pregunté por ella. Al tercer día salía mi avión. En el aeropuerto estaba desesperado. Nunca más la vi. Estaba agazapada en un rincón y me dijo adiós. Regresé a París. En France-Presse me gastaron las bromas reservadas a los primeros exploradores de Cuba. La lloré durante tres días y tres noches. Luego la comprendí. Todavía tengo en mi bolsillo su cajetilla de cerillas y los dólares que no quiso aceptarme. Fui uno de los tantos europeos que en aquellos años acudíamos a Cuba a por un poco de consuelo sentimental que solo sabían dar las jineteras. Ya se acabó todo. Ahora reinan los negocios de los de siempre. Porque los otros se entretienen con las colas interminables y frustrantes. Eran tiempos de una Europa descafeinada, en que los europeos corrían a Cuba en busca de algo diferente. Y a veces lo encontraban hasta el matrimonio.

 

 




Cuba y los comunistas

Manuel Juan Somoza | La Habana Cuba

Sentado ante su laptop, entrelazó los dedos de sus dos manos con las palmas hacia afuera y sin soltarlas estiró los brazos frente al rosto enjuto, para elevarlos después bien rectos hasta encontrar en la altura el centro de su cabeza, en una rutina de estiramiento chino que practicaba por hábito cuando dejaba que sus razonamientos silenciosos se escaparan por caminos complicados. En lo familiar, no esperaba nada en lo inmediato del congreso que se avecinaba y al mismo tiempo consideraba que aunque solo fuera una formalidad determinada por los años transcurridos, la posibilidad de que Raúl Castro (cumplirá 90 años en junio) entregara al Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel (30 años menor), el liderazgo del gobernante Partido Comunista de Cuba (PCC) implicaba trascendencia, tanto en la estructura de mando del país, como en la profundización o no de las reforma económicas que a aun con muchos campos vedados se desarrollaba en la isla, condicionada por una crisis de productividad y liquidez impresionante, que el cerco financiero de Estados Unidos acentuaba, y una epidemia empeñada en no dejarse controlar.

Tres años antes, Raúl Castro había expresado más que un deseo, el vaticinio de lo que se podría esperar en el congreso previsto para realizarse del 16 al 19 de abril, en relación con la consumación del cambio generacional que poco a poco se iba registrando en el liderazgo de la Nación. Dijo entonces Raúl que Díaz-Canel era “el único sobreviviente” de los jóvenes que se preparaban para asumir el mando en Cuba y agregó el deseo de que “cuando yo falte, (él) pueda asumir esa condición de presidente de los consejos de Estado y de Ministros y primer secretario del PCC”, aspiración que hasta el momento no ha variado. A propuesta del más joven de los Castro, la permanencia en los principales cargos de dirección del país solo puede ser de hasta 10 años, en mandatos de cinco años cada uno. Datos oficiales indican que el 6,9 por ciento de los altos cargos en el PCC llevan “más de 10 años” en esas funciones y este mes les correspondería el relevo. Por lo cual, de cumplirse el pronóstico, Díaz-Canel se convertiría desde el punto de vista estructural en el hombre más poderoso de Cuba, un país habituado durante mucho tiempo a ser “dominado por hombres fuertes”, en el decir del académico Arturo López-Levy. Según la estructura de poder en la isla, sin comparación con los esquemas vigentes en otros países de Occidente por su sistema de partido único, al primer secretario del PCC, responsabilidades que asumieron primero el Comandante en Jefe, Fidel Castro (1926-2016), y después el General de Ejército, Raúl Castro, se han subordinado desde las presidencias del gobierno y del estado, hasta los altos responsables militares.

A partir de lo vivido, todavía meditabundo ante su laptop y por esas cosas raras que hace la memoria, recordó que él se encontraba entre quienes consideraban que los militares cubanos en activo o en retiro no estaban acostumbrados a que los dirigiera un civil. No obstante, supuso que el tiempo transcurrido desde que Raúl empezó a cederle mandos a Díaz-Canel –ingeniero de profesión- habría sido suficiente para aceitar los mecanismos político-militares en un país tan sui géneris como el suyo, donde un general de brigada en retiro dirigía él mayor consorcio comercial y financiero de Cuba, sin cargo alguno en el PCC o en el gobierno, y muchas veces presente como de incógnito en reuniones decisivas tanto en La Habana como en Moscú, Pekín o Hanoi. A esa altura de sus razonamientos, le llegaron vivencias de cuando esos empresarios singulares irrumpieron en la economía civil; los presagios de que tras la muerte de Fidel todo lo construido en medio siglo se vendría abajo; las apuestas en Estados Unidos a favor de tal caída; otros congresos del PCC sobre los cuales reportó entre los silencios y las sorpresas que siempre han rodeado esas reuniones, y entonces creyó tener perfilada la nota que buscaba, prendió un cigarro y comenzó a teclear.




Aquella portada de “Bohemia”

(Desde el triunfo de la Revolución)

Por Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La vi en un kiosco de la Place de la Bourse, en París. En la portada de la revista cubana “Bohemia” un barbudo sonreía con una gorra verde olivo y uniforme del mismo color. Lo que más me llamó la atención fueron sus ojos. Eran de color esperanza. Durante el trayecto en Metro hojeé la revista. El papel que recuerdo era amarronado, de grano grueso. Olía a algo que nada tenía que ver con la realidad que me rodeaba, Más tarde, después de un descafeinado sin güisqui, los tiempos no estaban para grandes alegrías, me di cuenta de que era mi primer contacto con la Revolución cubana.

Todo lo que yo conocía de Cuba era Chelo Alonso, la estrella cubana salida de Camagüey que con un cuerpo que más tarde se convertiría en símbolo sexual europeo hacía babear a toda Francia. Y todas las noches, en el teatro “Folies Bergère” de París, señores encorbatados y de posibles le rendían pleitesía como a la reina que era. Chelo, a la que conocí fuera del templo donde sus fieles la veneraban, tenía dos años más que yo y era una mujer también de enorme belleza espiritual. A mí, la política no me interesaba entonces pero cuando Fidel y su gente entraron en La Habana y forzaron las primeras planas de la prensa mundial, supe realmente de lo que ocurría allá en el Caribe, tan lejos de nosotros. Porque entonces sólo unos pocos viajaban en los aviones que se tragaban ocho mil kilómetros como si nada.

Uno, que tenía veinte años, todas las ilusiones del mundo pero poco dinero que manejar ni soñaba con esos vuelos de ricos. El tren era nuestro único modo de locomoción y cuando podías permitírtelo. Y que supiéramos no había ningún tren que cubriera la línea París-La Habana.Aquel día en que descubrí la portada de “Bohemia” me pasé de mi estación. En las páginas de la revista se contaban pormenores de aquellos insolentes muchachos, les llamaban guerrilleros, que habían conseguido echar a un dictador llamado Batista y del que pocas ideas teníamos nosotros, pijos europeos. Pero había otros dictadores en América Latina y la verdad es que el día a día en una gran capital donde abrirse paso con una máquina Rollei y una Olivetti portátil, lujo insigne, era bastante dificultoso y copaba todas nuestras energías.

Aunque es cierto que en ese momento Europa necesitaba lo que pomposamente viejos políticos designaban como una “renovación política y moral”. Con sus barbas que aparentemente no estaban todavía recortadas y sus uniformes verde olivo, los guerrilleros que salían de un lugar llamado Sierra Maestra se comieron nuestra imaginación. Era como si a más de un europeo de mis años, chiquillos con ansias de escritura en busca de personaje, aquellas imágenes de “Bohemia” nos comunicaran una cierta idea de la justicia. Aunque todo era muy cinematográfico. Los malos habían perdido y los buenos ganaban por goleada. Fidel daba la impresión de tener ya muy claro que una buena imagen valía más que todos los discursos, sobre todo de cara al extranjero que le miraba con curiosidad y hasta desconfianza. (Ya vimos luego cómo el cine cubano se desarrolló nada más acabar la Revolución, con eficacia y muchísimo talento. Fidel no olvidaba la lección de las cámaras).

Y no hizo nada por desmentirnos a los que casi desde el primer momento le vimos en el papel que Errol Flynn llevó a la cima de la gloria, el Robin de los Bosques pobre y valeroso, también con una barbilla, que puede con todo un poderoso y altivo Sheriff de Nothingann. Batista, por supuesto, nunca había estado en los bosques ingleses ni tratado de seducir a Lady Marian, para el registro civil Olivia de Havilland, pero nos daba igual. La portada de “Bohemia” terminó enmarcada modestamente en la pieza principal de mi minúsculo pisito, un séptimo sin ascensor del 21 rue Rodier, noveno distrito de París.

