Venom,  there will be slaughter
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Sergio Berrocal Jr

Aunque hoy la tengamos más o menos asimilada, y el rodillo de los recuerdos la haya normalizado, no hay que perder la perspectiva de que ‘Venom’, estrenada en 2018, fue una extravagancia muy especial. Concebida originariamente como un spin-off de la tercera película de Raimi de Spider-Man, estuvo dando tumbos por los estudios, sufriendo reescrituras de guión y saliendo a la luz finalmente como película independiente de las del arácnido, aunque prácticamente desde la primera entrega sabemos que el personaje acabará integrado con el Spider-verso de Sony.

En cualquier caso, aquella era una película extraña, un carrusel de tonos y estilos que a veces se volcaba en la comedia física que Tom Hardy ejecutaba de forma impecable (la escena del restaurante sigue siendo una de las más gozosamente extrañas que nos ha dado el cine basado en personajes Marvel). Y en otras ocasiones se planteaba como una versión oscura y algo pasada de moda (más ‘Spawn’ que el ‘Daredevil’ de Netflix, por señalar un par de claros referentes) del cine de superhéroes más urbano. ‘Venom: Habrá Matanza’ toma buena nota de lo que funcionaba en aquella película, cuyos aciertos venían muchas veces dictados por la casualidad y la excentricidad, y potencia los valores más claros. Por una parte, la comedia física de Tom Hardy y su interacción, ya abiertamente propia de clásica pareja humorística, con Venom. Por otra, se fuerzan los elementos macabros y brutales, como resortes engrasados que hacen funcionar a este oscuro universo simbionte.

El resultado sigue siendo irregular, pero no carece de chispa. Por ejemplo, Andy Serkis -esta vez prolongando la labor de director especializado en películas petadas de efectos digitales, como ya demostró en su anterior ‘Mowgli: La leyenda de la selva’- aplica una estructura y un ritmo al film que dinamita las convenciones superheroicas. Absolutamente continuista en el argumento con la película anterior (directamente incomprensible sin tener aquella en cuenta, de hecho), arranca con chistes, hace detonar al personaje de Matanza, hace un par de interludios patético-románticos y concluye con un clímax larguísimo que es una auténtica fiesta.

El resultado, desde luego, no es para todos los gustos, y eso que en su esqueleto la película es una clásica secuela con presentación de enemigo: Eddie Brock, el fracasado periodista que comparte cuerpo con el asilvestrado simbionte alienígena Venom, acude a la carcel a hacer una entrevista al peligroso psicópata Cletus Kasady. Pero un incidente en la prisión hace que parte del simbionte entre en el cuerpo del asesino, convirtiéndolo en una despiadada máquina de matar.