Cuba y el fin de año
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Manuel Juan Somoza | La Habana

Se nos va otro año cruel que ha extendido su maldad por todos los costados del planeta y cada quien se dispone a despedirlo, o mejor sería a ¡OLVIDARLO!, según los recursos y el ánimo de que disponga. Desde Washington un colega y amigo destacado allá envía la imagen de un enorme árbol navideño y en Madrid han vuelto las iluminaciones para recordar que nos aproximamos a tiempos de festividad. Hay que reanimar el comercio, los mercados, el consumo; hay que vivir porque para eso estamos, aunque los sabios nunca hayan podido descifrar el enigma de la vida; hay que soñar e insistir, darse por vencido es la peor de las recetas.

En Cuba se goza con el son, con la guaracha y la rumba, y a la hora de filosofar sobre el gran enigma la conclusión es igualmente musical a pesar de que su esencia llegue de muy lejos. “La vida es un tango”, aseguran los cubanos, quienes a juzgar por las tendencias que se observan en las calles olvidarán este año a ritmo de tambor y cornetín santiaguero con lo poco que tengan en las manos; así de singular es este ajiaco nacional de africanos, europeos con pizcas chinas y nativas, de otra forma sería imposible resistir tantos años de nadar contra corriente. Y habrá fiestas en Cuba sin guirnaldas de colores, sin derrochar una vez más lo que no hay y eso, créame usted, no lo impedirán ni los muertos que ha dejado la epidemia, sería una desconsideración hacia ellos. No lo impedirá ni la ausencia de casi todo lo imprescindible para llegar al otro día, ni los apagones que el gobierno busca mitigar contratando en Turquía plantas flotantes generadoras de electricidad, ni las sanciones económicas que Biden multiplica para hacer “felices” a los cubanos, dice, con la vuelta a su “democracia”, ni los augurios sombríos de quienes hacen política con las desgracias. Ni el copón divino podría impedir que los isleños insistan en olvidar los espantos de la epidemia y de su cotidianidad con lo poco que tengan a la mano. Decir que el país caribeño vive en crisis, es redundancia, y no voy a recrearme en lo sabido.

De mi parte, le insistiré a Ilsa, una de esas hermanas que surgen de la lucha de un día y otro, para que tiremos agua juntos a las 12 de la noche el 31 de diciembre como hemos hecho desde hace cuarenta años Vivian, quien suscribe, ella y su marido que partió por la maldita covid; me da la gana de pensar que donde quiera que esté Anael no dejará de mandar al carajo este año puñetero entre scotch y scotch, y mejor sería volver a hacerlo juntos. Y también, al igual la mayoría, estaré atento al precio de la carne de cerdo -de puerco se le dice aquí-, que le hace cosquillas a las nubes. Más de 200 pesos la libra, lo que equivale a 8,33 dólares al cambio oficial (inamovible desde enero) o a 2,85 usd en el mercado negro, que fluctúa de acuerdo con los vientos de la oferta y la demanda y es referente de los precios minoristas en momentos en que la inflación y la especulación son como tenazas adicionales en la vida de la gente. Y mantengo la vista en los precios del puerco porque quiero mantener la tradición, pero con esa carne o sin ella despediré este año maldito y haré planes de futuro sabedor de que pocas veces cumpliré lo que proyecto. La vida es como un tango que hay que aprender a disfrutar, lo contario sería morir antes de tiempo.