Porque tendría que esperar hasta 1985 para volar a Cuba por primera vez. Veinticinco años habrían pasado desde que descubriera la Revolución de los barbudos allá en Cuba hasta el momento de aterrizar en el aeropuerto habanero. Veinticinco años después de la portada de “Bohemia”, la Agencia France Presse, una de las tres más importantes del mundo, consintió en enviarme a La Habana para el Festival de Cine. Fueron las mías crónicas tan sinceras y casi bucólicas que Fidel Castro no desaprovechó la ocasión al comparecer en el Teatro Carlos Marx el 15 de diciembre de 1985: “…Hubo una agencia europea cuyo reportero dijo: el Festival de Cannes se ha quedado pequeño al lado del Festival del Nuevo Cine de La Habana”. Cuando regresé a París, con el retraso prescrito por la aviación internacional, y con mi primer nieto esperándome para ser bautizado, no pude menos que decir como si hubiese sido aducido: “He visto cosas maravillosas…Los niños.,,” Y algunos compañeros del cono sur advirtieron al personal que “el Berro se ha vuelto comunista”.




Rubempré y Ulises

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando se ha sido un Rupembré más adelantado que el de Balzac, hay pena, penita pena al final del sueño. Aquellos eran tiempos de los veinte años, cuando sin siquiera necesitabas echar mano a cualquier chulería daliniana, y ahora me espera el final en una isla triste, que ni siquiera es una isla, sino el fin de Europa que cae al Mar Mediterráneo aunque yo la haya vestido con maravillosos ropajes de un cuento de las mil y una noches extraviado en la orilla del mundo negro. Rodeados, atribulados por la maldita pandemia china, he tenido tiempo para volver a leer la historia maravillosamente inventada de Circé, una de las diosas del Olimpo, la que amó a Ulises, el navegante de los mil mares, el más valiente de todos nosotros que escribía con la punta de su monstruosa espada y conquistaba reinos y bellas reinas.

Circé, que se ha quedado con el hijo que le hizo Ulises, un medio dios, tan valiente y cabeza rota como el padre, luchará por él con todos los trucos de bruja que conoce, y son infinidad de argucias que convierten el relato de su vida en una extraña aventura que cualquiera querría vivir. Ella misma, Circé, nos dice la autora de esta bella historia, Madeline Miller, era el fruto de encuentros amorosos a repetición entre un dios del Olimpo y una mujer mitad diosa, mitad humana. Los poderes de la bruja Circe eran casi infinitos. Podía convertir las colinas en montañas y los mares en baños calientes y olorosos para bañar a su bebé.

Además, poseía una belleza tan particular a la que el irresistible Ulises, que había aguantado atado al palo mayor de su barco los gritos amorosos que durante muchas horas de navegación le llegaron de las sirenas encantadoras de los mares, tuvo que rendirse cuando la vio a ella. Y sobre todo cuando ella, dice la leyenda, le metió por primera vez en su enorme cama donde no había yacido ningún hombre. Estaba todo preparado para acoger al gran Ulises y ella se entregó como una principiante en las cosas del amor.

Lo que no consiguieron las sirenas con sus cantos, querían llevárselo para amarlo y venerarlo, lo logró la extraordinaria Circé. Cuando Ulises desembarcó en la playa de los dominios de la diosa volvió a descubrir el amor que había dejado con Penélope en su palacio real de Ítaca. Y Circé, tanto tiempo sola, se enamoró locamente de él. Y formaron una pareja, la más bella que conocen los hacedores de leyendas.

Me encanta la leyenda, me baño en ella y trato de olvidar el presente, tan feo, tan cruel frente al encanto de lo que no existe. Pero siento que toda ilusión se acaba y quiero aprovechar mis recuerdos como testigos de cargo de los muchos momentos maravillosos que compusieron mi vida en París con apenas lo puesto de Tánger y unos bellos zapatos mocasines con suelas de cartón, que el tiempo loco de lluvia, frio y nieve obligaba a cambiar a menudo. Pero yo pensaba que un día podría tener suelas de cuero. Y lo conseguí. Unos años después. Sé que yo solo echo de menos mis recuerdos porque para eso fueron momentos divinos, a veces entre resplandecientes sábanas del lino más fino, que un espasmo podía rasgar y liberar una tempestad de olor a jazmín fresco, mientras ella, bella como solo yo la había inventado en mis sueños, y amante como ella quería, porque le parecía que eran tiempos de amar y de gritar.

Uno no tiene más remedio que asumir sus recuerdos, y no esconderse detrás de las cajas de las mentiras de las que está lleno el mundo, sobre todo cuando han sido momentos tan bellos, de insolente felicidad, mezclados de tanta angustia vivida en un rincón del alma donde seguirá hasta el final. No es que yo haya sido siempre profundamente dichoso, ni mucho menos, porque hubo momentos en que las ilusiones se hundían en un laberinto de hierros retorcido de coche muerto en una pared de la carretera que entonces llevaba de París a la playa de Deauville, el escenario de “Un homme, une femme”, la más bella y realista historia de amor jamás contada por Claude Lelouch, otro soñador. Y esas ilusiones caían repentinamente en el fondo del mar, o por lo menos se hundían entre la arena de Deauville o Le Touquet, que en esos dos paraísos dejé huellas de todo un poco. Fueron momentos, meses, días, años, tan maravillosos que a veces hoy acepto el castigo como pago por tanta felicidad que se me dio sin pedirme recibo ni contrapartida. Eso vendría más tarde. Y yo no tenía a mi lado a Circé, la más bella bruja de los griegos que construyeron y destruyeron las más bellas ciudades del mundo al mismo tiempo que amaban y degollaban a las mujeres más bellas. Ay, Elena…

Me amaron como Circé amó a Ulises, amé como Ulises hizo un hijo a Circé, la más bella, a la que ningún hombre había logrado abrir las piernas y penetrarla ocho noches y nueve días seguidos. Tal vez tanta felicidad dejó ciego de celos a algunos dioses del Olimpo, que todavía hoy, en estos años de asesinato chino, siguen rondando por el mundo. Voy perdiendo los ojos que tantas maravillas vieron, quizá también porque les dejé ver más de la cuenta las desgracias que se cruzaron por mi vida. Y yo entonces no conocía todavía a Circé, hacedora de los milagros más bellos, siempre en pos del amor. En mi último librito, escrito con mi hijo Toni, no he conseguido llegar a las mágicas 127 páginas de “El viejo y el mar”, que hicieron de Ernest Hemingway el mejor escritor del mundo. Tal vez esa haya sido la gran tragedia de mi vida: no haber logrado nunca componer un libro con 127 páginas, las mágicas del Maestro. C’est la vie. Y no queda más remedio que conformarse y esperar que en otra vida…




RATA Y ¡Tiburón!!!

César González | Paris Francia   

Dos de la tarde, sol de plomo en el aeropuerto, toda la jodia mañana con problemas. Finalmente una pausa. Se había tomado un bocata y una cerveza y la digestión le hizo adormilarse. Un destello del sol en los cristales, le      llevo unos cuantos años atrás. Habían llegado a Acapulco tarde, los hoteles completos, finalmente le sugirieron un hotelillo en las afueras, cuando llegaron, el guardia con rifle les acogió y pusieron las maletas en una habitación de esas que te olvidas al día siguiente. Le preguntaron dónde podían cenar y les indico uno de los tugurios que corrían a lo largo del despena perros que lindaba el mar. Una vez sentados y hojeando el menú, la sala estaba llena de parejitas ilícitas, se notaba en los arrumacos que se daban y en el juego de manitas, cuando vio una cosa enorme, parecía una liebre o un perro mediano negro, en claro una enorme rata que atravesaba tranquilamente la sala del restaurante, no dijo nada por temor a que se armase la marimorena, cuando de repente un chillido enorme resonó , seguido de otras más variados, la batalla de Teruel se desencadeno y el ruido de los disparos resonó en toda la sala, los tíos iban todos armados y el alarido de una de las chicas desencadeno el machismo para intentar de cargarse a la puta rata, que con aire de descojonarse de risa e indemne, termino su paseo y desapareció del otro lado de la sala. La tranquilidad volvió, las chicas encantadas con sus hombres que las habían defendido y el patrón ofreció tequila para todo el mundo? Que País!!

