Turquía: telefilmes para ser europeos
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Sergio Berrocal

A falta de una política eficaz para que les dejen entrar en la Unión europea, la poderosa Turquía, clave en el sistema occidental de defensa frente a Rusia, parece haberse resignado al viejo truco latinoamericano de hacerse valer con sus telefilmes, como Venezuela o México, salvo que estas producciones son de lo peorcito. Pero ese no es el cuento de este festivo imbécil que los españoles no se aburren de poner en el calendario, porque nada hay más que le guste a un español que un puente en el que poder olvidarse que la vida es una mierda, sobre todo en esta empanada de pandemia que está medio acabada sin acabar de irse. Aunque los guiones sean pésimos, y los personajes de llano continuo e ininterrumpido, los machos protagonistas de estas telenovelas son altos, bien hechos, como salidos de un gimnasio. Tienen una sonrisa tan melosa que ningún galán de telenovela mexicana o venezolana podría comparárseles.

Son largos, interminables relatos que aparentemente Turquía ofrece a los incautos dirigentes de las televisiones europeas y se supone que mundiales, aunque quizá haya otros intereses y tampoco existan los incautos dirigentes. Son extensísimos relatos de familias, con un carácter mafioso pero con menos gracia, infinitamente ninguna, que “Los soprano”, y siempre con los ojos asesinos que aparecen sobre el bigote o las barbas dispuestos a liquidar por el honor, que no por el amor, o por el interés, aunque a veces las dos cosas están unidas.

Es posible que los turcos, que no tienen pasado cinematográfico recordable, crean que han hecho una especie de gigantesco Padrino, pero es deprimente. Los principales personajes son las mujeres, siempre acicaladas, estudiadas y monillas, y si aparece una pobre muerta de hambre es porque ha habido un destello freudiano o un recuerdo de Victor Hugo en algún guionista más culto que los otros. Las mujeres son bastante apáticas pero se quitan las bragas fácilmente ante el poder, el dinero y los machos de los bigotes, como ese Selim maldito que lleva una cabellera que podría recordar a Jorge Negrete o a Vargas e incluso a cualquier escapado de un trio de los Panchos.

Parece un poco infantil creer que un tipo tan retorcido como Erdogan, que en cuanto que se mueve una hoja de papel, de periódico, claro, desde Estambul a Ankara, mete en la cárcel hasta el corrector del diario, no tenga un arma secreta en esos inútiles telefilmes. Difícil creer que Erdogan, el Maquiavelo de los peores chantajes a nivel mundial, se crea que esos malísimos telefilmes vayan a darle opción a meter mano en la política europea.

Porque su ambición suprema es entrar en la Unión Europea, a lo que Francia se opone frenando con las cuatro herraduras en recuerdo de la matanza del genocidios de armenios en los años 15 a 20 del otro siglo. Aunque la verdad es que Erdogan ni su régimen tienen poco que ver con eso. Fueron cosas de los sultanes, cuando Turquía no pretendía ser un país moderno, con sepias y europeas ambiciones. De pronto, el Jefe del Estado, musulmán tranquilo, se ha metido en esa campaña de peliculillas televisivas. Quizá porque algún historiador le haya contado que cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, 1945, la condición sine aua non que pusieron a Francia los Estados Unidos para empezar a levantar la Europa de descombros era que sus películas producidas en Hollywood tuviesen vía libre en toda Europa. Por primera vez en la historia.

Pero parece que nunca por sus propios medios los turcos podrán exhibir un pasaporte europeo, que ya tienen todo los países de la antigua zona comunista de Europa, algunos de los cuales no lo merecen, es cierto, más que los turcos, la verdad sea dicha, porque son igual de medievales. Pero la política tiene sus caminos que solo los políticos conocen.

Es seguro que los consultores de medios de comunicación han aconsejado a Turquía la operación telefilmes, aunque quizá se hayan olvidado de decirles que tienen que ser más modernos, menos machistas, que las intérpretes no pueden ser únicamente las ricas afortunadas por la bolsa, y que hay que respetar muchos aspectos de la Unión Europea con la que ellos sueñan, que actualmente se pasan por donde les parece. Con todo y con esto, quiero que a partir de que mis peluqueros de Marbella y otros conductores de belleza se metan con mis pequeños Y aunque no se lo crean, pese a esta exhibición de mal gusto literario patrocinado por el sultán de Turquía, este país tiene un escritor, aunque sea uno solo, Orhan Pamuk, que es nada menos que Premio Nóbel de Literatura de 2006. A sus 69 años de edad, y sin bigote pendenciero como el de los telefilmes, tiene en su haber dos preciosas novelas, que yo recomendaría, Estambul, y El museo de la inocencia”.

Lo que si es cierto es que en vez de esas pijaditas de telenovelitas, Erdogan querría apoyarse en el Nobel, pero no parece que simpaticen mucho.  El régimen no soporta al Nobel y cuando puede le echa encima a la ley que solo representa Erdogan en Tuirquía.

Así que hay telefilmes de cuatro reales para rato.