Aquellas novias de cine
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Sergio Berrocal

Eran nuestras novias que no salían nunca de las pantallas grandes de los cines de barrio y en las que aprendíamos a conocer el mundo que apenas rozábamos en nuestras ciudades africanas para blancos. De los catorce a los dieciséis años hicimos nuestra propia educación en los gallineros de las salas de cine, adonde nos encaramábamos por un puñado de monedas, ojo que Clint Eastwood andaba entonces muy lejos de allí, quizá en otro cine popular, antes de que apareciera en los desiertos de la española y desconocida Almería para darnos lecciones de películas del Oeste.

Confieso que esa costumbre de enamorarme de Virginia Mayo o de cualquiera de aquellas otras bellezas que aparecían en las pantallas y que nos persiguieron, es un decir, incluso cuando ya éramos suficiente grandes como para buscarnos la vida, ha perdurado. Ingrid Bergman nos enamoró y no solo en “Casablanca” sino en tantas blanco y negro y color que pedíamos el divorcio para recordarnos de nuestros cuchicheos con Bette Davis, más seria, o de la suculenta Ollivia de Havilland y no hablemos de Elizabeth Taylor.

Y ya cuando estábamos creciditos, con cincuenta años, descubrimos una película con la actriz más extraordinaria, Meg Ryan. Todos ustedes recuerdan aunque sea de pasada “When Harry met Sally” (Cuando Harry encontró a Sally, o algo parecido) y en ella aquella extraordinaria escena en la que ella asegura a su amigo (Billy Cristal) que las mujeres son capaces de fingir perfectamente el orgasmo. La cinta adquiere tintes excepcionales porque la escena, y los diálogos, transcurren en un restaurante popular que está de bote en bote. Y para demostrarle su aseveración, ella, Meg, finge un orgasmo en la mesa donde están comiendo. Nunca se ha hecho nada tan extraordinariamente jocoso en el cine. La escena, que el director Rob Reyner redondea haciendo que una señora que ha observado entusiasmada la demostración llame al camarero para que le ponga “lo mismo que la señora ha pedido”.

Mi primera novela (he publicado unas catorce, casi todas novelas cortas, que han sido muy apreciadas pero poco vendidas) se titulaba “Ojos verdes”. Me la llevé conmigo a Brasil, donde la Agencia France Presse me había nombrado director adjunto del director y residía en Brasilia, un cuento de hadas antes de que un aficionado a militar desgraciado convertido en presidente desarreglara las cosas.

Un día, mi secretaria, una mujer deliciosa que todos los días me enseñaba que había que confiar en Dios, mandó por fax a Hollywood una copia de la novela. Iba destinada a un director de cine mexicano, el primero que había abierto las puertas de la meca del cine a sus compatriotas. Y me contestó, ante mi asombro encantado, que tomaba una opción, lo cual no quería decir absolutamente nada sobre su futuro cinematográfico. Sino que la leería o la haría leer. Pero de ilusión se vive sobre todo.

Me contaron que a este director tan dispuesto le surgió mientras recibía mi manuscrito un rodaje que no podía desperdiciar. Y me quedé con las ganas de ver mi novela en las pantallas. Para entonces yo ya había elegido quién sería la heroína de mi película, nada menos que Meg Ryan. Es decir que la historia de mi hija muerta en un accidente de auto en las afueras de París sería protagonizada por la actriz que tanto nos gustaba a mi hijo Toni y a mí. Ya saben que de ilusión también se vive. Y lo afirmo porque yo estoy probándolo desde hace ya más de cincuenta años, desde que un gendarme me condujo hasta el cuerpo de mi niña muerta y me entregó un pequeño anillo, sin ningún valor, que ella llevaba encima.

Todavía hoy, ya cerca del retiro final, el cine sigue siendo mi pasión, no ya solamente como profesional de la escritura sino porque sigo encontrando en el viejo cine de Hollywood mucho alimento espiritual, sí, ríanse, que me niegan estos geniales directores de cine europeo, aunque ahora con el feminismo en forma de atraco son ellas las que se ganan los premios en los festivales de cine.

Todavía a estas alturas de la pelea imagino a Meg Ryan en heroína cinematográfica de mi novela (corta, pero sabrosa me han dicho a veces) pero siempre es tarde cuando el tiempo ha corrido más que nuestras ilusiones. Esta impresionante actriz tiene ya más de cincuenta años y la heroína que hubiese encarnado si aquel mexicano de Hollywood… tenía solo dieciocho.

Otra vez será…