Salieron al día siguiente para Zihuatanejo, paraíso que le había aconsejado un colega Transporte local, bus viejo y destartalado, de los antiguos Greys americanos, Durante el trayecto estuvo hablando con el conductor, conductor a la mejicana, rey de la carretera o te apretabas de su trayectoria o se te llevaba por delante, enormes socavones, le pregunto por el pueblo y el le aconsejo un hotel/ pensión, al borde de la playa. Qué tiempos aquellos donde viajaba sin haber reservado nada, en plan aventura. A un momento dado le dijo que cuando se bañase tuviese cuidado con los gatos, como con los gatos?, ellos le llamaban gatos a los tiburones…
Llegaron al pueblo, pensión de una simpleza monacal, una habitación con una ducha al fondo y una trenca con armario para colgar la ropa, monacal. Cansados como estaban, durmieron del sueño de los benditos. Se despertaron con el sol entrando a raudales por las rendijas de la puerta. Para desayuna frijoles con huevos y cerveza, a la moda mejicana. Les aconsejo la patrona, dejar la playa de la pensión e irse a enfrente de la bahía, la playa de las gatas. Dicho y hecho se acordaron con un pescador del puertecillo que había para que les llevase y les volviera a buscar.

Paraíso terrenal, foto de revista en colores, mar azul, agua transparente y tres palmeras, un chiringuito al fondo. El paraíso. Resulto que el tío que regentaba el chiringuito era un francés, supongo escapado de los de la OAS, ya que comentaba mucho el norte de África. Farniente, bañitos en agua transparente, el francés les pregunto que querían comer? , langosta, pescado. Optaron por pescado y el tío se subió a su lanchita, volviendo unos 15 minutos más tarde con dos cachos de bicho de más o menos medio kilo y les dijo, os avisare cuando estén listos. Pescado a la plancha, langosta vivas cortados en dos de un golpe de machete, regadas con limón y directamente a la brasa. La rutina la cortaba cuando al final de la mañana, la señora quería aperitivo y él, se adentraba en el mar, buceaba y le traia sus vieiras, conchas, regadas con cerveza, antes de pasar a la mesa.

Uno de esos días, el francés le dijo:
-¿Te vienes conmigo a pescar?
– Por qué no
Salieron los dos en la lanchita y se adentraron en la ensenada que desembocaba un par de ms mas lejos en mar abierto. Hecho el ancla y le dijo.
-¿Te vienes?

Porque no y poniéndose la máscara de bucear y un par de palmas se tiró al agua
Fondos cristalinos, colores cambiantes, según los rayos del sol, cantidad de peces de todos los colores. Se perdía la noción del tiempo. En un momento dado, vio una sombra del lado izquierdo y se dijo es la sombra de la lancha, cuando uno minutos más tarde la sombre estaba en el lado derecho, ya no se lo dijo. De repente le vio pasar delante de él. Acojonamiento total, le pareció enorme, con el tiempo y una vez el susto pasado, debía medir unos tres metros el bicho. Calma, calma. Se recordó de los consejos que siempre le habían dado. Control, no pierdas el control, respira a fondo. Lo aplico y dando vueltas sobre sí mismo, para tenerlo siempre a la vita, se fue aproximando de la lancha y se subió a ella. Al mirar de nuevo al mar, vio un alerón que se alejaba. Esperó a que el puñetero francés volviese y lo puso a parir por no haberle avisado. -Tranqui, son pacíficos, lo único que debes evitar es cuando pescas, atar los peces a tu cintura, porque la sangre les excita y vienen a por ellos y puedes llevarse también un trozo de tu carne. A partir de aquel día, se contento de pesar vieiras y conchas del borde de la playa. Lo trágico se volvía cómico… El ruido de un avión que se ponía en marcha le despertó. Eso ocurría en la mente de un trabajador, en un aeropuerto situado al norte de un país que es el mío.




Cuba y la sublevación digital

Manolo Somoza | La Habana Cuba 

Como cualquier otro en cualquier parte he vivido las buenas, las regulares y las malas, y hoy la cotidianidad me reafirma que querer cambiar el rumbo emprendido en Cuba hace 62 años parte de la misma fórmula que cuando el viraje se intentó a tiros y bombazos con la inspiración, la dirección y el aprovisionamiento permanente de los gobiernos que se sucedieron en Washington desde la época de Eisenhower.

Coincido con el célebre actor Jorge Perugorría en que “la gente tiene el compromiso de cuestionar el poder”, y sé además que hay quienes detestan ir atrás para interpretar lo que ocurre hoy, pero para mí, que por oficio escudriño, pienso, constato y escribo cada día, no hay mejor brújula que tener bien presente el ayer en tiempos de turbulencias. Aquella parte de la historia nacional, caracterizada por el enfrentamiento a bandas bien armadas por casi toda la isla duró, más o menos, hasta el nacimiento de mis primeras hijas en el comienzo de los años 70 y aunque vencidos, los contrarios nunca se resistieron a admitir la derrota, es su derecho, y los más se agruparon en Miami, la llamada entonces “capital del exilio cubano”, y desde allí continuaron las andanzas, siempre dirigidos o protegidos por la benevolencia puntual de las “estrictas” leyes estadounidenses.

Por eso cuando hoy leo en las redes que el país donde vivo está casi en sublevación popular, que el Washington Post intercede a favor de unos cubanos que dicen estar en “huelga de hambre contra la dictadura” ; cuando  veo la imagen de un joven con el torso desnudo levantando al aire en plena calle una mano en puño desafiante sin amarras policiales, y una amiga me muestra el video de un cura sermoneando en parábolas a sus fieles sobre el derecho o la obligación de salir a las calles a “enfrentar a los totalitarismos”, me pregunto en qué país vivo, si el que me cuentan de manera digital, o el que constato cada día, sufriendo las colas interminables para adquirir cualquier cosa necesaria, o en el que se reúnen voluntariamente y en orden más de 100 mil compatriotas a fin de participar en alguna de las variantes de los candidatos vacunales a prueba contra la covid-19, o aquel que me llega por la televisión estatal, siempre saturada en el balance informativo de noticias bondadosas. Y cuando comparo la “sublevación digital” con la áspera cotidianidad del país, en medio de una pavorosa crisis económica, llego a la conclusión -no por lo que cuentan- de que con otros actores la esencia de los contrarios es la misma de los tiempos finales de Eisenhower, cuando aquí sonaban los tiros y los bombazos, aunque ahora en la Casa Blanca mande otro demócrata.

Por supuesto que este país distinto a los demás de Occidente por su sistema de partido único está muy lejos de ser un dechado de virtudes; obviamente en tiempos de crisis económica y epidemia los cuestionamientos ciudadanos al poder se multiplican pese al disgusto de quienes mandan, y a lo mejor usted, radicado bien lejos de aquí, se estremece por lo que de Cuba le llega en avalancha mediante las redes o la prensa de su país. De ahí, que me permita comentarle lo que he vivido y vivo todavía, no lo que me cuenten, en la aspiración de que si se llegara al extremo de la sublevación –ojalá nunca  ocurra-  también intentaré informar lo que suceda. De momento, la crisis económica y la epidemia siguen,  y las intenciones políticas de los opuestos se centran en vender imágenes de manera digital con vista a calzar la política del Norte, pero la revolución, créame, no ha sido un performance digital, es consecuencia de un ajiaco cultural de muchas generaciones, cuajado desde las entrañas del domino colonial y se mantiene hoy en desafío, no al joven con el puño alzado para la foto de publicidad previamente concertada, sino a un imperio que desde hace 62 años quiere borrar otra manera de organizar la vida sin lograrlo al menos  hasta este lunes 5 de abril de 2021, después de más de una decena de presidentes en la Casa Blanca empeñados en los mismo.

 




Aquellos amigos muertos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

De pronto, en esta vida de mierda que nos rodea, con un bicho de muerte que vino de china Dios sabe por qué y que quiere terminar con nuestras vidas, cuando te das cuenta de que tu existencia no vale más que una vacuna, que aparte el bien que te pueda hacer es también el vértice de un gran negocio a nivel mundial, te preguntas si valía la pena llegar hasta aquí. No te queda ni el cine como remedio a todos los males, porque el cine ya no existe. No hay nada nuevo en pantallas apagadas o encendidas con el coronavirus rondando, y las nuevas “películas” son en su mayoría bestialidades ideada por gente de la televisión que quiere ser cineasta.

Toda mi vida he sido un amante del cine como remedio a mis angustias porque en él encontraba héroes que me enseñaban, situaciones que me guiaban. Puede parecer infantil pero cada cual encuentra en la vida el medio de soportarla. Y en ese cine tenía muchos amigos que, por supuesto, no sabían ni que yo existía. Eran los actores. Esos amigos míos del cine han muerto o están como yo, a expensas de un permiso que les deje llegar al verano o un poco más lejos. Y no le hablo de todos mis amigos norteamericanos, de Gary Cooper a decenas de otros.

