Locura
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Sergio Berrocal

Nunca he estado realmente loco, pero he vivido nueve meses, el tiempo de nacimiento de un niño, envuelto en la locura más angustiosa. Fue hace unos años. Lo conté para los médicos, que no sabían de qué les hablaba y callé, Ahora vuelvo con el cuento porque hay cosas que no deben de ocultarse.

La otra noche desperté en una cámara de luz. Una mujer, no le ví la casa, me pidió un vaso de agua. Mi esposa dormía al lado pero nada se movía. Fuimos a la cocina arrastrando chorreones de luz muy blanca, casi de anuncio. Me pidió un gazpacho, agua con diversos ingredientes. Luego desapareció. Sin verle la cara. Entonces me acordé de lo ocurrido en 2009.

Todo había empezado, y no como en ningún cuento amable, cuando una mañana mi esposa, Cristina, amaneció totalmente despistada, algo inhabitual en ella. Salió a comprar a la tienda de la esquina y de pronto sentí que algo estaba fallando, que había algo que no encajaba. Salí de estampida y la encontré en la puerta de la tienda, con las manos vacías y el chaquetón rojo abierto. No sabía a lo que había ido y con una sonrisa sorprendida por una tristeza de niña buena confesó que se había olvidado el monedero en casa.

El médico –hace ya tiempo que siempre hay un médico en nuestras vidas, y que entonces la trataba por una enfermedad de hígado grave, pensó que tal vez se tratase de un ictus. Una resonancia magnética realizada al día siguiente demostró que el cerebro estaba limpio. Entonces empezaron a circular en mi casa dos palabras terribles: Alzheimer y Encefalopatía.

Posteriores exámenes determinaron que su enfermedad de hígado era la causante de aquel desbarajuste ante el que no sabíamos qué hacer ni cómo reaccionar. Al no metabolizarlo debidamente el hígado, el amoníaco salía disparado para el cerebro con consecuencias ya visibles. Pocos días después sufría una caída que a punto estuvo de transformarse en fractura aunque le tuvo

inmovilizado el brazo izquierdo una temporada. Otra caída se produciría posteriormente en un tren de París. El día anterior, en casa de unos amigos, había ido al retrete –en Francia el WC y el baño están separados– y al querer salir no pudo. Era incapaz de correr el pestillo con el que se había encerrado. Sus gritos nos llevaron a la puerta, que hubo que partir a hachazos para liberarla.

Afortunadamente, casi siempre las crisis son caseras, lo cual permite un control más fácil. Pero hay imponderables, como despistarse en un ascensor entre el sexto y el séptimo piso y no entender dónde estaba. En general, los brotes son difíciles de localizar a menos que sean fuertes y se anuncien a gritos. Para intentar calibrarlos, durante el tiempo que ha durado este suplicio de otro tiempo, de otra mentalidad, he seguido utilizando el truco del dictado. Le pido que escriba y observo su escritura. La primera vez fue en una crisis fuerte y palpable. Resultado del dictado: jeroglíficos incomprensibles que le costaron un rato pintar. En unos minutos había desaprendido a escribir, había olvidado lo adquirido medio siglo antes. Al día siguiente, los signos que trazaba volvieron a tener sentido y cuarenta y ocho horas después escribía de nuevo casi normalmente, pero desde luego no tan fluidamente como solía hacerlo.

Cuando tengo dudas de cómo se presenta el día hago esa prueba y puedo saber a ciencia cierta si el amoníaco está en acción. Sucede, sin embargo, que al cabo de un año de encefalopatía, el cerebro reacciona perezosamente, como si ya estuviese acostumbrado.

Apabullado las primeras veces por el espanto de un brote fuerte y prolongado se lo conté a su médico. Me sorprendió la frialdad con la que reaccionó: es así y punto. Otro médico, éste amigo del alma, es menos brusco pero igual de radical: es una enfermedad que no tiene más remedio que el trasplante de hígado. “Ayer –me contaba a modo de consuelo– hospitalicé a un señor de 56 años en plena crisis… Lo metí en el hospital para que le dieran Duphalac (fármaco empleado contra el estreñimiento). Ya sabes, para que eliminase todo lo que pudiese en el baño. Así se desembaraza del amoníaco”.

