Juegos olímpicos y horror
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Alfredo Escartin | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Aquellos días hacía tanto calor en Japón como ahora dicen que hace en los Juegos Olímpicos de Tokio. Era el 6 y luego el 9 de agosto de 1945. Espantoso calor en Hiroshima y Nagasaki. La gente buscaba un poco de aire cuando oyeron un ruido intenso de aviones, las superfortalezas norteamericanas llamadas a arrodillar a los japoneses para siempre y rendirles en la II Guerra Mundial. Pero eso, las víctimas todavía no lo sabían, aunque tardarían poco en oler sus propias carnes quemadas. Los orgullosos yanquis, a los que la traición de los japoneses atacando por sorpresa Pearl Harbor había sido el definitivo aspaviento de terror, no habían dudado en usar el arma más terrible que nunca se había empleado y que ellos acababan de inventar con la ayuda y la mano de obra de sabios algunos de los cuales luego recibirían honores mundiales por su talento. Es que matar, aniquilar, dejar muertos vivos a cientos de miles de japoneses no era una tarea fácil.

El Presidente Harry Truman, sobre el que el relaciones públicas norteamericano Guido Orlando me contó que fue su encargado de prensa cuando él quería hacer una carrera política pero tenía que vender corbatas para subsistir, vio en el uso que le proponían sus asesores de la bomba atómica contra Japón la oportunidad de ser los primeros en usar ese arma demoledora, la que más, y al mismo tiempo decir alto y fuerte al mundo que con Estados Unidos nadie podía meterse. Demasiado para el ego de un antiguo vendedor de corbatas.

Más de un japonés que estos días trabaja de sol a sol para que los JO de Tokio sean un éxito sin paliativos se acuerda seguramente en estos días calenturientos de como ocurrió todo hace ya tantos años. El y su familia vivían en Hiroshima el 6 de agosto de 1945 cuando un resplandor aplastante, ensordecedor al mismo tiempo, cubrió toda la ciudad y en medio de un silencio descomunal, la gente empezó a morir, a deshacerse por el calor que ya añadía al ambiente aquella cosa caída del cielo, o más exactamente de un avión cuyos pilotos, unos muchachos graciosos y apasionados de imbecilidades, habían dado otro sentido a la muerte.

Porque la muerte fue instantánea para unos pocos pero miles de habitantes de la ciudad quedaron quemados y las quemaduras las arrastraron toda la vida con los dolores más atroces. A la vista de este “éxito” (nadie protestó en el mundo, en parte porque no se sabía qué poder destructivo tenían aquellos artefactos recién inventados por los norteamericanos y en parte porque Estados Unidos mandaba en el mundo, una vez que por tierra, mar y aire, pero sin bomba atómica, la coalición liderada por los rusos, habían hecho añicos el imperio alemán (1945, fin de la II Guerra Mundial). Cuando se hubo verificado la maldad de este disparo, Truman el de las corbatas ordenó para el 9 de agosto otra bomba en otra histórica ciudad japonesa, Nagasaki.

El horror había terminado de empezar. Y Japón se rendía con toda la humildad que los yanquis exigían. El Imperio Japonés había sucumbido. Y nunca se levantaría. Porque la derrota japonesa era de por vida. Japón fue ocupado y vilipendiado por los ocupantes norteamericanos que la convirtieron en su criatura en Asia. Todavía hoy, en 2021, cuando les han dejado celebrar una vez más los Juegos Olímpicos en Tokio, Japón sigue sometido al imperio de Estados Unidos.

Pero no pasa nada. Los japoneses tienen la piel muy dura. Quisieron echar abajo el Imperio de Estados Unidos pero no pudieron, pese a atacar por sorpresa la base de Pearl Harbour y cargarse prácticamente toda la flota norteamericana y dejar el mar sembrado de cadáveres que Truman ya no tendría ni tiempo ni de contar ni apenas de enterrar.

Cómo ha pasado el tiempo. Los japoneses, gente fiera, ha recobrado o hecho como que recobraba su dignidad. Se ha distinguido en el plano industrial. Las radios, los televisores, coches, ordenadores. Mucho talento rubricado por una derrota militar a traición que probablemente nunca olvidarán.

Pero en estos días calurosos de 2021, han organizado los JO y los están llevando a cabo con toda la seriedad que les caracteriza, eso sí, con el temor de que la pandemia mundial meta la pata y estropee el ordenamiento que ellos han cuidado con tanto esmero.

Pero, ¿se imaginan ser japonés, estar en esos juegos, como azafato, azafata, jardinero, informático, y saber que la gente que destruyó sus vidas para siempre están allí, en su país, tratando de ser los mejores, tratando de conseguir medallas de oro en las diferentes especialidades olímpicas para demostrar una vez más al mundo que son los mejores, los que más pueden, porque son los más ricos.?

“Oye, niña tráeme una Coca Cola”. Creo que si yo fuera japonés imitaría al legendario escritor Mishima, quien en 1970, con solo 45 años de edad y sin hacer caso de su fama y de su exitosa carrera, se suicidó usando el método tradicional del hara kiri, atravesándose el cuerpo con una espada. Como hicieron muchos militares de alto rango cuando las bombas atómicas les ganaron lo que ellos desperdiciaban en valor y osadía en una guerra en la que pusieron de moda aviones tripulados siempre por un piloto voluntarios que se estrellaban con sus aparatos repletos de bombas en los magníficos barcos del enemigo hereditario, Estados Unidos, ese país que ahora gana medallas de oro en la propia tierra que arrasaron. Hay que decir que los yanquis, tan finos, no han tenido la humorada de exigir que estos JO se celebrasen en una de las villas mártires atómicas, Hiroshima o Nagasaki.

Hiroshima, amor mío.