Afortunadamente hay esos teléfonos de los que tanto mal decimos pero que en realidad son una tercera columna introducida por los deudos de los muertos. Te dejan ver trailers de grandes películas, sobre todo francesas, y casi siempre cómicas o con actores de primer plano. Y durante el rato que estás visionando oyes la voz viril y sin réplica de Lino Ventura, que quiere coger y aplastar a una alimaña de bandido que mata sin piedad en París. Pero es verdad que ya no hay alimañas, todos son hijos de Dios. En España, uno de los más altos cargos de la organización terrorista vasca ETA, pronto será diputado, ministro o quizá Papa. Porque vivimos en un mundo donde esos terroristas llamados etarras que mataron a mansalva, sin la menor piedad, a gente inocente, que no había hecho más que vivir, están en la cárcel por poco tiempo. Y poco a poco de la prisión actual, como en un parchís maldito, le hacen saltar a una prisión más cerca del País Vasco, la patria de esos asesinos, y un día de esto los ponen en libertad.

Es verdad que ya no hay más moral que el dinero de los bandidos que reinan en Europa. Imagino qué les hubiera dicho el actor Jean Gabin en el papel de un juez, de un comisario, el comisario Maigret fue una de sus buenas interpretaciones, a esos terroristas de verdad y que cuando salgan “arrepentidos” probablemente volverán a extorsionar, a matar. Pero no nos queda ni el genial Coluche, el cómico francés que se convirtió en un formidable actor con corazón tan bien puesto que los comedores para los desahuciados de la vida los creo él, con su dinero. Coluche, que tuvo el capricho de que fuese yo quien le entrevistara cuando iba a presentarse a Presidente de la República, él, el cómico cachondo, con una voz tan singular que nadie ha podido imitarle. Y los compañeros de Informe Semanal de Televisión Española tuvieron que jorobarse porque el payaso, que hubiese podido ser presidente, me había elegido a mí. Joderos, bandidos.

En realidad a Coluche le pasó lo que a Mario Vargas Llosa, el Premio Nobel peruano, que me contó una vez que cuando lo metieron en política estaba a punto de presentarse para Presidente de Perú, en una época en que era un país todavía más difícil que puede serlo hoy. “Pero cuando vi que un día que salíamos en coche con mis guardaespaldas, uno de ello, me pegó un empujón y me tiró al suelo del auto, me dije que aquello no era para mí”, me contó el que entonces había sido compañero de redacción de la Agencia France Presse. Estoy seguro que a Coluche, el maravilloso payaso que hacía llorar, le ocurrió algo parecido. La política no es para la gente buena. Es cosa de bestias pardas que cuando se tocan el pecho es para verificar si alguno de sus secuaces político no le ha quitado la cartera en un descuido.

Todos esos amigos de lo imposible han muerto y no me refiero a Mario, claro. Bourvil, otro cómico francés que nunca amé pero que tenía buenas caídas, Fernandel, el genio, Jean Gabin, con él que “rodé” treinta segundos de película a su lado, yo como periodista entrometido y él como el Comisario Maigret que odiaba a la prensa. Creo que la película se titulaba “Le rouge est mis”.

Luis de Funes, hijo de una pareja de españoles en la Francia de los años de hambre en España, se convirtió en el cómico más célebre de Francia. El único. También le conocí pero tampoco está para hacerme reír y quitarme el miedo.

Nos queda Belmondo de cabellos blancos y diente de león. Todavía aguanta a sus 87 años y que siga así. Pero la mayoría de aquellos amigos que no lo eran pero que tú los considerabas como tales porque siempre estaban en una sala de cine para quitarte las telarañas de las penas, mis amigos, han muerto. Todos ellos eran capaces de distraerte y hacerte pensar otra cosa. Pero se fueron y nos han dejado solos con una pandemia que, curiosamente, ya se acabó totalmente en el país que la produjo, China. Pero, claro, la política nada tiene que ver…




Adiós Cuba

(Para los héroes de Cuba)

Por Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

He tarareado un bolero, y no un tango, para poner punto final a unas novelillas (« Ojos verdes », « En el nombre del padre y de los hijos », « Bye, bye, Brasilia » Y “Último vuelo para Manaus”) en las que conté y volví a contar lo más espantoso que pueda suceder. Por supuesto que no hablo de los cadáveres acumulados en medio siglo de periodismo, cadáveres exquisitos a veces y otras sencillamente tiesos y quietos. Me refiero a una sola muerte. Esas tres novelas giraban alrededor de ella. Y giraban en el peor de los sentidos. No acababa de cumplir el ciclo. Me quedaba siempre a medio trecho porque el final siempre da miedo.

Con « Último vuelo para Manaus » he cumplido. Pero no era así. Ahora, mismo, Abril de 2021, tengo en mi mesa llena de todo y donde no encuentras nada mi última novela, y que no habrá otra, lo juro por Jesusito. Es un remake que mi hijo Toni Berrocal me ha ayudado a componer encima de “Ojos verdes”, la primera en la que me atreví a contar la muerte de mi hija. “La muerte de la hija” se llama este último testamento lleno de mentiras e inexactitudes. Pero de llanto. Y si no les gusta lo que leen péguense un tiro con una bala del 45 de las que usaba Harry el Sucio. En este remake de crónica cubana de otros tiempos, de hace. Alguien dirá que es muy facilón tomar como escenario de una vida una ciudad como París que se cuenta por sí sola. Y que no lo es menos pretenderse enamorado de una joya como La Habana Y terminar con el exotismo puro de Brasilia.

Les juro que hubiese preferido no tener nada que hacer en ese particular triángulo de las Bermudas que ha sido el mío y no el de nadie. Y lo peor es que todo lo que cuento mala costumbre de viejo periodista – es verdad o casi. Porque la realidad o la verdad son conceptos irreales. Cada uno de nosotros tiene su verdad, que cree es la buena. Cada uno de nosotros tiene su realidad, que en general es lo que nos queda una vez que los años se han encargado de suavizar los recuerdos. Mi gran suerte es haber sido escribidor cuando el destino me llamó a comparecer. Imagino que de haber sido médico, fontanero o arquitecto no habría sabido cómo enfrentarme a mi puñetera realidad. Ni siquiera hubiese tenido probablemente la idea del último recurso, el de los grandes. Tan grande, tan absoluto, tan definitivo, que todas las religiones lo prohíben.

Intenté huir de mí mismo, lo que ya es correr, tratando de apasionarme por la Revolución cubana. Fallé estrepitosamente en el intento. Hay que ser cubano muy convencido para estar sacrificándose desde hace sesenta y tantos años (en el original de esta crónica decía medio siglo) en aras de una utopía por bella que sea. Luego pensé que mi ciudad de siempre, en la que crecí humanamente, París, podría amortajarme. Forcé mucho la solución y he terminado odiándola. Luego tuve la oportunidad de vivir un trozo de mi aventura profesional en Brasilia, que es como decir al margen del mundo estúpido y occidental que nos corroe. Me pareció que ese lugar podría calmar mis rencores, mis penas. Me enamoré de un sitio perdido que rezuma espiritualidad y donde Jesucristo está como en su casa.

Pero no hubo milagro. Ahora estoy varado en una isla africana, al fin del mundo donde empieza el Mediterráneo de Ulises, en espera de que me toquen el último bolero. Con la esperanza de que algunos tengan a bien corearlo conmigo. Diciembre, primeros días. Nueve de la noche o algo parecido. La última función del cine Chaplin de La Habana acababa de terminar en un desorbitado baño de sangre con perros no tan rabiosos como los humanos que le hacían embestirse hasta la muerte, en medio de dentelladas asesinas, por unas míseras apuestas. Película mexicana que daría que hablar. La calle estaba animadísima en esta noche de invierno tropical con calorcito a la sombra de las farolas. Taxis grandes y pequeños, pero todos paridos por Japón o Corea, esperaban parsimoniosamente al cliente, posiblemente como antaño de antaño lo hacían los coches de caballos a las puertas de la Opera de París. A los clásicos coches de alquiler se agregaban desde hacía poco una especie de motos con una cúpula casi futurista que parecían medias naranjas a punto de ser exprimidas y que alegraban la circulación algo complicada pese a la escasez de vehículos y a la carestía de la gasolina.

Aquellos carricoches habían dado un tono surrealista a la capital del país más surrealista del mundo, el último reducto del marxismo en el Caribe y sus alrededores. Frente al Chaplin, un supermercado modesto, donde en otros tiempos cualquier extranjero podía tomarse el clásico« buchito » de café cubano por diez céntimos de peso, en medio de la simpática curiosidad de las dependientas, siempre bonitas y sonrientes, se había transformado en un modernísimo bar que esperaba a los noctámbulos del cine. El querido buchito había sido reemplazado por bebidas más internacionales y de todo tipo a las que podían acompañar bocadillos que cualquier paladar caprichoso pudiese desear, pero ya no se pagaba en pesos sino en dólares. Una de las últimas novedades de la Isla era la introducción abusiva del dólar como moneda oficiosa a la que había que rendir pleitesía si se quería tener acceso a cualquier cosa, desde un café con leche hasta unas latas de almejas importadas de España. A medida que esta dolarización encubierta se había extendido, en los supermercados habían aparecido productos que los cubanos ni imaginar podían con sus cartillas de racionamiento.

