Libros mentirosos
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Sergio Berrocal 

Mi compromiso con la escritura, no me atrevo a decir literatura, es profundo y muy serio, se produjo en Ceuta, extraña ciudad metida en la punta de África que da al estrecho de Gibraltar y que nadie sabe si es mora o cristiana. Antes de la literatura me había enamorado de una jovencísima profesora de Letras que me ayudaba en el bachillerato. Ella fue la responsable de tantos años de penas sin gloria o con muy poquita y de que me convenciese de que todo estaba en los libros. De que un libro es la cueva de Alí Babá, donde se encuentran todos los tesoros escondidos.

Ahora que estoy a punto de irme, o casi, me he dado cuenta de que me mintieron toda mi vida. Los libros los escribimos nosotros y no son finalmente más que un reflejo de nuestras propias ansiedades, de nuestras vidas. Pero no contienen más revelaciones que las que nosotros queremos atribuirles. Son puros ansiolíticos. Tengo aquí un libro que es mi última perdición, El desastre de Annual, que cuenta esa más que épica guerra de Marruecos que libraron los españoles en el norte de África, por los años veinte del siglo pasado. Quedaban diecinueve años para que yo viniese al mundo en Tetuán, una ciudad mora rotunda al lado o casi de Ceuta, donde mi padre, un oficial canario del Ejército Español, conquistó a mi madre, una bella comadrona, profesora en partos decía un diploma suyo que recuerdo, y como consecuencia aparecí yo. Les aseguro que me hubiese gustado no figurar como testigo de cargo en aquel idilio, en aquel amor que me cuentan fue espantosamente romanesco, y haberme quedado en otra galaxia, quizá con Caperucita Roja, ese personaje de cuentos infantiles que he descubierto hace poco como una de las grandes damas y enamoradas de ese mundo donde todo parecía cierto y nada era verdad.

Conocí a mi padre, entonces, jefe de las tropas españolas en esa ciudad clave que era Ceuta para el general Franco y sus conquistas. Estuvimos juntos creo que ocho años de una admiración (mía) sin remisión. Quizá mi pasión por Fidel Castro, que duró lo que él y lo que su Revolución, venía directamente de la que me inspiraba el otro militar de Ceuta. Cuando tuve la oportunidad de estar un rato a solas con el líder cubano en el Palacio de la Revolución de La Habana, el olor de su uniforme me recordó desde el primer segundo al que reinaba en mi casa de Ceuta, donde el entonces teniente coronel Escartín vivía con mi madre y una partida de gente de uniforme verdoso.

Frente a mi casa, en la calle Falange Española, habitaba una moza, ella ya era mujer y yo casi un chiquillo, a la que yo escuchaba embelesado por la radio, porque era la locutora de Radio Ceuta, propiedad de su padre. Pero en mis enamoradizos años juveniles nunca pensé, aunque el tiempo daría la razón, de que aquel amor que nacía en mi cabeza sería imposible. El padre de Vicky había pasado un montón de años en una cárcel española adonde le habían metido por sus ideas otros hombres que vestían el mismo uniforme y las mismas ideas que mi padre. Como para pensar en un Romeo y Julieta.

Volví a verla en París, donde yo había acabado de llegar en busca de una carrera periodística que es lo único que no falló. Le hablé de casarnos y me dijo que ni lo pensara. Luego me casé (con otra, claro) y, finalmente, empecé a encontrar que los libros tenían más gracia que la realidad, por lo menos la que yo vivía. Pero la historia de Ceuta me perseguía. Un día, Vicky reapareció en el pueblo donde vivo desde mi jubilación en el sur de España, en la que yo llamo mi isla africana. Un libro mío la había conducido hasta mi teléfono. Cuando nos volvimos a abrazar, cincuenta años después de mi primer enamoramiento en Ceuta, supimos que el cuento había acabado. Y siguió una maravillosa amistad. Bueno, cuando uno pierde una partida más vale ser elegante.

Quedaba pendiente mi padre. En mi afán por encontrar su pista me tropecé con una hija suya, celebérrima en Cuba como actriz y muy conocida también en España. Pero como siempre llegué tarde. Mi hermanastra, Adela Escartín Ayala, había fallecido en su retiro en Madrid. Y seguí leyendo todo cuanto yo creía que podía darme pistas. Harto de esperar el libro revelador, decidí darle un empujoncito a la realidad y escribí “Calle Falange Española” que era, y sigue siendo, una desesperada manipulación para ver si alguien picaba y me daba una pista. Hablaba de lo que recordaba de Ceuta, de mi padre, y de lo que imaginaba.

Ahora, últimamente, cayó en mis manos El desastre de Annual, un episodio de la guerra de Marruecos (más bien la guerra del Rif) cuyas trincheras mi padre había pateado bastante con el apodo de Capitán Veneno. Este detalle me lo dio una tarde de invierno en un cementerio un lejano primo mío, guardia civil antes de quedarse ciego, quien me reveló ese mote de mi padre, aunque al hacerlo temblaba, no sé si de rabia o de indignación. Le había conocido muy bien porque creo que lo había sufrido como ordenanza. Comprendí que había debido de ser un guerrero muy duro porque al primo le chirriaban los dientes, como si esperase que el ya coronel saliese de entre aquellas tumbas para darle dos bofetadas por indiscreto.

El desastre de Annual lo ha sido también para mí porque no he encontrado el rastro que yo quería encontrar del Capitán veneno. Una vez más los libros me han engañado.

Los libros y el destino, a menos que sean aliados y trabajan de común acuerdo.

Mi última esperanza apareció hace poco más de un año, o quizá dos, vaya usted a saber. Había un libro que un primo, amigo muy allegado, historiador y excelente escritor, había encontrado de una forma extraña. Lo hablamos por teléfono. Ya me las prometía felices y había preparado el viaje, a unos cien kilómetros de donde yo vivo, para ver ese ejemplar y quedarme con él. Pero dos días o tres después de que celebrásemos por teléfono el fruto de sus pesquisas, volví a llamarle a casa para quedar. Se puso su esposa. El primo acababa de fallecer la misma noche de forma repentina.

Horas antes, cuando no imaginaba que le rondaba la muerte, mi primo había tenido tiempo de contarme que en ese libro milagroso se refería muy bien documentada la carrera del coronel como jefe de los espías del General Franco, entonces amo de España. El libro ha desaparecido con mi amigo. Uno más. Uno menos. Mis testigos han muerto, hasta el ciego del cementerio, que seguramente sabía muchas más cosas que no me quiso contar. Ya no tengo dónde agarrarme porque he llegado hasta escribir yo mismo los libros que quería fuesen mis testigos y confesores.