Nuevo brote justo en el momento de una consulta ginecológica, porque sería inconcebible que te salvaran la vida con un trasplante si tus trompas no están limpias. Quel horreur, mon Dieu!.

No entiendo tanta insensible estupidez. Estoy cada rato más agotado.

Mastico los ansiolíticos en espera de que llegue la bendita noche para que un comprimido, y hasta dos, de Stilnox 10 me suman en el olvido por unas horas, Hasta que nazca un nuevo día con sus sorpresas. La ginecóloga, una veinteañera apenas estrenada de ojos verdes, se ha mostrado muy satisfecha de análisis hechos no sé cuándo, pero hace tiempo. Nos han hecho venir simplemente para decirnos eso. Pero cuando le refiero que su paciente está medio loca de encefalopatía esperando un hígado prestado y le insisto en que la tuvieron asustada, aterrorizada por una mamografía hecha mal y peor interpretada donde asomaba la amenaza del cáncer, acusa el golpe con una sonrisa. Se nota que la muchacha ha llegado a esta sonrisa sin haber tenido que pagar todavía el peaje de la inocencia perdida y del sufrimiento encontrado. Imagino que cuando dentro de un rato se vaya a almorzar contará a sus compañeros cómo felicitó por su excelente estado ginecológico a una paciente que resultó estar allí no porque tuviese cualquier problema de esa índole sino porque se preparaba para la posibilidad de un trasplante hepático. En el tren de vuelta a casa, se me extravía la vena sentimental y le digo:

-No te preocupes, hemos afrontado juntos otros momentos difíciles.

-¿Cuáles?

-La muerte de Corinne.

-Eso fue lo peor.

Corinne todavía no había podido cumplir las ilusiones de los 18 años. Un muro interminable e intolerante, como el de Gaza, frenó en seco el automóvil en el que junto a su novio se dirigía para pasar un día de playa. Aquel fin de semana de mayo florido no estaba yo en el Festival de Cannes (al menos eso es lo que he contado en algún librito mentiroso). No había podido ir debido a un cólico nefrítico al que le dimos Buscapina para que se callase de una puñetera vez. La noche anterior, Corinne se había asomado a mi habitación para saber cómo estaba y decirme que si yo quería se quedaría en casa. Dolorido sobre todo en mi amor propio –prefería la compañía de su novio a la mía, ¡qué desagradecida!– le dije despectivamente que no la necesitaba. Al día siguiente por la mañana ya me encontraba mucho mejor y estaba sentado en el salón –me parece que hasta era domingo, uno de esos domingos soleados que sólo conoce París, cuando en el mes de mayo surgen de todas partes pajaritos que no has visto nunca– y sonó el timbre de la puerta. Al abrir me encontré con dos enormes gendarmes con sus respectivos kepís. Daban la impresión de que habrían pagado cualquier cosa por encontrarse lejos de aquel rellano. Pensé que mi hija y su novio habrían hecho cualquier tontería y que estos señores venían para explicarme… Y me lo explicaron tras muchos titubeos, pero no me

contaron lo que yo había imaginado.

Corinne se había matado. Un rato largo después, sin entender todavía nada, me llevaron a un garaje de un pueblo cerca de París. Allí había un féretro abierto y dentro la cara más bonita del mundo. La niña, mi niña, mi única esperanza de vida, tenía el dedo meñique roto y al parecer no le dolía. Sus ojos profundos estaban cerrados pero sus cejas negras y de una belleza insolente para una muerta (como si fuese egipcia de la estirpe real) daban escalofríos de vida.

Otra nueva crisis, fuerte y tan desagradable como las demás. Un médico argentino, que afortunadamente no es amigo mío, me pregunta si no he pensado en adelantar el trasplante comprando un hígado. Me escandalizo, pero ha pasado el tiempo de llevarse las manos a la cabeza.

No les cuento más. Todo terminó cuando por fin la trasplantaron. Luego vendrían otros problemas, otras inquietudes.

Espero que esta noche no venga a verme la señora de la luz.