Las contrapartida había sido esa presencia un poco insólita y abrumadora del signo monetario del país más odiado por los cubanos. Una carrera infernal para conseguir dólares convertía a mucha gente en pedigüeños sin causa. Y hoy para poder comer aunque sea picadillo de pescado, que Dios y el Diablo sabrán que es. Luis apartó con el dorso de la mano los billetes de avión y echó una ojeada a las últimas notas de servicio de la redacción central de Bruselas y a las últimas ediciones de los diarios brasileños. Encima del montón de papeles, unas líneas de su secretaria le guiñaban una sonrisa: « Boa noite. Até amanha ». El ordenador seguía encendido. Luis giró su sillón y empezó a teclear. Sabía que era lo último que escribiría. El jueves debía regresar a Bruselas y su aventura de cuarenta años de periodismo activo acabaría. Pero antes, el miércoles, tenía previsto asistir a una de las primeras representaciones de la Opera de Manaus, inventada por los viejos barones del caucho, que en el siglo XIX, ya ni se acordaba exactamente, construyeron para su recreo, cachondeo y pruritos sexuales un teatro suntuoso que podía compararse con la Opera de París.

Solo que ese teatro estaba enclavado en plena selva amazónica. Su secretaria le había hecho una reserva en el último vuelo del día para Manaus. En Brasilia, el cielo estaba negro y el aparato de aire acondicionado se peleaba perezosamente contra el calor cuando acabó la última línea. Pulsó la tecla que enviaba a la Redacción central de Bruselas y se levantó. El ascensor le llevó al piso catorce, desde cuya terraza se tenía una de las más bellas vistas de Brasilia. Vio el lago Paranoa, la avenida que todos los días le llevaba hacia el Palacio Presidencial… “Jake, escapémonos—gritó Rosie de pronto. Estaba de pie, junto al guardarropa, con un vestido al brazo-. No puedo soportar esta inquietud… Me está matando. Escapémonos a París o a La Habana y empecemos una nueva vida”.

Quise ser como la Rosie de John Dos Passos en “Manhattan Transfer” pero me salió el tiro por la culata. Ahora amanezco en mi isla, rodeado de la gran novedad del siglo, unos bichos sin alma, coronavirus les llaman los cabrones, inventados por los chinos (ya decía el francés Peyrefitte que “El día que China despierte…”. Pues sí, están jodiéndonos.

Pero hace 35 años yo acababa de descubrir Cuba, dormía en la habitación de Frank Sinatra en el Capri, según el embustero del recepcionista y a la noche siguiente conocería a una muchacha, ni jinetera ni monja, que por poco me vuelve loco en la jaula del ascensor, viejo ascensor norteamericano, del Hotel Nacional. Y luego en mi habitación, que ya nunca más veré pero sobre todo oleré. Han pasado tantos años. Han ocurrido tantas cosas. En Cuba me han despreciado gente que debería besarme las manos si era cierto lo que los malditos decían que tenía la pluma de Alicia en el país de las verdades. Hoy, casi fin de mes de enero de 2025, estoy en mi isla africana recordando lo que fue la Cuba que yo conocí, cuando Fidel Castro me hincó los ojos, los mismos de un cristo italiano que me tropecé en Roma poco antes, y me decía unas cuantas cosas que jamás he repetido. Estábamos en una entrada, un pasillo, una selva en el Palacio de la Independencia, donde podíamos oír el alboroto de las mandíbulas de los cientos de invitados que ya estaban devorando las maravillosas langostas traídas de la costa. Corría un rio de Havana Club. Y entonces Fidel uniformado desapareció llevado por un tipo de dos metros que me miraba como si fuera el diablo. Luego nos vimos en una fiesta con Alfredo Guevara, y mientras se abrazaban y se decían cosas dulces de hermanos, Fidel me hizo un gesto. Qué lástima, creo que ya no fumaba.




El tiburón cubano y el PPG

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me gustaría ser cubano por un rato para no tener todos los quebraderos de cabeza que me procura mi condición de ciudadano de un país europeo donde no se sabe distinguir entre las millonarias vacunas contra la pandemia china y se pasan la vida cambiando de marca, mientras algunos caen fulminados por el mal uso de una de ellas. No es broma, es miedo. Parece como si el coronavirus nos hubiese atontado, en particular a los dirigentes nacionales que junto con los de la Unión Europea, todavía peor, están haciendo ricos a los laboratorios internacionales en toda impunidad. Europa está enfangada en la más indescriptible pobreza del alma y colas del hambre porque la economía se ha venido abajo y hay millones de personas que no tienen dónde trabajar y, por lo tanto, poco o nada que comer. Me gustaría jugar ahora mismo al cubano, como he hecho otras veces, pero con la cartera bien llena y sin tener que salir del Hotel Nacional para hacer colas en busca de patatas y otras cositas necesarias. Prefería cuando toda la preocupación de las autoridades era que las jineteras (muchachas bonitas y educadas en general y encantadas de hacer un favor a un señor) no molestasen mucho a los turistas. Aunque como ahora creo que las autoridades recomiendan un medicamento llamado PPG, que en mis tiempos se vendía de contrabando en la calle a los turistas medio tontos. argumentando los vendedores que era genial para la erección y otras cositas, es posible que ya hayan vuelto las jineteras, que daban alegría a La Habana nada más que con su garbo natural. Pero tontamente me doy cuenta de que mi deseo, jugar al cubano con una buena cartera en el bolsillo, es la vocación de cualquier cubano auténtico y certificado. Y de paso seguro que me quitaban la obsesión que me causa el bicho chino porque me pondría, por supuesto, una vacuna cubana, que se tire por donde se tire, me ofrece moralmente más garantías que las que corren por las jeringuillas en Europa. En tiempos de Fidel Castro, ay, ay, teníamos las diplotiendas donde era posible encontrar hasta clavos. Y no se rían. Porque hubo un momento en que yo andaba por La Habana y esos útiles de cualquier carpintero no aparecían por ninguna parte. Otras veces faltaban esos tomates tan ricos cuando no hay langostas que llevarse a la mandíbula pero mi amigo Chango solía tener proveedores para casi todo y más de una carretilla de tomates vi delante de su casita de Macondo. Lo que nunca parecía faltarle a los corresponsales extranjeros eran golosinas como las langostas, tal vez porque fuesen baratas en aquellos tiempos en que yo creía que un día me harían cubana por decreto. Uno de mis amigos, francés, nos invitó un día a almorzar, con una esposa muy entusiasmada porque había encontrado tomates y nos había preparado una fuente prodigiosa. Pero yo en la cocina había encontrado un congelador lleno de langostas, aunque creo que estaban vivas y por lo tanto no era un congelador o los bichos tomaban vitaminas. El caso es que mi amigo me vio tan miserable acercarme a ellas que finalmente comprendió mis sentimientos y dejamos los tomates para otro día y nos zampamos un descomunal montón de langostas.

Nunca encontré en Cuba el bicho que consiguió el pescador de Ernest Hemingway en “El viejo y el mar” pero sí un tiburón, que me hizo renegar de la raza humana. Un amigo me había recomendado un baño en una playa cerca de La Habana e incluso había nombrado a su escultural novia, modelo de profesión con un cuerpo alimentado por sangre francesa, la madre, y cubana, el papá, mi guía oficial. Como para cortarse las venas. Nada más llegar a la que yo bauticé –había que impresionar a aquella mujer—La playa del pirata, me metí en el agua mientras ella tomaba el sol. De pronto, miré hacia la arena para cruzar su mirada. Pero se me atravesó un objeto nadador no identificado que no tardé en identificar. Era un tiburoncito, una cría de tiburón, me precisaría mi acompañante, que tuvo la delicadeza de no carcajearse, pero yo corrí tanto que un poco más y llego a la Plaza de la Revolución.

Fue el bochorno de mi vida, que todavía recuerdo con pavor, excitación y terror. Más de una vez me he salido corriendo de la ducha de mi casa porque me acordaba de la puñetera Playa del Pirata. Después de que mi niñera, que tenía un desfile de modas a las siete, recompensara mi cobardía vergonzante con un beso que estuvo a punto de provocarme un desmayo del que ni los vigilantes de la playa hubieran podido recuperarme, juré que nunca más me metería en una playa. El tiempo que me quedaba en La Habana me daba una ducha rapidísima porque como era tan chiquitito, pensé que el tiburoncito quizá se había metido por una tubería para visitarme. A veces dicen que se encaprichan de los humanos como un perro o un gato. Odié la película Tiburón durante años y al protagonista, ese chulo de Roy Scheider que Dios tenga en su paraíso tropical, lo recuerdo sin compasión. Pese a este fallo mío tardé mucho en consolarme que mi niñera se casara con mi amigo. Llegue incluso a pensar imbécilmente que como yo ya había publicado una novelita la conquistaría con mi intelecto… Si alguna vez pasan por la Playa del Pirata, por favor tengan cuidado con los tiburones. Porque la cría que a mí me produjo el pánico de toda una vida estará ya en edad de morder en serio.




La película de un periodista

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Nunca supo que su vida había sido una película en la que se confundían los géneros porque su pasaporte de casi argentino le obligaba a ser presuntuoso por encima del bien y del mal. Pero por encima de todo resaltaba todo su talento de comunicador. No le imagino agarrado a unas manos más o menos misericordiosa y queriendo huir de la muerte a toda costa. No era su estilo. Falleció hace lo que haga y lo más terrible es que su hijo, al que adoraba, tal vez no estuviese allí. Pero él lo sabía. Mucho tiempo vivió solo, en ermita pendenciero, y ahora le queda la eternidad para seguir mascando sus palabras. A menos que decida seguir mandándonos sus análisis desde el más allá. Amén de periodista fuera de serie, de los que ya no hay, que pasó más de cincuenta años en su casa museo del 98 A número 527 entre 5º F y 7ª Playa, Miramar, una casita como las de Macondo repleta de inestimables y auténticas lámparas Tifany, cientos de fotos, habitaciones reservadas a las que se accedía por un torbellino de escalera. Este santuario de dimensiones aptas para vivir e intrigar, en el que el Reverendo Chango ejercía de cura de la Revolución Francesa, tenía un patio mágico donde cuando caía la noche todos los elegidos debíamos someternos a los dictados de entes con los que nadie bromeaba. Cualquiera de los intelectuales que allí acudíamos por rigurosa invitación cursada según la filosofía y el humor del amo del lugar sabíamos que Chango llevaba viviendo una película sin atrezzo ni cámaras desde que se instaló allí, al llegar a La Habana, algo así como medio siglo antes. Adoptaba actitudes a la Kirk Douglas padre y joven, Victor Mature y hasta puede que a ratos, cuando tumbaba un kilo de carne argentina sobre el fuego de su cocina podía asemejarse a Claude Chabrol. A cualquier novelista de la generación de Somerset Maughan le habría inspirado un personaje de infinita raza de Lazarillo de Tormes a bordo de un automóvil del Este perdido en el tráfico dementemente tranquilo de La Habana. Alfredo Muñoz Unsain, lo de Chango nada más que para los muy allegados, fue el decano de siempre de la prensa extranjera de la isla. En su casa de Miramar, nunca antes de las diez de la mañana, fungía como obispo del extraño Periodismo, siempre bajo el palio de la más absoluta confidencialidad  y la más perfecta cordialidad que los fieles extendían en el patio de todas las confidencias. A los que nos dejaban sentarnos allí, máxime si el ayudante del Maestro nos había designado un vaso orondo de Murano para trasegar el güisqui, nos tocaba admirar. Para- petado detrás de interminables cigarrillos rubios cuyo los que ya no hay, que pasó más de cincuenta años en su casa museo del 98 A número 527 entre 5º F y 7ª Playa, Miramar, una casita como las de Macondo repleta de inestimables y auténticas lámparas Tifany, cientos de fotos, habitaciones reservadas a las que se accedía por un torbellino de escalera.

Este santuario de dimensiones aptas para vivir e intrigar, en el que el Reverendo Chango ejercía de cura de la Revolución Francesa, tenía un patio mágico donde cuando caía la noche todos los elegidos debíamos someternos a los dictados de entes con los que nadie bromeaba. Cualquiera de los intelectuales que allí acudíamos por rigurosa invitación cursada según la filosofía y el humor del amo del lugar sabíamos que Chango llevaba viviendo una película sin atrezzo ni cámaras desde que se instaló allí, al llegar a La Habana, algo así como medio siglo antes.  A cualquier novelista de la generación de Somerset Maughan le habría inspirado un personaje de infinita raza de Lazarillo de Tormes a bordo de un automóvil del Este perdido en el tráfico dementemente tranquilo de La Habana. Alfredo Muñoz Unsain, lo de Chango nada más que para los muy allegados, fue el decano de siempre de la prensa extranjera de la isla. En su casa de Miramar, nunca antes de las diez de la mañana, fungía como obispo del extraño Periodismo, siempre bajo el palio de la más absoluta confidencialidad  y la más perfecta cordialidad que los fieles extendían en el patio de todas las confidencias.

A los que nos dejaban sentarnos allí, máxime si el ayudante del Maestro nos había designado un vaso orondo de Murano para trasegar el güisqui, nos tocaba admirar. Para- petado detrás de interminables cigarrillos rubios cuyo humo jugaba una eterna zambra con la parte superior de sus gafas, daba paso a los debates del día. La primera noche que como recién llegado a la isla desde París tomé asiento en el patio donde el gallo misericordioso y las vecinas toleradas nos dejaban escuchar los más importantes pasajes de la novela de la noche, me sentí como el caballero valenciano al que le revelaron que la copa encontrada en algún hueco de la vida podría ser el Santo Grial. Aquella noche de tanto güisqui y poco agua, de mucho tabaco y humo prudente, la estrella especial era Pastor Vega, el realizador de una de las obras más redondas del cine cubano, “Retrato de Teresa”. Dios, cómo Pastor cumplió con todos los ignorantes que estábamos allí. En unas cuantas horas, de esas horas que se alumbran en el amanecer, nos enseñó que el cine cubano “era un milagro querido por Fidel Castro”. Y nos penetró de la tremenda magia que había dado a esta cinematografía sin grandes medios momentos inimaginables.

El último momento estelar, o el que yo mejor recuerdo, fue en 1993. “Fresa y chocolate”, filmada por Tomás Gutiérrez Alea y Carlos Tabío sobre la hasta entonces imposible homosexualidad cubana frente a la rigidez de los mandamientos cubanos marxistas. Aquella noche de triunfo de todos cuantos apostábamos por esa apertura que se tradujo en un ábrete sésamo político, Chango exultaba. Como siempre, él lo sabía todo antes de que se plasma- se en la pantalla del gigantesco Teatro Karl Marx. Creo que hasta había previsto que el aparente triunfador, Alfredo Guevara, jugara con su chaquetilla de verano un numerito que quedó en los anales del triunfo de la razón.

En Cuba, y hasta fuera, Chango lo sabía todo. Te lo explicaba todo y en todo acertaba. Las pocas nociones que yo tengo sobre la Revolución cubana, desde sus comienzos a nuestros días, me las enseñó él. Él nos condujo a unos cuantos periodistas por los que sentía cariño, y hay que advertir que no lo derrochaba así como así, hacia la comprensión de un régimen que visto sólo a ocho mil kilómetros puede confundirse con “El Pa- lacio de los sueños” de Ismail Kaddaré. Cuba era para nosotros un lugar mágico. El cuento es que Chango fue director adjunto en La Habana de la Agencia France Presse, una de las tres gran- des de la información mundial, durante más de veinticinco años. Lo vio todo, conoció a todo el mundo, relató lo que sabía poder relatar y calló lo que callan los grandes del periodismo. Antes de echar anclas en la AFP había sido redactor de Radio Habana y un montón de cosas más. Trabajo también en medios extranjeros. Y en Prensa Latina, de la que se consideraba fundador. Pero en esta noche de mi Fuengirola de la Costa del Sol de la sureña Andalucía, muy, muy lejos del patio de Chango, no tengo más remedio que recordar que yo había combinado con Tony, mi hijo, enorme fotógrafo, ir en diciembre pasado a La Habana con el pretexto del Festival de Cine. El objeto de nuestra misión era diferente: despedirnos de Chango, al que tanto amamos. La operación abortó. Se veló la película. Y creyendo no romper así la magia hasta que se presentase otro avión le envié un libro mío sobre la locura y un simbólico bolígrafo Parker. Ahora sé que no le dio tiempo a leer ese grito desesperado. Y que nunca más escribirá con mi bolígrafo.

 




(COMO SI NO HUBIESEN PASADO LOS AÑOS)

Pastor Vega, el sabio del cine cubano

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando se marchó (2 de junio de 2005), Pastor Vega era demasiado joven, 65 años tenía, y faltaban once años más o menos para que Cuba fumase con Barack Obama el puro de la paz y el país tomase un viraje que no a todo el mundo agradó. Faltaba más todavía para que Donald Trump diese al traste con el deshielo. Hubiesen sido momentos intensos y dramáticos para Pastor, uno de los más grandes del cine cubano y probablemente el director más querido y más interesante, porque él presumía de revolucionario y quería dejar constancia que cincuenta años de lucha no pueden quedar en nada. Es seguro que de vivir hoy estaría bastante disgustado, viendo también los derroteros que parece tomar el cine, su cine, el que él contribuyó a hacer grande. “Retrato de Teresa” fue su película más emblemática y uno de los títulos de los que podía onorgullecerse el ente oficial del cine cubano, el ICAIC.

En 2017, al margen de la producción del oficial Instituto de cine que desde la victoria de la Revolución dio sus cartas de nobleza al cine de Cuba, han surgido, por generación espontánea, productores “independientes” que hasta ahora se han distinguido mayormente por películas al borde de la indigencia intelectual. Se busca la rentabilidad a la hora de rodar y de exhibir esta producción, principalmente en Internet

De Pastor me ha quedado como una ensoñación un montón de horas que pasamos una noche en una casa mágica del mágico barrio de Miramar en la mágica Habana y que referí tiempos después en un libro mío (“Fidel Castro y la diplomacia del cine”, Publibook, París). Aquí lo tienen:

En diciembre de 1994, enjuiciaba una serie de casos y cosas. Y matizaba el gran éxito del cine cubano:

« Fresa y chocolate – aseveraba Pastor Vega en aquella reunión nocturna– se está beneficiando de una larga historia… El aperturismo (en el cine cubano) no viene con « Fresa y chocolate ». El aperturismo viene con la confrontación que provocó « Alicia en el pueblo de las maravillas », de lo cual se beneficia « Fresa y chocolate ». Un gran poeta de este país, Lezama Lima, decía que todo existe primero en su potencia y después se realiza. Por supuesto, nada existe en la nada, viene de alguna parte. « Fresa y chocolate » es la culminación, el iceberg. Además, yo pienso que no es la mejor película de Titón, quien ha hecho cinco obras maestras, pero esta es la más oportuna, la que ha puesto el punto donde había que ponerlo. Es que vivimos de paradojas. La película que no es la mejor del mejor cineasta es la más importante… »

Sobre el personaje más enigmático de la cultura cubana: « Tú sabes que Alfredo (Guevara) fue el fundador del cine Cubano, protagonizó las polémicas más importantes que en el terreno de la cultura ha habido en este país. En determinado momento lo sacaron del ICAIC. Una noche, mi esposa (Daisy Granados) y yo coincidimos con Fidel en una fiesta de fin de año a la que también asistía Alfredo. Entonces, ella se acercó a Fidel y le dijo en tono fuerte: « ¡Y por qué sacaste a Alfredo del ICAIC!. ¡Por qué nos has hecho eso! ». Entonces, Fidel abrazó a Alfredo y le contestó a Daisy: « Lo he hecho porque Alfredo es mío. Yo se lo presté, ya se lo devolveré más adelante. Porque este señor que está aquí fue mi maestro, yo no era marxista. Cuando yo llegué a la universidad yo no sabía lo que era el comunismo ni lo que era Marx. Y el señor Guevara me lo enseñó todo. Así, ahora me lo llevo y luego se los devuelvo »…

Y Pastor había proseguido: « Si el cine (cubano) existe es por eso (la amistad entre Castro y Guevara), porque este país no tenía por qué tener cine, que es un lujo para un paisito de mierda subdesarrollado. Es un lujo que (Cuba) tenga una cinematografía como la que tiene. Se debe a esa relación de padre e hijo o amigo o lo que sea (entre Fidel Castro y Alfredo Guevara)… En el veinte aniversario del cine cubano escribí un artículo que se llamaba « El voluntarismo y el cine cubano » que nadie me publicó porque entonces no se podía hablar de voluntarismo. Luego lo publiqué en Italia… Creo que las grandes virtudes y los grandes errores de este país están ligados al voluntarismo y el cine cubano es un voluntarismo de ese señor que está ahí (Alfredo Guevara) ».

« Puedo trabajar fuera de Cuba pero tengo que vivir en Cuba, porque éste es mi espacio, el ICAIC es de nosotros y no lo vamos a disolver, lo vamos a transformar en una corporación, tal vez jesuita, por supuesto que todo tiene que ser jesuita, ¿o es que existe otra forma?. Yo creo que (los cineastas) hemos contribuido al cambio de la sociedad cubana de alguna manera y que seguimos contribuyendo, cada uno con sus películas, a veces con una película completa, a veces una sola secuencia… Yo pienso que cada obra de arte, cada película, va abriendo el espacio y el espacio es cada día más ancho. Eso para cualquier país del mundo y más en Cuba porque Cuba es más sensible. Entonces hemos ido abriendo espacio. Hace cuatro años el ICAIC estaba disuelto y ahora está más vivo que nunca. Yo creo que la voluntad es la gente que hace cine ».

« Yo soy miembro del Comite Nacional del Sindicato de la Cultura. Un día estábamos reunidos y vino un compañero de una posición superior políticamente a decirnos que el sindicato había que cambiarlo porque los artista no creían en ese sindicato, que había que ir a los barrios y a no se dónde, que hacer esto y aquello… Yo le dije: Mire, perdone, yo pienso que usted está hablando el lenguaje viejo. Si queremos un sindicato, hay que hablar un lenguaje de los artistas, yo estoy de acuerdo con hacer la extensión cultural que usted está pidiendo, que haya un cine móvil, un teatro comunitario, que la orquesta sinfónica toque un día en la sierra Maestra. Todo eso me parece muy bien, pero eso no fortalece la cultura. Eso es difusión de la cultura. Pero si usted quiere que los artistas creen un sindicato, usted tiene que meterse en el lenguaje de los artistas y meterse en problemas de la creación de la imaginación. Pero usted está diciendo cosas que ya pasaron y que no sirvieron, que han fracasado muchas veces. Por lo tanto, para un sindicato nuevo hace falta gente nueva y un pensamiento más renovador. Yo creo que eso está pasando en todas partes. De alguna manera porque yo soy de los que piensan que eso no existió nunca, jamás ha existido en el mundo… Le voy a decir una cosa: yo creo que el primer revisionista se llama Lenin. El marxismo lo hizo Marx y Lenin fue un revisionista que en mi opinión hizo muy bien porque era la oportunidad de poner en práctica una nueva forma de organización social fuera o no fuera marxista y adelantar la historia con voluntarismo. Lo que pasa es que el voluntarismo se paga. Yo quiero decir que por eso debemos de la historia existe este país.

Si este país existe es país es porque Lenin se equivocó… Yo tengo una hija ilegítima, no es una hija de mi esposa, es ilegítima, está fuera de la ley. Entonces, ¿qué sucede?. Que ella me reclama por ser hija ilegitima. Le dije: ser ilegítima es tu única opción y si estás viva es porque eres ilegítima, estás hecha contra la ley, contra natura. Por tanto, no me reclames. De haber sido así tú no existirías, no estarías ahí sentada. Y yo creo que Cuba es una hija ilegítima y me alegro muchísimo de que lo haya sido, porque de ese modo se convirtió en país, pobre—todos los errores que tú quieras los reconocemos—pero existe… ».

Esta serie de reflexiones, hechas por el cincuentón Pastor Vega en la intimidad del jardín mágico de una casa casi de Macondo perdida en una de las partes más esotéricas del barrio habanero de Miramar saltan ahora como una advertencia ante las perspectivas del cine de Cuba en 2017.




La copa

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Extraña vida la que llevamos desde que estalló la pandemia, quiero decir desde que los chinos, cuyo presidente afirma que ya liquidó la pobreza, como para descoyuntarse a carcajada limpia, nos mandó los coronavirus por via aérea o lo que sea. Pero hay otra corriente de pensamiento que dice que en realidad los bichos se escaparon porque estaban muy mal educados. Ni Mao Tse Tung, cuyos feroces métodos nazis antes y después de la hora hizo de mil millones de chinos mil millones de esclavos, menos él claro, que se dedicaba a decir que cruzaba a nado el terrible e inexpugnable rio Yantseng y lanzarnos a la cabeza su Libro rojo, que todos los periodistas de mi generación parisiense compramos con fervor. Luego sabríamos de sus crímenes y de lo que aquel monstruo entendía por Revolución cultural. Pero voy a lo mío. De vez en cuando trato de tomarme un güisqui, solo, sin hielo y en la soledad más absoluta. Me escondo incluso, como los grandes alcohólicos de las películas norteamericanas que fueron nuestra Biblia. ¿Acaso Jesús no transformaba el agua en vino porque sabía que un poco de alcohol hace que las bestias que llevamos dentro se aplaquen? Ahora es el coronavirus el bicho chino, que todos queremos olvidar. Honor al Presidente chino, Xi Jimping, al que nunca se le ve con mujeres y Satanás sabrá por qué. Siempre ha sido la tradición de los mandamases chinos que las mujeres fueran esclavas sexuales.

Me meto en un rincón y me sirvo cuatro gotas de güisqui, más de cuatro en realidad, con Perrier, el agua bendita de todos los alcohólicos educados en la Francia de los años sesenta. Y entonces veo una foto tomada en la más feroz época staliniana pero que parece muy lejos de los horrores. Un piso estrecho, como eran entonces los pisos en Moscú. Y una mesa larga y ancha servida de todo, con más vodka que otra cosa. Un amigo querido de París, ruso de los primeros que pisaron Francia cuando se jodió la Revolución, él era zarista, me enseñó las virtudes de un vodka en caso de emergencia.

Lamento mucho no haber atendido más a sus recomendaciones, que pasaban por una sopa rusa de coliflores maravillosa, a la que siempre me invitaba porque yo no tenía más que para pagarme dos huevos duros y la sal correspondiente para el almuerzo. Estoy escondido con mi güisqui, y no whisky, que una amiga cubana que hoy me detesta me enseñó como las cuatro reglas. Luego se negó a seguir su pedagogía en otros campos. Pero ahora tengo a la misteriosa muchacha de Boucheron, una joyería francesa, que todas las mañanas y a todas horas me saluda y se cachondea de mí mientras escribo. No se imaginen lo que no es. Ella está en un anuncio que adoro y yo en la espantosa realidad.

Es la locura de la soledad. Probablemente los supervivientes de esta guerra nunca declarada entre China y Estados Unidos tendremos de qué reflexionar. Porque hablar no hablaremos. Para cuando acabe, los sobrevivientes habremos perdido la voz y la inteligencia de vivir. Me he tomado mi güisqui en dos fases. La del recordatorio ya que un problema de salud me había alejado del Johnny Walker, y la copa con la que brindaría por Corinne, que es una mujer de la que estuve enamorado desde su nacimiento. Y de la que sigo enamorado.

Como ella se fue con otro y se mató en un accidente mientras el cretino de su novio salía vivo, qué injusto eres, Señor, la recuerdo todos los días, le he escrito diez libritos y sus fotos son el decorado de mi mesa en la que cuento hasta lo que no siento, pero mucha gente se divierte con mis fantasías. Me he convertido en un payaso, y eso que odio los payasos del circo, y escribo y escribo, en el fondo para no pensar más de la cuenta. ¿Tienen ustedes una pequeñísima idea, gente feliz, que hace el amor con la tranquilidad del tsunami que nunca llega, lo que es estar solo, absolutamente solo, definitivamente solo? Únicamente me queda el teclado del ordenador y de vez en cuando, una vez por semana según el acuerdo que tengo con mi médico, el güisqui.

Cuando estaba en Cuba bebía ese delicioso brebaje bautizado ron Havana Club, extraño nombre. Bebía hasta que se me caían todos los recuerdos al suelo. Una noche en que Fidel Castro ofrecía una recepción a su amigo de toda la vida, el cineasta Alfredo Guevara, me quedé transpuesto de tanto darle al ron con hielo. Hasta que un amigo inefable, Chango, el último que me quedaba pese a ser argentino-cubano, me preguntó si sabía dónde estaba. El recuerdo de aquella magnífica velada, en que Fidel abrazó a Guevara llamándole hermano con toda la solicitud de la verdad, me ha quedado grabado.

Otro día, Fidel me concedió la alegría y el privilegio de charlar conmigo a solas, en medio de guardaespaldas y de miles de plantas tropicales en el Palacio de la Revolución. Fidel murió y Cuba se acabó. Por eso quiero terminar mi güisqui a su salud, aunque todos los bandidos que se han puesto al lado de su sucesor sigan odiándome. Me lo he tomado como una promesa, como un sepelio mal organizado.

I love you, comandante. Que Jesús te bendiga.

 




“¡A la cola!”

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me han puesto, a mis 80 años y cuatro meses, la primera parte de la vacuna contra el Covid, en una caseta de feria de esta isla donde en tiempos sin pandemia la gente iba a emborracharse, a bailar y a lo que cayese. Éramos una lamentable cola que parecía salir de una guerra. Todos estropiados. Las señoras trataban de brillar aunque tuviesen un sillón de ruedas o una silla para aguantar la espera, bajo un sol mediterráneo. Pero eso no le importaba al capataz de bata blanca: “¡A la cola!”, gritaba, como en otros tiempos. Imagino que algunos de mis viejos extranjeros, que tal vez conocieron aunque fuese de oídas en su juventud los campos de Hitler, habrán tenido un pellizco de recuerdo. Al tiparraco matón le faltaba un latiguito de la casa Hermes. Estamos en 2021 y la desvergüenza no ha cambiado. La desvergüenza de los que se creen por un momento que pueden mandar a un montón de viejos cansados de vivir y hartos de los sinvergüenzas que rodean a esta isla por todas partes.

Me pusieron la inyección y lo agradezco porque este país no está para más ceremonia. No hay casi vacunas porque una parte las roban y otra está probablemente mal distribuida. Demos gracias a Dios aunque nos inmunicen en un antiguo local con relentes de puticlub. Mucho me ha hecho llorar esta vacuna. Me parece una injusticia que, por un capricho del amo que manda, nos las pongan a los que ya estamos despidiéndonos de la vida. Estoy seguro que cuando toque la segunda inyección, una parte de los que recibieron la primera ya no estarán. Se habrán ido para no hacer cola inhumana y cuan violenta. Y la primera inyección se habrá perdido. He llorado porque todas esas vacunas para los que ya estamos en la edad de irnos con el Señor o con el diablo es una pérdida. Sí, es posible que pese a mis 80 años yo escriba algo extraordinario antes del último acto. O que la viejecita que apenas tenía piernas para seguir la maldita cola que me recordaba a los miserables de Victor Hugo, invente una crema contra el acné virulento. Qué se yo.

Pero el hecho es que se gasta en los viejos lo que debería ayudar a los jóvenes, miles de miles de jóvenes a ponerse más estirados para seguir sus vidas, que son las que comienzan, no las nuestras. Ellos son los receptores naturales de esos medicamentos que pueden salvarnos del chino coronavirus. Ellos son el porvenir. El futuro. Son los que deberían haber sido vacunados, y no los viejos que apenas aguantamos una cola y la orden infame del enfermero jefe o lo que sea “¡A la cola!”. Es una injusticia la que se está cometiendo y de la que yo soy testigo y aprovechado. Pongan esos jeringazos de vida a mis hijos, a mis nietos, a los hijos y a los nietos de todos los que me acompañaron en aquella maldita cola. Denle razones para vivir, para esperar. Porque, naturalmente, en los círculos del poder los primeros servidos han sido los diputados, gente demasiado joven, los miembros de los 17 gobiernos que tiene España, esos reinos de Taifas donde las prebendas caen siempre entre los mismos. Y hoy, una vacuna contra la tempestad de odio que nos viene de China es un pasaporte para la vida.

Miren, señores, señoras, nosotros, los de la cola en la sala de fiestas, ya hemos vivido, hemos procreado, hemos hecho cosas, buenas o malas. Ahora es el turno de los jóvenes que tienen que vivir, criar hijos, y considerarse que pertenecen a esta sociedad maldita. Rebelémonos, abajo las vacunas para los viejos, todas las vacunas para los jóvenes que son el mañana, o el pasado mañana. Ya está bien querer ser eternos. Hemos vivido lo que los jóvenes quizá no vivan, hemos disfrutado lo que quizá ellos no puedan disfrutar. Y así podrán tener hijos, hacer proyectos, ayudar a los demás.

Porque los viejos, estos angelotes que nos creemos los descendientes de la ruta de la seda, estamos acabados. Quizá hagamos algo bueno que valga la pena antes del paseo final, pero prioridad a los que esperan y que no entienden por qué tienen que ser los viejos más reviejos los que se aprovechen de las vacunaciones. No todo el mundo es Clint Eastwood para rodar una película con 91 años. Y, además, él no necesita cola de vacuna porque es eterno. Al principio de la pandemia, casi 12.000 viejos murieron en las residencias donde sus familias los habían metido para no tener que ocuparse de ellos. Se produjeron brotes de coronavirus imposible de parar y se quedaron fritos en sus camas estrechas y sin un adiós de alguien a quien querían.

Este complejo lo arrastra España y por eso cuando faltan vacunas se han acordado de los ancianos. Acabemos con la comedia. Las vacunas para quienes las necesitan, para todos esos jóvenes que esperan y desesperan. Y nosotros, a los que una bestia parda con bata blanca se atreve a gritarnos “¡A la cola!” como si tiempos pasados fueran presentes o porque su fe es muy grande en aquellas soluciones y le dan ardor de estómago. Acabemos con la falsa de querer salvar a toda costa a los que van a morir y te saludan.